Cultura Solidaria

El principio de solidaridad

La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles

La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas.
Junto al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación, persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, alimentadas también por diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados.

El proceso de aceleración de la interdependencia entre las personas y los pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético y social igualmente intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos.
Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos, que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético–social, que es la exigencia moral que subyace en todas las relaciones humanas. La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral.

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en «la entrega por el bien del prójimo.

Existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo.
El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras.

La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la «muerte de cruz» 
Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado.

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enero 12, 2019 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

La soledad moral

“Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

“Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

“Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse”.

“Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza”.

“Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.”

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña.

O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, en vez de vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

Alfonso Aguiló

enero 12, 2019 Posted by | educación, Familia, Sociedad | Deja un comentario

La política es un servicio

Max Weber, considerado por muchos como el padre de la sociología moderna, distinguía entre profesión, oficio y ocupación, y escribía: “no valen para la política personas que viven de la política, que hacen de ella su único y exclusivo medio de vida”.
Ciertamente, el político no debe ser como un náufrago agarrado a un madero del cual depende su vida. La persona que tiene vocación política debería estar dispuesta a prestar dicho servicio a la sociedad sólo en el momento preciso y cuando sea necesario.

Así escribió San Agustín: “deben mandar los que no quieren mandar”. Y esta idea preside los Cónclaves, donde se elige Papa al que no quiere serlo, conscientes todos los asistentes de que ocupar la silla de Pedro es un sacrificio, no un privilegio.
Cuando ocupar un cargo público se convierte en un privilegio, el político se suele transformar en cacique. Su deseo más íntimo no es mejorar la vida de los ciudadanos, es asegurarse un presente y un futuro opulento y procurárselo a los suyos.

La ley electoral de listas cerradas y bloqueadas y el Estado de las Autonomías han propiciado el despotismo democrático, un sistema en que la vida de muchos depende del capricho de algunos.
La primera derivada de este abuso es la corrupción cuyos numerosos casos, que no dejan de sorprendernos, esperan hoy la resolución de los jueces y llenan las páginas de los periódicos. Andalucía es el modelo perfecto. La región más subvencionada de Europa, es la que tiene el índice de paro más alto. Un ejemplo de perseverancia en el error.

Esto era casi inevitable. Los partidos políticos necesitan grandes sumas para financiar sus aparatos, y aunque la Hacienda Pública los subvenciona en función del número de votos obtenidos nunca es suficiente, porque no basta con tener un patrimonio saneado que permita una lícita competencia electoral, es preciso superar al adversario a toda costa, y, para ello, es indispensable ocupar más espacios públicos, la radio, la televisión, la prensa, las tertulias… Se precisa la presencia del político en el domicilio de cada ciudadano. Saben que una pancarta o una consigna muy repetida tienen más poder de convicción que una sesuda conferencia.

Lord Acton decía en su conocida sentencia: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De esta forma, el ansia desmedida de poder de determinadas organizaciones hace que se vean en la necesidad, en su afán por la conquista del poder, de recurrir a personas hábiles en la obtención de patrimonio por cauces más o menos irregulares, y dada la flaqueza de la condición humana es difícil que esos expertos en recaudar para sus instituciones resistan la tentación de recaudar para sí mismos.
Evidentemente, la corrupción es difícil de erradicar en un solo envite, por lo que hay que asumir que luchar contra ella es un proceso largo que hay que abordar con tenacidad. En modo alguno constituye un problema del sistema democrático español. Los españoles, no somos más corruptos y tampoco más complacientes con estos actos que los europeos.

La transparencia es el antídoto contra la corrupción, ya que el ciudadano conoce por qué, cómo, qué, cuánto y el cuándo de la acción institucional. Para ello, es precisa una gestión pública que simplifique los procedimientos administrativos para hacerlos más comprensibles, una mayor participación pública en los partidos políticos que los haga más reconocibles como un instrumento al servicio de la sociedad y no como un fin en sí mismos, y, también, unos medios de comunicación social que, dentro de su irrenunciable independencia, informen con la mayor objetividad posible.

