Cultura Solidaria

La otra memoria histórica

Recuerdo que en mis ya lejanos ocios de infancia, cuando jugando tranquilamente, llegaban chicos mayores que querían tomar el terreno o instalaciones que ocupábamos, se decía “juego grande quita al chico”, y, aunque con más muestras de desagrado que dando alegres palmas con las orejas, acatábamos esta consuetudinaria ley, bien por nuestro razonable sentido de la ley de la costumbre, o más bien por la muy convincente de la fuerza, quedábamos viendo su juego o trasladábamos los achiperres a otra parte para seguir en los nuestros, a veces tomando ubicación a otros menores, que eso es la ley del más fuerte, o del que manda.

Estamos en los días en que por leguleyo cumplimiento de una ley del Sr. Zapatero, que podría pasar a la Historia con el apodo de “el Ocurrente”, la “Memoria Histórica” que volvía a romper España dividiéndola en dos,
saltándose otra vigente llamada del consenso y “la concordia” dada en 1977 por “todos” y con la abnegación y colaboración de “todos” consensuada, anda el Sr. Sánchez, al que, aunque cada mañana lo dicen “Míster Fraude”,
podríamos recordar como “el resistente”, que además de tenerlo demostrado, parece gustarle, obsesionado en su exhaustivo cumplimiento, siendo la ópera prima de tan exacto acatamiento la exhumación, paseo e inhumación de los restos del caudillo hace casi medio siglo enterrado.

Esta “memoria histórica”, por alguno vista como “histérica”, además de el trajín de las cenizas del caudillo, ha volteado el callejero de toda España, que en capitales, ciudades, villas, aldeas o caseríos donde haya plaza, calle o placa que recuerde a personajes que sobresalieron en la posguerra, aunque su valía fuese demostrada algún tiempo antes del mandato franquista, incluso muy diversa de las armas y la política, como en el caso del famoso ingeniero inventor Juan de la Cierva, o en nuestro ámbito local la enorme personalidad del benefactor de Segovia D. José María Fernández Ladreda, dando trabajo, eso sí, a los profesionales de la maza y la piqueta.

Pero en este juego de poner y quitar, aunque el Sr. Rajoy no quiso derogar la inoportuna ley de la “Memoria”, ahora llegan los chicos mayores, los del Parlamento Europeo, y recomiendan que cada 23 de agosto se celebre el “Día Europeo Conmemorativo de las víctimas del Estalinismo y el nazismo”…

Dicen los grandes de Europa que vistos los principios universales de los derechos humanos y los principios fundamentales del Consejo de Europa, la declaración de Praga sobre la Conciencia de Europa y el Comunismo, la
Declaración sobre Proclamación del Día Europeo conmemorativo del Estalinismo y el Nazismo, la Resolución sobre la memoria de los crímenes cometidos por regímenes totalitarios de Europa, la declaración de Varsovia con ocasión del Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo, la Declaración conjunta por los representantes del Gobierno de los Estados miembros de la conmemoración de las víctimas del Comunismo, la histórica Resolución sobre situación de Estonia, Letonia y Lituania, las declaraciones y resoluciones sobre los crímenes de los regímenes comunistas totalitarios adoptados por varios Parlamentos nacionales…

Considerando que este año se conmemora el 80º aniversario del estallido de la Segunda Guerra Mundial, considerando que el 23 de agosto de 1939 la unión Soviética y la Alemania nazi firmaron un Tratado de no Agresión, Pacto Molotov-Ribnbentrop, al que siguió un Tratado de Amistad y Demarcación nazi-soviético de 28 de septiembre de 1939, Polonia
fue invadida, y que la Unión Soviética comunista agredió a Finlandia, y se anexionó Rumanía y las repúblicas independientes de Estonia, Letonia y Lituania…

Insta a los Estados miembros a que garanticen el cumplimiento de las disposiciones de la declaración Marco del Consejo con el fin de hacer frente a las organizaciones que difunden discursos de incitación al odio y a la
violencia…

El Parlamento Europeo condena el Comunismo y el Estalinismo y obliga al Estado Español a: retirar los reconocimientos, honores y calles a todos sus agentes en España (Carrillo, Largo Caballero, Negrín, Pasionaria, Brigadas Internacionales…). Informar en centros educativos y televisiones, de estos crímenes del Comunismo (Paracuellos, “Trenes de la Muerte”…)

Tal vez fuese más oportuno que pasear las cenizas de Franco, intentar explicar qué pasó con las 510 toneladas de oro, plata y billetes que en 10.000 cajas viajaron desde Cartagena rumbo a Moscú y París, que constituían la tercera reserva mundial de metales preciosos, y realmente cómo fue la muerte del cajero principal del Banco de España en su despacho.

