¿Memoria histórica?
En un programa radiafónico uno de los intervinientes refiere como su madre le llevaba cada año a Paracuellos del Jarama con la única finalidad de rezar por las víctimas de la célebre matanza y también por los que dispararon. En esta sencilla anécdota se encierra el autentico sentido de la «memoria histórica» de la que se vuelve a hablar últimamente.
Es verdad que no se puede exigir a las personas que padecieron el zarpazo de la violencia en plena guerra española o en los períodos anteriores o posteriores al conflicto, que prescindan de su memoria, pues sería tanto como quitarles parte de su existencia; pero la vivencia de esos recuerdos adquiere un cariz distinto si se percibe con odio y afán de venganza o, como le pasa al protagonista de la anterior anécdota, sirve para perdonar totalmente, ya que la oración por los verdugos es la forma más plena de perdón y olvido de la ofensa cometida.
No parece que la iniciativa legislativa que se ha vuelto a retomar en nuestro país se esté planteando en ese sentido. Dar a entender que prácticamente toda la culpa de los atropellos producidos en nuestro país en el siglo XX la tiene sólo una parte de las denominadas dos Españas, identificada de forma deliberada con los españoles de pensamiento más o menos conservador a los que se quiere relacionar con la dictadura franquista, es un ejercicio político que más bien parece estar alimentado por el resentimiento.
Pero ya hemos dicho que este no es en absoluto el camino, pues por muchos fusilamientos que se produjeran en el bando franquista, que los hubo, durante y después de la guerra, ese pernicioso sentimiento de odio y resentimiento puede ser también estimulado en todos aquellos que sufrieron los desmanes del bando republicano. Motivos los hay y más que suficientes. Bastaría con acudir a los documentos existentes para realizar una demostración historiográfica con algún ejemplo claro.
En los meses previos a la guerra, hasta finalizar el mes de julio, están documentados los asesinatos de 41 sacerdotes sólo en Madrid. El estudio más detallado disponible ha acreditado el asesinato de 435 sacerdotes de la diócesis de Madrid-Alcalá durante toda guerra (un 38,8% del total. A ellos hay que añadir, sin salir de esta misma diócesis, los de 451 religiosos y 73 religiosas asesinados o desaparecidos durante la contienda.
El terror que se padeció en España se parecía mucho al de la guerra civil rusa en cuanto, en ambos casos, el clero fue una de las víctimas principales de la violencia. La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista en la Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa. El número de eclesiásticos asesinados –unos 7000– era proporcionalmente igual al de las matanzas comunistas en Rusia, teniendo en cuenta las diferencias de población, aunque parece que en Rusia fueron más comunes las torturas».
A esto hay que añadir las ejecuciones de los denominados quintacolumnistas, civiles en su mayoría. «El término “quinta columna” tiene su origen en las semanas previas al asalto de Madrid de la Guerra Civil española. El autor de la denominación no está muy claro pero la más probable es la versión que la atribuye al general Mola. A inicios de octubre de 1936, considerando que la toma de Madrid era inminente, este jefe nacional afirmó que la capital caería por la acción de las cuatro columnas de [el general] Varela que se aproximaban a ella (…) y una quinta que ya se hallaba dentro: la de los partidarios de los sublevados que era, por tanto, la quinta columna.
Esta declaración fue, como poco, desafortunada y una muestra de torpeza, porque cuando llegó a conocimiento de esos violentos cuya actuación los primeros meses de la guerra no reparaba en consideraciones morales, se desencadenó una fiebre por detener y eliminar quintacolumnistas y ello provocó una persecución desenfrenada para limpiar la retaguardia de supuestos “traidores”. Es entonces cuando se llevan a cabo las detenciones incontroladas y las sacas sistemáticas de los encarcelados, para ser fusilados en masa por la noche en las afueras de Madrid. De un total de 17.000 ejecutados o asesinados en Madrid, casi la mitad murieron en ese fatídico “noviembre del 36”.
Precisamente porque los datos referidos anteriormente son los que se derivan de la “memoria histórica” de aquellos años, es preciso abandonar el camino legislativo emprendido, pues sólo conduce a la apertura de heridas ya cicatrizadas y completamente curadas hace muchos años. ¿Hay algo más absurdo que volver a utilizar el bisturí para abrir, por ejemplo, una cicatriz de una operación de apendicitis sufrida hace más de 50 años por el simple capricho de permitir que se airee? Lo único que se puede conseguir es que se produzca una infección generalizada que afecte a todo nuestro cuerpo, a toda nuestra querida nación española.
Por solidaridad con las víctimas de uno y otro bando la anécdota radiofónica referida al principio nos marca el mejor camino a seguir.
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