Por otra parte, es incuestionable que necesitamos una Ley de Financiación de los Partidos Políticos clara, justa y eficaz, que permita su actividad normal sin necesidad de que recurran a prestidigitadores o ilusionistas que siempre acaban llevándose la bolsa a un paraíso fiscal.
A la luz de lo anterior, cabe concluir que los votos no facultan a los gobernantes a comportarse de modo despótico, a ignorar e incluso castigar a la ciudadanía, hurtándole derechos y dineros con medidas, megaproyectos y prácticas corruptas que no habían sido ni siquiera explicitados en las campañas, como lamentablemente ha venido ocurriendo.

También es esencial entender la política como un servicio a la sociedad y no como una profesión en la que uno pretende jubilarse. A la política hay que venir desde un oficio y hay que regresar a esa profesión. Es muy sano cambiar, que gente nueva se incorpore a la política con ideas nuevas, ganas nuevas y nuevas energías. Ni el mejor gobierno debe perpetuarse en el poder.

Emilio Montero Herrero

enero 12, 2019 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El secreto de la alegría

Muchas veces nos preguntamos cual es la causa por la que perdemos la alegría a menudo, sin darnos cuenta que el esfuerzo por hacer felices a los demás y el sacrificio, iluminan nuestra vida corriente y casi siempre son la fuente de alegría auténtica.  “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo… “  Es en las tareas cotidianas, en medio de las ocupaciones del mundo, donde hemos de practicar la generosidad, excediéndonos con gusto en la preocupación por los seres queridos que nos rodean, aunque puedan faltar las ganas,  sin lamentarse, sin exagerar el peso de la carga pues es ligera y gratificante.

En esa vida cotidiana, el sacrificio se suele presentar de modo escondido, imperceptible para los demás, pero si sabemos volcarnos en nuestras obligaciones conyugales, familiares laborales, por encima de la propia voluntad, del propio gusto, el resultado es una felicidad honda y plena.

A veces nos quejamos ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña y caemos en un círculo vicioso provocado por una inmadurez enfermiza.  Basta con cumplir fielmente, por amor, los deberes de cada día, poniendo todo el corazón y toda el alma en el pequeño quehacer de cada momento, para que el panorama de nuestro día cambie radicalmente.

El ser humano por su composición natural  a la vez material y espiritual,  está situado como en el horizonte entre la eternidad y el tiempo,  y se puede decir que sus actividades temporales tienen alcance eterno. Podemos por tanto vivir en esta tierra una vida nueva, si abandonamos nuestros planteamientos egoístas. No sólo debemos  afrontar con decisión la fatiga, sino que debemos en muchas ocasiones luchar contra la inclinación interior a la comodidad excesiva, a la pereza y al egocentrismo, que causan , a menudo, nuestra infelicidad.

“El que pierda su vida por mí ( por los demás) la encontrará”. Si en nuestra diaria, en el cumplimiento de nuestras actividades ordinarias, ponemos todo nuestro afán por hacerlos con perfección y pensando en el bien de las personas de nuestro entorno, cada una de nuestras acciones–aun a los aparentemente vulgares– tendrán una vibración de eternidad y dejaran en nuestro interior un poso de alegría y paz.

 

diciembre 25, 2018 Posted by | Ecología, educación, Familia, Solidaridad | Deja un comentario

La revolución del lenguaje humano

Una de las mayores conquistas de la inteligencia humana es el lenguaje simbólico, con su pasmoso poder de abarcar y comunicar la realidad. Porque todo lo abarco y todo lo puedo expresar mediante palabras. que reconocer, además, que abarcar el mundo con dos sílabas constituye un poder fascinante y una insuperable economía de esfuerzos, semejante a la que logro cuando entiendo lo que es un siglo sin necesidad de vivir sus cien años o cuando narro la historia del Imperio Romano en unas páginas. Esta superación de los límites de espacio y tiempo es algo exclusivo del entendimiento humano. La principal función del lenguaje es la comunicación.