Esta Propuesta de Resolución presentada con los apartados 2 y 4 del art. 132 del Reglamento del Parlamento Europeo (18-9-2019) es norma de obligado cumplimiento.
Al terminar esta mirada a la jurisprudencia comunitaria recuerdo que en mis lejanos años de infancia, con mejor o menos afable aceptación acatábamos la ley del “juego grande quita al chico”, ley que ya de mayores
recordábamos para pedir, exigir, las vacaciones, cuando llegando las Navidades, en las aulas decíamos “si las costumbres son leyes, y las leyes respetamos, desde el 20 no entramos hasta pasados los Reyes”.
Pues eso, que los profesionales del martillo y la piqueta no van a ir al paro retirando, estatuas, monumentos, placas…, y aquí, en nuestra tranquila y apacible Segovia, en la que tanta prisa se dieron en cumplir el volteo de la zona nacional, ya entrenados, tendrán fácil cumplir esta normativa de los chicos “mayores” de Europa, la otra “Memoria Histórica”, o segunda parte de esta largo folletín histórico por entregas.

Tal vez la regidora de la ciudad del Acueducto haya de pensarse tanto homenaje en la antigua cárcel, que hoy camuflan como cultureta “Centro de Creación”, o la proliferación de monolitos y placas dedicados a los “defensores de las libertades”, que llevaban por símbolo la hoz y el martillo y daban vivas a la “salvadora” Rusia.

Manuel FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ

enero 16, 2020 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Cuestión de hábitos

 

Cuenta José Antonio Marina la historia de una chica que necesitaba hacer ejercicio y se propuso correr un rato un par de días a la semana. No le gustaba competir con otros, así que empezó a correr sola. Un día, un entrenador que ella conocía le dijo: “Deberías correr maratón”. Ella creyó que se trataba de una broma. Además, siempre había pensado que el maratón era extenuante y aburrido. Pero aquel hombre insistió hasta convencerla, y le hizo un plan de entrenamiento con unos objetivos precisos y bien calculados, que exigían un esfuerzo cada vez un poco mayor, pero siempre accesibles.
“Sin darme cuenta —explicaba ella—, empezó a ilusionarme la idea de aguantar un kilómetro más. Es un proceso curioso. Primero te inquieta, luego te fastidia mientras lo estás intentando y al final te sientes una estrella si lo consigues.”

El modo de dosificar las metas convirtió una tediosa tarea en una actividad estimulante. “El ejercicio me sentaba bien, comprometerme en una tarea larga me agradaba, me gusta competir un poco conmigo misma. También influyó saber que lo que consiguiera le importaba a alguien, a mi entrenador.”

Hay muchas fuerzas ocultas en cada uno que sólo alcanzan su eficacia cuando surge, como para aclararlas y fijarlas, un objetivo que pueda concretar y aunar esos impulsos confusos del deseo hasta hacerles tomar la forma y el atractivo de una meta. Ese proceso, por el que una serie de motivos vagos y dispersos configuran una nueva fuente de energía, es fundamental para hacer rendir el propio talento. Y es un proceso que casi siempre depende de nuestra capacidad de alcanzar hábitos que nos ayuden a gestionar bien nuestras aspiraciones, deseos y sentimientos, que muchas veces son confusos e incluso contrapuestos.

Porque es frecuente que tengamos ganas de hacer algo pero no ganas de hacer lo necesario para conseguir ese algo. Se puede tener sed pero no tener ganas de caminar hasta la fuente. Se puede querer dar una alegría visitando a un amigo enfermo pero hay que vencer la pereza para levantarse e ir. Si no se tiene voluntad, sólo se logra hacer lo que se tiene ganas de hacer en ese instante, pero no se consigue nada fuera de ese estrecho ámbito del corto plazo. Por eso la voluntad consiste en buena parte en adquirir el hábito de querer hacer las cosas, con lo que se produce la paradoja de que querer es una cuestión de hábitos.

Al correr, esa agilidad, esa zancada larga, rítmica, resuelta, es como una representación de la libertad, sobre todo cuando uno ha experimentado antes la esclavitud del jadeo, del ahogo y del cansancio. Por eso el entrenamiento es un gran logro de la inteligencia y de la voluntad. Cuando se ha adquirido cierta destreza gracias a los hábitos, la espontaneidad produce grandes creaciones; pero si no se tiene esa destreza que nace del esfuerzo por adquirir hábitos, la espontaneidad suele ser desastrosa.

El influjo y la sutileza de la propaganda y la masificación fomentan una sumisión aceptada y confortable de lo espontáneo. Somos solicitados por la fascinación de ser elementos pasivos de lo que nos apetece, y entonces rodamos dócilmente por esa pendiente, hechizados por el poder anfetamínico de su cálida retórica. Pero sabemos que al final siempre nos encontramos de nuevo abajo, otra vez decepcionados y frustrados por no tener los hábitos que realmente deseamos. Nos topamos, como siempre, con la terca realidad del esfuerzo, con la necesidad de cultivar hábitos inteligentes y con la evidencia de que lo que queremos no siempre coincide con lo que nos apetece.

Alfonso Aguiló

enero 10, 2020 Posted by | Sociedad, Solidaridad, Uncategorized | , , | Deja un comentario

Chesterton argumenta por qué es católico

“El otro día un conocido escritor, en casi todo bien informado, dijo que la Iglesia Católica siempre es enemiga de las ideas nuevas. Es probable que no se le ocurriera que su propio comentario no era exactamente una idea nueva. Es una de las nociones que los católicos tenemos que estar refutando continuamente, por ser una idea antiquísima. De hecho, los que se quejan de que el catolicismo no puede decir nada nuevo, casi nunca creen necesario decir nada nuevo del catolicismo.

Un estudio serio de la Historia nos muestra, curiosamente, todo lo contrario. Hasta donde las ideas son realmente ideas, y hasta donde tales ideas pueden ser nuevas, los católicos han tenido que sufrirlas cuando realmente eran nuevas; cuando eran demasiado nuevas como para encontrar otro apoyo. El católico no sólo era el primero en el campo sino que era el único en el campo, y aún no había nadie más que entendiera lo que había encontrado allí.

Así, por ejemplo, casi doscientos años antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa, en una era dedicada al orgullo y la loa de los príncipes, el cardenal Bellarmine y el español Suárez plasmaron con lucidez toda la teoría de la auténtica democracia. Pero en aquella época del derecho divino, sólo consiguieron dar la impresión de ser unos jesuitas sofistas y sanguinarios, acechando con dagas para asesinar a los reyes. Así también, los casuistas de las escuelas católicas dijeron todo lo que se puede decir del teatro y la novela de tesis de nuestro tiempo, doscientos años antes de que se escribieran. Dijeron que realmente existen los problemas morales de la conducta, pero tuvieron la desgracia de decirlo con doscientos años de adelanto.

En una época de fanatismo ostentoso y vituperación fácil y gratuita, sólo consiguieron que los tacharan de mentirosos y liantes, por ser psicólogos antes de que la psicología se pusiera de moda. Sería fácil dar todos los ejemplos que se quiera hasta el presente, y proponer casos de ideas que todavía son demasiado nuevas para que las comprendan. Hay pasajes en la Rerum novarum de León XIII que sólo ahora están empezando a utilizarse como pautas para movimientos sociales mucho más nuevos que el socialismo. Y cuando Belloc escribió sobre el Estado Servil, adelantó una teoría económica tan original que casi nadie se ha dado cuenta aún de lo que es. Dentro de unos siglos, la gente la repetirá, y la repetirá mal. Y entonces, si los católicos protestan, su protesta se explicará fácilmente por el hecho, bien conocido, de que a los católicos nunca les gustan las ideas nuevas.

Sin embargo, el que hizo ese comentario sobre los católicos quiso decir algo; y es de justicia intentar entenderlo con más claridad de lo que él lo expresó. Él quiso decir que, en el mundo moderno, la Iglesia Católica es realmente enemiga de muchas modas muy extendidas, la mayoría de las cuales todavía afirman ser nuevas, aunque muchas empiezan a estar un poco rancias. Es decir, que en la medida en que quiso decir que la Iglesia suele atacar lo que el mundo en ese momento aplaude, tenía toda la razón. La Iglesia sí que se suele poner en contra de la moda pasajera de este mundo; y tiene la suficiente experiencia como para saber lo pronto que pasa. Pero para entender exactamente qué implica esto, es necesario mirar con más perspectiva y considerar la naturaleza última de las ideas en cuestión; considerar la idea de la idea, por así decirlo. En nueve de cada diez ocasiones, lo que llamamos ideas nuevas no son más que viejos errores. Uno de los deberes principales de la Iglesia Católica es impedir que la gente cometa esos viejos errores, que los cometa una y otra vez eternamente, como hace siempre, si se lo permiten. La verdad sobre la actitud católica hacia la herejía, o, como dirían algunos, hacia la libertad, podría expresarse tal vez utilizando como metáfora un mapa.

La Iglesia Católica tiene una especie de mapa de la mente que parece el mapa de un laberinto, pero es en realidad una guía del laberinto. Se ha trazado a partir de conocimientos que, incluso considerados como conocimiento humano, no tienen parangón humano. No existe ningún otro caso de institución inteligente que haya estado pensando sobre el pensamiento durante dos mil años sin solución de continuidad. Su experiencia naturalmente abarca casi todas las experiencias y, sobre todo, casi todos los errores. El resultado es un mapa que señala todos los callejones sin salida y las carreteras malas, y todas las vías que han resultado inútiles según la mejor evidencia: la evidencia de los que las han transitado.”

julio 12, 2019 Posted by | Filosofía y Pensamiento | Deja un comentario

Aprender a decir que no

«Yo quiero mucho a mi hija pequeña —explicaba una mujer bastante sensata en una conversación con otros matrimonios amigos—; y procuro manifestarlo de modo concreto cada día. Pero hay veces en que realmente mi hija se porta mal.

»Tengo amigas que me dicen que a esa edad nadie se porta mal, sino que hace inocentemente algo que todavía no ha aprendido a saber que está mal. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque sea pequeña, he visto a mi hija comportarse mal y saberlo.

»Es verdad que son cosas pequeñas, que es malicia sencilla, a su nivel, pero es malicia al fin y al cabo. Son cosas que a nosotros nos parecen de poca entidad, pero que para ella sí tienen importancia. Y por su bien y por el mío tengo que actuar con firmeza, tengo que decirle que no, un no bien claro, para que lo comprenda y obedezca enseguida.

»No tiene por qué suceder con frecuencia, pero cuando sucede hay que hacerle ver que de ninguna manera debe hacer eso. Y que ahí estoy yo dispuesta a mantenerme bien firme. Y si no le gusta lo que hago lo sentiré mucho, y podrá llorar y llorar, y yo pasaré también un mal rato, pero no cederé, porque creo que eso está mal, y hay veces en que hay que trazar una raya en la arena y ella ha de comprender que no debe traspasar esa raya. Y así hasta que por sí misma oiga en su interior la palabra no, y no sólo la que yo le digo.»

“¿Y cuando los hijos son ya más mayores?”, preguntó uno de los presentes. «Es un poco distinto, pero también hay que aprender a decir que no. ¿Qué hago? Me siento y hablo con él, o con ella. No le doy voces ni le grito. Pero le digo en qué creo y por qué, y no tengo pelos en la lengua. Intento ir al grano. Y yo también escucho con atención, porque a veces con sus razones me han hecho cambiar de opinión. No tengo ningún miedo a cambiar de opinión si me convencen, pero tampoco tengo miedo a emplear la palabra “bien” y la palabra “mal”.»

“Pero hay temas difíciles, y edades difíciles. Por ejemplo, ¿qué haces para que te escuche en cuestión de sexo?”, volvieron a preguntar. Todos escuchaban con atención. Ella no necesitó mucho tiempo para recoger sus pensamientos y contestar: «Hablo a solas con él, o con ella, y siempre me escucha. No siempre está de acuerdo conmigo, sobre todo al principio, pero al final logramos entendernos casi totalmente. Hay algunas veces en que no lo entiende del todo, pero por lo menos sabe bien que yo deseo que esté de acuerdo conmigo, aunque no lo entienda del todo, es decir, que quiero que confíe en lo que le digo, porque soy su madre y quiero lo mejor para ellos. Y se lo digo así. Lo hago pocas veces, pero a veces lo hago. Le pido que me obedezca en ese asunto concreto, incluso aunque al principio no lo entienda del todo, y aunque sepa que probablemente yo no voy a poder controlarle. Sé que esto parecerá extraño a mucha gente, pero yo le digo a mi hijos adolescentes que hasta que se casen no deben tener relaciones sexuales en ninguna circunstancia, con nadie en absoluto.

»Mi teoría consiste en hablar con cada hijo, escucharle, intentar persuadirle, pero también a veces —sencillamente— decirle que no. Y no tengo miedo de emplear valores morales, que en la familia hemos tenido siempre.»

Escuchando esa conversación, me venían a la memoria, por contraste, unas palabras de la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro: «El remordimiento más grande es el de no haber tenido nunca la valentía de plantarle cara, el de no haberle dicho nunca: “Hija mía, estás equivocada”. Sentía que en sus palabras había unos eslóganes peligrosísimos, cosas que, por su bien, yo hubiera tenido que cortar de cuajo inmediatamente; y, sin embargo, me abstenía de intervenir. Los asuntos de que hablábamos eran esenciales. Lo que me hacía actuar —mejor dicho, no actuar— era la idea de que para ser amada tenía que eludir el choque, simular que era lo que no era.

»Mi hija era dominante por naturaleza, tenía más carácter que yo, y yo temía el enfrentamiento abierto, tenía miedo de oponerme. Si la hubiese amado verdaderamente habría tenido que indignarme, incluso tratarla a veces con dureza; habría tenido que obligarla a hacer determinadas cosas o a no hacerlas en absoluto. Tal vez era justamente eso lo que ella quería, lo que necesitaba. ¡A saber por qué las verdades elementales son las más difíciles de entender! Si en aquella circunstancia yo hubiese comprendido que la primera cualidad del amor es la fuerza, probablemente los sucesos se habrían desarrollado de otra manera.»

Alfonso Aguiló

julio 12, 2019 Posted by | Familia | Deja un comentario

En la fiesta del patrón de Europa

El pasado 11 de julio celebramos la fiesta de San Benito patrón de Europa, por la labor educativa unificadora  y conservadora de la cultura europea realizada a través de los distintos monasterios diseminados por diversas partes de su geografía. La historia nos enseña que todos los imperios se hunden con sus culturas: Tartesos, Asiria, Babilonia, Persia, Egipto, Cartago… Pero la historia también registra dos excepciones asombrosas. Cuando Grecia es conquistada por Roma, la cultura helénica es respetada, conservada y asimilada por los conquistadores. Siglos más tarde, cuando a Roma le llega su hora, la simbiosis cultural grecolatina será milagrosamente preservada durante los Siglos Oscuros, hasta convertirse en el embrión de Europa.

No pocos historiadores consideran que Europa nace con el Edicto de Milán, firmado por Constantino el año 313. Siglo y medio más tarde, cuando el viejo Imperio sea desbordado y troceado por los bárbaros, la Iglesia permanecerá en pie como una institución autónoma, no política, con sus propios principios de pensamiento y régimen interno. Esa autonomía le permitirá mantener la unidad espiritual y cultural en el mundo latino, y ser maestra y guía de los nuevos pueblos. De hecho, la gran prueba de romanización de los reyes germanos, desde Clodoveo, fue su conversión al Cristianismo. La religión común logró entonces que el nuevo conglomerado político se reconociera a sí mismo en el término y en el concepto Cristiandad, vigente hasta que en el Renacimiento se empezó a hablar de Europa.

Cuando Roma se hunde, la Iglesia –dice Chesterton– transforma el barco hundido en un submarino que atraviesa los Siglos Oscuros, hasta resurgir recién pintado y deslumbrante, con la Cruz en alto. Exprimiendo esa imagen, podemos añadir que los monasterios serán también –en ese mundo atomizado, inseguro y rural– submarinos que llevarán a cabo una incomparable labor educadora. En su origen hay un personaje que no podemos olvidar: Casiodoro. Este prefecto de la ciudad de Roma, cónsul y senador en la Italia ostrogoda del siglo VI, concibió y abordó el magnífico proyecto de sistematizar la polifacética educación humanística de Grecia y Roma. Había llegado a la conclusión de que la herencia clásica solo podía ser salvada bajo la tutela de la Iglesia. Por eso abandonó la alta política y fundó un monasterio en sus tierras sicilianas de Vivarium. Acto seguido trazó un programa de estudios monásticos que reunía disciplinas religiosas y seculares. Las materias no religiosas formaban el Trivio y el Cuadrivio: tres artes relativas a la elocuencia –gramática, retórica, dialéctica– y cuatro ciencias: aritmética, música, geometría y astronomía. Así, la cultura grecolatina no se hunde con Roma, se salva de forma inverosímil gracias a esa flota de submarinos que forman los monasterios medievales.

Para entender cabalmente este acontecimiento es preciso subrayar que la intención última de los monjes no fue, en realidad, crear una nueva cultura, ni siquiera conservar la antigua. Su objetivo era mucho más radical: buscar a Dios. En la incertidumbre de un tiempo turbulento, donde nada parecía quedar en pie, ellos aspiraban a lo esencial, a lo que vale y permanece siempre, a trocar lo provisional por lo definitivo. Pero la búsqueda del Dios bíblico exige la cultura de la palabra, porque Él se ha manifestado precisamente en la palabra de la Biblia. Y el Libro Sagrado, con su amplísimo registro de formas literarias, se comprende mejor cuando el lector está familiarizado con los géneros y los recursos literarios. Por eso estudian los monjes gramática, retórica y dialéctica, igual que los antiguos romanos. Casiodoro tuvo la idea de introducir un cuarto tiempo –el estudio– en el ritmo de vida monacal articulado sobre el trabajo, la oración y el descanso. Un estudio abierto a la astronomía, porque la Naturaleza es obra de Dios, revelación sin palabras.

Para ello, cada monasterio tendría un scriptorium para la copia de manuscritos, y una biblioteca, palabra que en origen significaba «armario para biblias». Los monjes benedictinos fueron hombres de oración, pero también de libro y arado. Progreso intelectual y progreso técnico en tiempos de los bárbaros. Los monasterios, organizados como explotaciones agrícolas y ganaderas, llegaron a ser las unidades económicas más rentables de Europa, y quizá del mundo.

De su ejemplo aprendieron los campesinos que su trabajo podía ser un ejercicio de virtud, y se adaptaron en lo posible al ritmo de vida monacal, en torno al trabajo, la oración y el descanso. Así, con la adopción de esos criterios se fue forjando Europa, obra de la oración, la técnica y el trabajo de cristianos que centraban sus vidas en Dios.

julio 12, 2019 Posted by | Solidaridad | Deja un comentario

El principio de solidaridad

La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles

La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas.
Junto al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación, persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, alimentadas también por diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados.

El proceso de aceleración de la interdependencia entre las personas y los pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético y social igualmente intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos.
Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos, que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético–social, que es la exigencia moral que subyace en todas las relaciones humanas. La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral.

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en «la entrega por el bien del prójimo.

Existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo.
El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras.

La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la «muerte de cruz» 
Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado.

enero 12, 2019 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

La soledad moral

“Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

“Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

“Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse”.

“Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza”.

“Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.”

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña.

O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, en vez de vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

Alfonso Aguiló

enero 12, 2019 Posted by | educación, Familia, Sociedad | Deja un comentario

La política es un servicio

Max Weber, considerado por muchos como el padre de la sociología moderna, distinguía entre profesión, oficio y ocupación, y escribía: “no valen para la política personas que viven de la política, que hacen de ella su único y exclusivo medio de vida”.
Ciertamente, el político no debe ser como un náufrago agarrado a un madero del cual depende su vida. La persona que tiene vocación política debería estar dispuesta a prestar dicho servicio a la sociedad sólo en el momento preciso y cuando sea necesario.

Así escribió San Agustín: “deben mandar los que no quieren mandar”. Y esta idea preside los Cónclaves, donde se elige Papa al que no quiere serlo, conscientes todos los asistentes de que ocupar la silla de Pedro es un sacrificio, no un privilegio.
Cuando ocupar un cargo público se convierte en un privilegio, el político se suele transformar en cacique. Su deseo más íntimo no es mejorar la vida de los ciudadanos, es asegurarse un presente y un futuro opulento y procurárselo a los suyos.

La ley electoral de listas cerradas y bloqueadas y el Estado de las Autonomías han propiciado el despotismo democrático, un sistema en que la vida de muchos depende del capricho de algunos.
La primera derivada de este abuso es la corrupción cuyos numerosos casos, que no dejan de sorprendernos, esperan hoy la resolución de los jueces y llenan las páginas de los periódicos. Andalucía es el modelo perfecto. La región más subvencionada de Europa, es la que tiene el índice de paro más alto. Un ejemplo de perseverancia en el error.

Esto era casi inevitable. Los partidos políticos necesitan grandes sumas para financiar sus aparatos, y aunque la Hacienda Pública los subvenciona en función del número de votos obtenidos nunca es suficiente, porque no basta con tener un patrimonio saneado que permita una lícita competencia electoral, es preciso superar al adversario a toda costa, y, para ello, es indispensable ocupar más espacios públicos, la radio, la televisión, la prensa, las tertulias… Se precisa la presencia del político en el domicilio de cada ciudadano. Saben que una pancarta o una consigna muy repetida tienen más poder de convicción que una sesuda conferencia.

Lord Acton decía en su conocida sentencia: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De esta forma, el ansia desmedida de poder de determinadas organizaciones hace que se vean en la necesidad, en su afán por la conquista del poder, de recurrir a personas hábiles en la obtención de patrimonio por cauces más o menos irregulares, y dada la flaqueza de la condición humana es difícil que esos expertos en recaudar para sus instituciones resistan la tentación de recaudar para sí mismos.
Evidentemente, la corrupción es difícil de erradicar en un solo envite, por lo que hay que asumir que luchar contra ella es un proceso largo que hay que abordar con tenacidad. En modo alguno constituye un problema del sistema democrático español. Los españoles, no somos más corruptos y tampoco más complacientes con estos actos que los europeos.

La transparencia es el antídoto contra la corrupción, ya que el ciudadano conoce por qué, cómo, qué, cuánto y el cuándo de la acción institucional. Para ello, es precisa una gestión pública que simplifique los procedimientos administrativos para hacerlos más comprensibles, una mayor participación pública en los partidos políticos que los haga más reconocibles como un instrumento al servicio de la sociedad y no como un fin en sí mismos, y, también, unos medios de comunicación social que, dentro de su irrenunciable independencia, informen con la mayor objetividad posible.

Por otra parte, es incuestionable que necesitamos una Ley de Financiación de los Partidos Políticos clara, justa y eficaz, que permita su actividad normal sin necesidad de que recurran a prestidigitadores o ilusionistas que siempre acaban llevándose la bolsa a un paraíso fiscal.
A la luz de lo anterior, cabe concluir que los votos no facultan a los gobernantes a comportarse de modo despótico, a ignorar e incluso castigar a la ciudadanía, hurtándole derechos y dineros con medidas, megaproyectos y prácticas corruptas que no habían sido ni siquiera explicitados en las campañas, como lamentablemente ha venido ocurriendo.

También es esencial entender la política como un servicio a la sociedad y no como una profesión en la que uno pretende jubilarse. A la política hay que venir desde un oficio y hay que regresar a esa profesión. Es muy sano cambiar, que gente nueva se incorpore a la política con ideas nuevas, ganas nuevas y nuevas energías. Ni el mejor gobierno debe perpetuarse en el poder.

Emilio Montero Herrero

enero 12, 2019 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El secreto de la alegría

Muchas veces nos preguntamos cual es la causa por la que perdemos la alegría a menudo, sin darnos cuenta que el esfuerzo por hacer felices a los demás y el sacrificio, iluminan nuestra vida corriente y casi siempre son la fuente de alegría auténtica.  “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo… “  Es en las tareas cotidianas, en medio de las ocupaciones del mundo, donde hemos de practicar la generosidad, excediéndonos con gusto en la preocupación por los seres queridos que nos rodean, aunque puedan faltar las ganas,  sin lamentarse, sin exagerar el peso de la carga pues es ligera y gratificante.

En esa vida cotidiana, el sacrificio se suele presentar de modo escondido, imperceptible para los demás, pero si sabemos volcarnos en nuestras obligaciones conyugales, familiares laborales, por encima de la propia voluntad, del propio gusto, el resultado es una felicidad honda y plena.

A veces nos quejamos ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña y caemos en un círculo vicioso provocado por una inmadurez enfermiza.  Basta con cumplir fielmente, por amor, los deberes de cada día, poniendo todo el corazón y toda el alma en el pequeño quehacer de cada momento, para que el panorama de nuestro día cambie radicalmente.

El ser humano por su composición natural  a la vez material y espiritual,  está situado como en el horizonte entre la eternidad y el tiempo,  y se puede decir que sus actividades temporales tienen alcance eterno. Podemos por tanto vivir en esta tierra una vida nueva, si abandonamos nuestros planteamientos egoístas. No sólo debemos  afrontar con decisión la fatiga, sino que debemos en muchas ocasiones luchar contra la inclinación interior a la comodidad excesiva, a la pereza y al egocentrismo, que causan , a menudo, nuestra infelicidad.

“El que pierda su vida por mí ( por los demás) la encontrará”. Si en nuestra diaria, en el cumplimiento de nuestras actividades ordinarias, ponemos todo nuestro afán por hacerlos con perfección y pensando en el bien de las personas de nuestro entorno, cada una de nuestras acciones–aun a los aparentemente vulgares– tendrán una vibración de eternidad y dejaran en nuestro interior un poso de alegría y paz.

 

diciembre 25, 2018 Posted by | Ecología, educación, Familia, Solidaridad | Deja un comentario

La revolución del lenguaje humano

Una de las mayores conquistas de la inteligencia humana es el lenguaje simbólico, con su pasmoso poder de abarcar y comunicar la realidad. Porque todo lo abarco y todo lo puedo expresar mediante palabras. que reconocer, además, que abarcar el mundo con dos sílabas constituye un poder fascinante y una insuperable economía de esfuerzos, semejante a la que logro cuando entiendo lo que es un siglo sin necesidad de vivir sus cien años o cuando narro la historia del Imperio Romano en unas páginas. Esta superación de los límites de espacio y tiempo es algo exclusivo del entendimiento humano. La principal función del lenguaje es la comunicación.

El animal que se nutre y se reproduce cumple su cometido. Por eso no tiene casi nada que decir. En cambio, el hombre, en la medida en que piensa, sufre, ama, proyecta y trabaja, tiene mucho que decir. Pero, además, la insuficiencia biológica del individuo humano se supera en la sociedad, y la sociedad es completamente imposible sin comunicación. De entrada, las palabras de la madre serán, durante largos meses, el primer mapa del mundo que el niño va a conocer. El lenguaje es quizá el principal medio de humanización y socialización. Y lo es por su capacidad de transmitir con fidelidad y rapidez una enorme cantidad de información. La inteligencia humana es capaz de encerrar millones de toneladas de roca en un símbolo que se escribe o se pronuncia con suma sencillez: cordillera. Todo lo puede simbolizar la inteligencia: lo grande y lo pequeño, lo subjetivo y lo objetivo, lo pasado y lo futuro. Al reducir los seres a letras o sonidos, opera en ellos una nueva y eficacísima formalización, que libera a la realidad de sus gigantescas dimensiones. Todo un Cosmos limitado en el espacio y en el tiempo es reducido por el lenguaje a un manejable Universo de bolsillo.

El lenguaje ofrece una incomparable demostración de inteligencia: el ser humano habla porque tiene lengua, pero principalmente porque posee inteligencia. La explicación es clara. Toda palabra se expresa en una dimensión física (el sonido), pero su significado no es de ninguna manera algo físico, puesto que el mismo sonido, que es palabra para el que lo entiende, es ruido para el que no lo entiende. Por tanto, es en el oyente, y no en el sonido, donde se produce la metamorfosis del sonido en signo. De ahí que la palabra sea una realidad que se sale de lo puramente físico, y que todos, al hablar, pisemos un terreno metafísico sin darnos cuenta de ello. Es tradicional pensar que el lenguaje debe su inteligibilidad a la psique humana, y que la dualidad observada en las palabras no es más que un reflejo de esa otra dualidad metafísica de la naturaleza humana: un cuerpo organizado por una forma espiritual. Más que un invento, el lenguaje es un desarrollo necesario de una capacidad innata del hombre.

Lo que sí es un invento, y de trascendencia colosal, es la representación gráfica del lenguaje hablado: la escritura. Cuando el hombre prehistórico inventa la escritura está realizando un descubrimiento de incalculable importancia. Si en la carrera del progreso humano pudieran medirse los pasos, quizá ninguno más largo que este. La escritura consigue la misma posesión simbólica de la realidad que la lengua oral, pero aporta una enorme ventaja: su ilimitada capacidad de comunicación. Antes de que el siglo XX hiciera del mundo, gracias a los medios de comunicación audiovisuales e informáticos, una gigantesca aldea global, solo la escritura –no la voz– era capaz de cruzar fronteras, atravesar océanos, unir continentes y poner en común los mejores hallazgos intelectuales procedentes de cualquier punto del Planeta. Así pues, la carrera del progreso ha multiplicado su longitud y su velocidad gracias a la comunicación escrita. Sin la escritura los hallazgos técnicos o culturales quedan aislados. Con ella, en cambio, se suman. Y en lugar de recorrer todos los seres humanos la misma distancia, se unen los esfuerzos individuales como en una carrera de relevos, y se llega más lejos en menos tiempo.

Sin lenguaje, el desarrollo humano hubiera sido casi inexistente, y solo con la lengua hablada hubiera sido lentísimo: piénsese, por ejemplo, en las dificultades que plantearía a la investigación y a la enseñanza la inexistencia de textos escritos. Por consiguiente, además de un portentoso invento, la escritura ha sido y es una de las condiciones más necesarias del progreso. Y es precisamente el hombre primitivo, no el moderno, quien hace este descubrimiento genial, que le permite salir de la Prehistoria por la puerta grande.

En palabras de Chesterton  “en un momento dado, tan lejano que escapa a la ciencia, se produjo un salto que no pudo quedar recogido en piedras ni huesos, y apareció el alma humana,  pues el salto a la razón y a la libertad no constituye una evolución, sino una revolución. ” 

El lenguaje humano, tanto oral como escrito, es quizá la expresión más genuina de esa gran revolución

diciembre 25, 2018 Posted by | educación, Filosofía y Pensamiento, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario