Fija, limpia y ¿da esplendor?
Atractivo y “justo y necesario” aparece el lema de la Real Academia Española de la Lengua, que con sus tres funciones en defensa de nuestro rico y bonito idioma, por otra parte tan acosado por la pasota indiferencia de la juventud, la inconsciencia o malquerencia de algunos políticos nacionalistas, y aun la permisividad gubernamental, y la contemplativa torpeza de profesionales, pelea por mantenerse en los puestos de cabeza de la utilización idiomática universal.
Cuando allá por el 1714 Felipe V fundaba la RAE lo hacía para preservar, delimitar, fijar y enriquecer nuestra lengua, por lo que prontamente se publicaron la Gramática y el Diccionario de la Lengua Castellana.
Posteriormente con la creación de las Academias Hispanoamericanas se amplia esta acción de limpieza conservación ý expansión de nuestra habla, que en ocasiones precisan y definen más minuciosamente la acepción de nuestras expresiones, como por ejemplo cuando utilizan la palabra “golpiza” en vez de paliza, pues ésta sería agresión a golpes en general, mientras nuestro vocablo “paliza”, que empleamos para agresión a golpes, más parecería concretar en pelea con palos…
El lema dice bien a las claras el noble oficio de la RAE, “FIJA, LIMPIA Y DA ESPLENDOR”…
Sin embargo esta desidia que aprecio en el pueblo y en los más directos responsables, tantas veces basado en una disimulada demagogia, interpretando que la Academia en su función de “fijar”, y olvidando que también ha de “limpiar”, dicen los académicos que el habla es organismo vivo y, por ello, ha de evolucionar y caminar con el pueblo hablante, haciendo la Institución de notaria de la realidad, aceptando lo que el pueblo usa, lo que en realidad habla…
Parece que la Academia intenta evitar el mal uso de palabras, para lo que en vez de señalar a quienes utilizan mal el idioma, en vez de adaptar al hablante, reducen normas y excepciones para que haya menos incorrecciones, adaptando el habla al usuario; es decir, igualando a todos los usuarios de nuestro idioma, pero por lo bajo, en lugar de exigir un nivel más elevado.
A mí, modestamente y con los debidos respetos para tan noble función y loable entidad, me parece un dislate, por ejemplo, quitar esa tilde diacrítica tan expresiva en nuestros textos, como por ejemplo en el manido caso del “café solo”, que por sí indica si es adverbio o adjetivo, si nos referimos a tomarlo en soledad, sin compañía, o es que lo preferimos sin leche…Aquí en vez de fijar o concretar, lo que se consigue es un despiste y confusionismo. Aquí conviene recordar el chiste del pusilánime que pide un café, y el camarero pregunta ¿“solo”?, y el tímido responde, ”bueno, póngame dos”….
Con tanta concesión a la vulgaridad se está llegando a que por medio del idioma nos entendamos sí, como cualquier primitivo se entiende, pero se está perdiendo la corrección, la elegancia y la expresividad del lenguaje, y con ello el disfrute de su idónea utilización.
Recientemente en un programa radiofónico escuché cómo un profesional respondía a preguntas de Lengua, y ante la de si era correcta la expresión “muy mucho”, decía que sí, que era mejor no usarla, pero que la Academia la permitía. Pues para este viaje no se necesitaba tanta alforja, porque entiendo que es una crasa reiteración ya que para ampliar el sentido del adverbio de cantidad mucho existe el superlativo muchísimo…
Y tras otras, entre ellas ir convirtiendo un verbo (que no recuerdo) de reflexivo en transitivo, lo remataba respondiendo que la Academia admite, juntas y revueltas, las formas “debe” y “debe de” sin diferenciar si expresan deber (obligación) o duda. Así si escucho “debe ser militar” o “debe de ser militar” no distingo si el hablante, dada la vestimenta del interfecto, sospecha que sea militar, o es que pretende que siga la tradición familiar castrense…
Cualquier día de éstos (yo sigo poniendo el acento para distinguir pronombre) la casa del bien hablar acepta el generalizado “detrás mío” o “delante tuya”, confundiendo adverbios de lugar con adjetivos posesivos…
Opino que la Academia está restringiendo normas, popularizando nuestra bella y rica Lengua, dejando de fijar y de limpiar y, por supuesto, de “dar esplendor”.
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