El animal que se nutre y se reproduce cumple su cometido. Por eso no tiene casi nada que decir. En cambio, el hombre, en la medida en que piensa, sufre, ama, proyecta y trabaja, tiene mucho que decir. Pero, además, la insuficiencia biológica del individuo humano se supera en la sociedad, y la sociedad es completamente imposible sin comunicación. De entrada, las palabras de la madre serán, durante largos meses, el primer mapa del mundo que el niño va a conocer. El lenguaje es quizá el principal medio de humanización y socialización. Y lo es por su capacidad de transmitir con fidelidad y rapidez una enorme cantidad de información. La inteligencia humana es capaz de encerrar millones de toneladas de roca en un símbolo que se escribe o se pronuncia con suma sencillez: cordillera. Todo lo puede simbolizar la inteligencia: lo grande y lo pequeño, lo subjetivo y lo objetivo, lo pasado y lo futuro. Al reducir los seres a letras o sonidos, opera en ellos una nueva y eficacísima formalización, que libera a la realidad de sus gigantescas dimensiones. Todo un Cosmos limitado en el espacio y en el tiempo es reducido por el lenguaje a un manejable Universo de bolsillo.

El lenguaje ofrece una incomparable demostración de inteligencia: el ser humano habla porque tiene lengua, pero principalmente porque posee inteligencia. La explicación es clara. Toda palabra se expresa en una dimensión física (el sonido), pero su significado no es de ninguna manera algo físico, puesto que el mismo sonido, que es palabra para el que lo entiende, es ruido para el que no lo entiende. Por tanto, es en el oyente, y no en el sonido, donde se produce la metamorfosis del sonido en signo. De ahí que la palabra sea una realidad que se sale de lo puramente físico, y que todos, al hablar, pisemos un terreno metafísico sin darnos cuenta de ello. Es tradicional pensar que el lenguaje debe su inteligibilidad a la psique humana, y que la dualidad observada en las palabras no es más que un reflejo de esa otra dualidad metafísica de la naturaleza humana: un cuerpo organizado por una forma espiritual. Más que un invento, el lenguaje es un desarrollo necesario de una capacidad innata del hombre.

Lo que sí es un invento, y de trascendencia colosal, es la representación gráfica del lenguaje hablado: la escritura. Cuando el hombre prehistórico inventa la escritura está realizando un descubrimiento de incalculable importancia. Si en la carrera del progreso humano pudieran medirse los pasos, quizá ninguno más largo que este. La escritura consigue la misma posesión simbólica de la realidad que la lengua oral, pero aporta una enorme ventaja: su ilimitada capacidad de comunicación. Antes de que el siglo XX hiciera del mundo, gracias a los medios de comunicación audiovisuales e informáticos, una gigantesca aldea global, solo la escritura –no la voz– era capaz de cruzar fronteras, atravesar océanos, unir continentes y poner en común los mejores hallazgos intelectuales procedentes de cualquier punto del Planeta. Así pues, la carrera del progreso ha multiplicado su longitud y su velocidad gracias a la comunicación escrita. Sin la escritura los hallazgos técnicos o culturales quedan aislados. Con ella, en cambio, se suman. Y en lugar de recorrer todos los seres humanos la misma distancia, se unen los esfuerzos individuales como en una carrera de relevos, y se llega más lejos en menos tiempo.

Sin lenguaje, el desarrollo humano hubiera sido casi inexistente, y solo con la lengua hablada hubiera sido lentísimo: piénsese, por ejemplo, en las dificultades que plantearía a la investigación y a la enseñanza la inexistencia de textos escritos. Por consiguiente, además de un portentoso invento, la escritura ha sido y es una de las condiciones más necesarias del progreso. Y es precisamente el hombre primitivo, no el moderno, quien hace este descubrimiento genial, que le permite salir de la Prehistoria por la puerta grande.

En palabras de Chesterton  “en un momento dado, tan lejano que escapa a la ciencia, se produjo un salto que no pudo quedar recogido en piedras ni huesos, y apareció el alma humana,  pues el salto a la razón y a la libertad no constituye una evolución, sino una revolución. ” 

El lenguaje humano, tanto oral como escrito, es quizá la expresión más genuina de esa gran revolución

diciembre 25, 2018 Posted by | educación, Filosofía y Pensamiento, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Necesidad de cultivar hábitos inteligentes

Cuenta José Antonio Marina la historia de una chica que necesitaba hacer ejercicio y se propuso correr un rato un par de días a la semana. No le gustaba competir con otros, así que empezó a correr sola. Un día, un entrenador que ella conocía le dijo: “Deberías correr maratón”. Ella creyó que se trataba de una broma. Además, siempre había pensado que el maratón era extenuante y aburrido. Pero aquel hombre insistió hasta convencerla, y le hizo un plan de entrenamiento con unos objetivos precisos y bien calculados, que exigían un esfuerzo cada vez un poco mayor, pero siempre accesibles.
“Sin darme cuenta —explicaba ella—, empezó a ilusionarme la idea de aguantar un kilómetro más. Es un proceso curioso. Primero te inquieta, luego te fastidia mientras lo estás intentando y al final te sientes una estrella si lo consigues.”

El modo de dosificar las metas convirtió una tediosa tarea en una actividad estimulante. “El ejercicio me sentaba bien, comprometerme en una tarea larga me agradaba, me gusta competir un poco conmigo misma. También influyó saber que lo que consiguiera le importaba a alguien, a mi entrenador.”

Hay muchas fuerzas ocultas en cada uno que sólo alcanzan su eficacia cuando surge, como para aclararlas y fijarlas, un objetivo que pueda concretar y aunar esos impulsos confusos del deseo hasta hacerles tomar la forma y el atractivo de una meta. Ese proceso, por el que una serie de motivos vagos y dispersos configuran una nueva fuente de energía, es fundamental para hacer rendir el propio talento. Y es un proceso que casi siempre depende de nuestra capacidad de alcanzar hábitos que nos ayuden a gestionar bien nuestras aspiraciones, deseos y sentimientos, que muchas veces son confusos e incluso contrapuestos.

Porque es frecuente que tengamos ganas de hacer algo pero no ganas de hacer lo necesario para conseguir ese algo. Se puede tener sed pero no tener ganas de caminar hasta la fuente. Se puede querer dar una alegría visitando a un amigo enfermo pero hay que vencer la pereza para levantarse e ir. Si no se tiene voluntad, sólo se logra hacer lo que se tiene ganas de hacer en ese instante, pero no se consigue nada fuera de ese estrecho ámbito del corto plazo. Por eso la voluntad consiste en buena parte en adquirir el hábito de querer hacer las cosas, con lo que se produce la paradoja de que querer es una cuestión de hábitos.

Al correr, esa agilidad, esa zancada larga, rítmica, resuelta, es como una representación de la libertad, sobre todo cuando uno ha experimentado antes la esclavitud del jadeo, del ahogo y del cansancio. Por eso el entrenamiento es un gran logro de la inteligencia y de la voluntad. Cuando se ha adquirido cierta destreza gracias a los hábitos, la espontaneidad produce grandes creaciones; pero si no se tiene esa destreza que nace del esfuerzo por adquirir hábitos, la espontaneidad suele ser desastrosa.

El influjo y la sutileza de la propaganda y la masificación fomentan una sumisión aceptada y confortable de lo espontáneo. Somos solicitados por la fascinación de ser elementos pasivos de lo que nos apetece, y entonces rodamos dócilmente por esa pendiente, hechizados por el poder anfetamínico de su cálida retórica. Pero sabemos que al final siempre nos encontramos de nuevo abajo, otra vez decepcionados y frustrados por no tener los hábitos que realmente deseamos. Nos topamos, como siempre, con la terca realidad del esfuerzo, con la necesidad de cultivar hábitos inteligentes y con la evidencia de que lo que queremos no siempre coincide con lo que nos apetece.

Alfonso Aguiló

diciembre 25, 2018 Posted by | Familia, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Libertad, verdad y Ley natural

En el ejercicio de la libertad, el hombre realiza actos moralmente buenos, que edifican su persona y la sociedad, cuando obedece a la verdad, es decir, cuando no pretende ser creador y dueño absoluto de ésta y de las normas éticas. La libertad, en efecto, no tiene su origen absoluto e incondicionado en sí misma. Es la libertad de una criatura, o sea, una libertad donada, que ha de madurar con la responsabilidad. En caso contrario, muere como libertad y destruye al hombre y a la sociedad.

La verdad sobre el bien y el mal se reconoce en modo práctico y concreto en el juicio de la conciencia, que lleva a asumir la responsabilidad del bien cumplido o del mal cometido. Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad.
El ejercicio de la libertad implica la referencia a una ley moral natural, de carácter universal, que precede y aúna todos los derechos y deberes?. La ley natural no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar.

Esta ley es universal porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana, se extiende a todos los hombres en cuanto establecida por la razón. La ley natural expresa la dignidad de la persona y pone la base de sus derechos y de sus deberes fundamentales. En la diversidad de las culturas, la ley natural une a los hombres entre sí, imponiendo principios comunes. Aunque su aplicación requiera adaptaciones a la multiplicidad de las condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias, la ley natural es inmutable, subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso… Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades.

Sus preceptos, sin embargo, no son percibidos por todos con claridad e inmediatez. y no puede ser cancelada por la maldad humana.  Esta Ley es el fundamento moral indispensable para edificar la comunidad de los hombres y para elaborar la ley civil.  Si se oscurece la percepción de la universalidad de la ley moral natural, no se puede edificar una comunión real y duradera con el otro, porque cuando falta la convergencia hacia la verdad y el bien, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, perjudican la comunión de las personas, causando daño. En efecto, sólo una libertad que radica en la naturaleza común puede hacer a todos los hombres responsables y es capaz de justificar la moral pública. Quien se autoproclama medida única de las cosas y de la verdad no puede convivir pacíficamente ni colaborar con sus semejantes.

La libertad está misteriosamente inclinada a traicionar la apertura a la verdad y al bien humano y con demasiada frecuencia prefiere el mal y la cerrazón egoísta, elevándose a divinidad creadora del bien y del mal. 

diciembre 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

El verdadero enamoramiento

“Contemplaba su juventud y su belleza como algo que jamás fuera a agotarse. No comprendía aún que ningún amor debería apoyarse demasiado en la belleza. ¿Por qué nos negamos a admitir que la belleza y la juventud son fortunas prestadas? ¿Por qué imaginamos siempre que lo que nos encandila hoy nunca podrá convertirse en el peor de los desamores cuando llega el mañana?

Nuestra boda no fue por amor. Fue una boda por simple enamoramiento. Esos enamoramientos que son sensaciones que provocan intercambios de certezas, besos, abrazos y un sinfín de intuiciones proclives así al egoísmo de creernos dueños del mundo, con derecho a imaginar maravillas perpetuas y un continuo esperar lo que, cuando llega, nos deja fríos. En aquella época yo no sabía hasta qué punto ese enamoramiento puede ser simple egolatría, ganas de ver en el otro lo que nosotros queremos ver, y que al imaginar lo que vemos, todo se nos vuelve atracción, necesidad de fundir nuestros deseos a los de la persona de la cual nos enamoramos. Y es que, en el fondo, lo que hacemos es enamorarnos de nosotros mismos.

Veíamos aquello como una eternidad de novela bucólica, con cielos nítidos, siempre soleados, no exenta de pesadillas, de lobos acechando una manada de corderitos buenos, de turbiedades inesperadas, de cambios de humor.”

Así rememoraba el protagonista de una novela de Mercedes Salisachs la historia del comienzo de su matrimonio. La historia de una decepción, de muchas frustraciones y egoísmos hasta llegar a comprender que la mayor parte de lo que nos atrae con la vista es sólo pura fachada, hasta comprobar que el atajo del deseo deja casi siempre un poso de insatisfacción, un triste sabor a desengaño. Eros, esa especie de minidios griego, mensajero del amor, heredó de sus padres una naturaleza contradictoria que le hizo rico en deseos y pobre en resultados. A ese diosecillo travieso y juguetón le gusta llamar a nuestro corazón por medio de la belleza corporal, y esa llamada nos parece a veces irresistible. Luego vienen concesiones que no dan lo que prometen, que nos atraen pero luego echan a volar.

Desear a otra persona no es lo mismo que amarla, y el deseo, muchas veces, lo que en realidad pretende es utilizar, poseer, manipular. La fuerza del deseo, sobrecargada en nuestros días por el impulso de los omnipresentes mensajes eróticos, hace que la imaginación, la sensibilidad, la memoria del hombre actual estén condicionadas por un potenciamiento excesivo y enfermizo del deseo.

Para descubrir la riqueza propia de la otra persona, para llegar a conocerla y a enamorarse de verdad de ella, y no simplemente desearla, es preciso un esfuerzo nada despreciable. Cuando el enamoramiento recae demasiado en lo corporal, aquello ofrece poca consistencia respecto al futuro, porque lo corporal es la parte más efímera de lo humano, la parte más volátil, la que más sufre el declive del paso de los años.

El verdadero enamoramiento lleva siempre a una dilatación de la personalidad, es un alegrarse más con la felicidad del otro que con la propia. Es meter al otro como protagonista fundamental de nuestro proyecto de vida. Queda entonces comprometida nuestra libertad, y eso siempre cuesta, porque significa renunciar a muchas cosas, porque el amor actúa como una fragua donde se templan nuestros egoísmos y nuestros deseos.

Porque hay deseos nuestros que no son compatibles con ese amor, deseos que quizá hasta entonces eran buenos y legítimos pero que ahora ya no lo son. En cualquier amor, una vez pasado el acné del primer enamoramiento, la clave del éxito está en ese doloroso proceso de purificación de los deseos. Se trata de una dura prueba, que sirve para foguear y madurar esa relación, que saca a la luz la calidad del material de que estamos hechos, y que sobre todo saca a la luz la realidad de nuestro empeño por mejorar. Si no se supera esa prueba, en el fondo nos habremos enamorado de nosotros mismos.

diciembre 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Dad al César lo que es del César

 Dad César lo que es del César, enseña el Maestro, lo que le corresponde (tributos, obediencia a las leyes justas…), pero no más de ello, porque el Estado no tiene una potestad y un dominio absolutos. Como ciudadanos normales, todos tenemos el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común. Pero también las autoridades están gravemente obligadas a comportarse con equidad y justicia en la distribución de cargas y beneficios, a servir al bien común sin buscar el provecho personal, a legislar y gobernar con el más pleno respeto a la ley natural y a los derechos de la persona: a la vida desde el momento de su concepción, el primero de todos los derechos; protección a la familia, origen de toda sociedad; libertad religiosa; derecho de los padres a la educación de los hijos…

Porque legislaciones injustas , que creen conflictos y tensiones entre los ciudadanos o vayan encaminadas a romper la unidad de las naciones y la convivencia, son impropias de un gobernante y por ello debemos reaccionar contra semejantes normas legales.
 
Por nuestra parte los ciudadanos hemos de cumplir con exactitud los deberes para con la sociedad, para con el Estado, para con la empresa en la que trabajamos etc , como colaboradores leales en la promoción del bien común. Y esta fidelidad nace a la vez de nuestra conciencia, pues esas prestaciones deben ser también para nosotros un camino de honradez personal: el pago de los impuestos justos, el ejercicio responsable del voto, la colaboración en las iniciativas que lleven a una mejora de la ciudad o del pueblo, la intervención en la política si a eso nos sentimos llamados…

El Maestro avisó claramente que deben respetarse también los derechos superiores, pues la actividad del hombre no se reduce a lo que cae bajo el ámbito de la ordenación social o política. Existe en él una dimensión trascendente, que informa todas las tareas que lleva a cabo y que constituye su máxima dignidad. Por eso, sin que nadie le preguntara, añadió el Señor: “Dad… a Dios lo que es de Dios”.

Cuando trabajamos  en la vida pública, en la enseñanza, en cualquier empeño cultural…, no se puede guardar nuestra  actuación moral para mejor ocasión, por el contrario, hemos de convertir el mundo, con frecuencia el pequeño mundo en el que se desarrolla nuestra vida, en un lugar más humano y habitable, donde los hombres encuentren con más facilidad el camino de lo que permanece, de lo que trasciende su propia actuación. Y lo ponemos en práctica con la honradez en todos los negocios, la cual atrae a todos hacia el amor de la verdad y del bien y nos esforzamos en llenar de magnanimidad  nuestra actividad doméstica, social y profesional.

Señalaba el Cardenal Luciani, más tarde Juan Pablo I: “En esta sociedad se ha creado un enorme vacío moral y religioso. Todos parecen espasmódicamente lanzados hacia conquistas materiales: ganar, invertir, rodearse de nuevas comodidades, pasarlo bien (…)”.

Una sociedad sin valores morales y religiosos está abocada a una creciente agresividad y también a una progresiva deshumanización, como por desgracia estamos observando en nuestros días. No hemos de conformarnos con que sea así. Está en nuestras manos evitarlo con nuestra honrada vida diaria en cada una de las actividades que tenemos entre manos.

diciembre 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Educación y paciencia

Estoy casada y tengo tres hijos. Recientemente nos hemos cambiados de ciudad. Mi marido trabaja a cierta distancia, en kilómetros, de la nueva ciudad y tiene un trabajo muy absorbente. Cuando llega a casa está muy cansado y de mal humor. El quiere hacer las cosas bien, pero es muy tajante con los niños, dice que no tiene tiempo para darles explicaciones acerca de lo que sus hijos le dicen. Yo, por otra parte lo noto tenso y enfadado. En fin, que como tampoco conozco mucha gente en esta nueva ciudad, me encuentro sola y la vida se me hace cuesta arriba. ¿Qué cree que debo de hacer, porque yo quiero a mi marido y lo que deseo es que cambie esta situación, sobre todo por los niños?

Yo creo que lo primero que hay que hacer es no creerse una victima. Hay que situar lo que les ocurre, dentro de lo normal que puede pasar en un matrimonio. Saber que la vida ordinaria, es la que vivimos. Es en esta- en la vida de cada día- en la que hay que luchar, querer, educar y no en la que fabricamos en la cabeza con nuestra imaginación. Lo que a usted le está pasando, seguro que le ha ocurrido a muchos de nuestros lectores. Quizás, en algunos casos, sin el traslado. Con esto no quiero decir que no entienda lo que le pasa. Lo que le quiero decir es que considerarse una excepción, es muy malo para la solución de los problemas.

Lo que es necesario es que hable con su marido y le diga que procure ponerse en el caso de los niños. Ven a su padre poco, lo esperan con ilusión y cuando lo ven se les muestra cortante y desabrido. Lo que, de seguir ocurriendo, en la medida que los niños crezcan, cada vez tendrán menos ganas de ver a su padre. Estoy seguro de que su marido lo entenderá. Lo importante es decírselo en un momento receptivo, y para eso habrá que tener paciencia y picardía. Las mujeres son sabias a la hora de saber poner a los hombres receptivos.

También sería bueno que le dijera como se encuentra usted, sin hacer un drama, y lo necesaria que es para usted su sonrisa y sus atenciones.

Sería fenomenal que asistieran a un asesor familiar serio, para que les ayudara. No tengan miedo. Mucha gente piensa que ir a que les ayuden, es sinónimo de que las cosas no tienen solución. Realmente es lo contrario. Sería tan ilógico como pensar que toda persona que va al medico quisiera decir que se va a morir pronto.

Hay que aprovechar los nuevos servicios que están surgiendo para ayudar a las parejas. Lo que les pasa, se soluciona con un tratamiento familiar adecuado.

A poner los medios. A evitar la desesperanza, la cual si que es una droga que rompe muchos matrimonios. Porque cuando el ser humano dice de algo que no tiene solución, actúa como si no la tuviera. Al final, lógicamente, como no se han puesto los medios, no tiene solución.

Fuente: José  María Contreras

diciembre 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario