Cultura Solidaria

La exaltación del “ego”

“La cultura occidental —afirma José Antonio Marina— puede contarse como la historia de un Yo que ha ido engordando. Es fácil señalar las etapas principales. La reforma protestante apeló a la propia conciencia frente a la autoridad. Descartes instauró el yo-pienso como instancia definitiva. La Ilustración hizo lo mismo con la razón. El romanticismo exacerbó el protagonismo del Yo. El idealismo alemán lo convirtió en el origen de todo. Y, como último paso, encontramos la creciente insistencia en el individualismo. Todo ha desembocado en una afirmación desmesurada del Yo que no deja de plantearnos problemas. Lo que a veces ha sido una oportuna defensa de la autonomía personal se ha acabado convirtiendo en un obsesivo cuidado de uno mismo y en un narcisismo galopante”.

Este modo de ver las cosas, que está como inscrito en nuestra cultura, es una fuente de actitudes que fomenta en las personas una psicología un tanto febril y atormentada. Un darse vueltas a uno mismo que hace resonar en el interior todo un enjambre de voces que perturban. Voces que siempre están ahí, que llegan a lo más íntimo de uno mismo. Voces que exigen tener éxito, fama, poder. Voces que cuestionan la propia valía, que dan vueltas y revueltas en torno al derecho a ser querido y tenido en cuenta. Estilos de pensamiento que llevan a que pocos momentos del día estén libres de sentimientos oscuros como rencor, celos, lujuria, codicia, antagonismos o rivalidades sin sentido. Modos de abordar las cosas que llevan a obsesionarse por la aprobación de los demás o la consideración con que a uno le tratan. Un vagar de la memoria y la imaginación que hace soñar despierto, fantaseando ser genial, brillante, admirado. Un miedo a no gustar o a ser censurado que constantemente invita a diseñar nuevas estrategias para asegurar atención y cariño.

Ese estilo emocional zarandea al hombre como a un bote en medio del oleaje. Una pequeña crítica le enfada. Un pequeño rechazo le deprime. Un pequeño éxito le emociona. Se anima con la misma facilidad que se desanima. Piensa que sólo será querido si es guapo, inteligente, lleno de salud, si tiene un buen trabajo, amigos, contactos. Cae en un mundo que fomenta las adicciones, que incita a acumular status, que crea expectativas falsas, engaños que llevan a búsquedas inútiles, a constantes desilusiones.

Todo ese vivir centrado en uno mismo potencia también la envidia. Parece que a todos les va mejor, que todos están mejor que uno mismo. Ronda constantemente la idea de cómo llegar adonde están ellos. Luego, con el fracaso, vienen los celos y el resentimiento, la suspicacia y el ponerse a la defensiva. El envidioso se enreda en una madeja de deseos que al final le impide saber cuáles son sus verdaderas motivaciones. El victimismo y la desconfianza empujan a una búsqueda constante de argumentos, a estar siempre en guardia, a dividir el mundo en los que están a favor o en contra de uno mismo. Todo se vuelve oscuro alrededor. Se endurece el corazón, se llena de tristeza, se encuentra envuelto en diálogos interminables con interlocutores ausentes, anticipando preguntas y preparando respuestas.

Lo peor es que muchas veces, pese a ser evidente lo destructivo de ese estilo de pensamiento, no es fácil desprenderse de él, pues esa persona se encuentra esclavizada por su corazón, hambriento de unos deseos que le llevan por caminos equivocados. Superarlo no es fácil, pero sí muy necesario. Es preciso poner empeño para salir de ese angosto mundo del egoísmo y descubrir la grandeza y la paz de centrar la propia vida en los demás.

Alfonso Aguiló

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junio 9, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

La maravilla que esconde El Quijote

La gran maravilla de nuestra obra más universal “El Quijote”  es la de esconder detrás de una sátira de los libros de caballería el alma de la historia de Europa, y la escondida  alma y motor de Europa y del alma humana. Esto convierte para muchos al libro del manco  en “la novela más grande del mundo”. El Quijote es al mismo tiempo  la alegoría cristiana más importante que se conoce después de las parábolas de Cristo, más profundamente religiosa, por ejemplo   que “La vida es sueño”. En las andanzas del caballero de la triste figura  y su escudero  se refleja un profundo humor que no deja de ser la forma natural de expresión de la religiosidad. La parábola y la paradoja poseen un gran contenido moral

En la gran parábola de Cervantes, la sabiduría -que es el ideal, y es nobleza y es vida- ha sido encarnada paradojalmente en un loco; y lo que el mundo llama sabiduría, está encarnada humorísticamente en un palurdo. Mas esas dos sabidurías no rompen entre sí ni riñen, se encuentra en el Quijote unidas y el realismo del pobre Sancho  es forzado a someterse al idealismo de un loco. La persecución inalcanzable de Dulcinea, es una imagen de la fe. Porque Dulcinea existe, aunque no donde El Quijote y nosotros nos imaginamos.

Una especie de paradoja de este género existe en el fondo del Evangelio; y considerada literalmente constituye el humor de Cristo. Las parábolas y los aforismos evangélicos están llenos de rasgos desmesurados, paradojicos  y a veces aparentemente contradictorios: el “hacerse como los niños” por ejemplo . Los Apóstoles no eran niños, ni podían volverse como niños… ni se volvieron. Pedir a un niño que se haga grande es razonable; pedir a un adulto que vuelva al seno de su madre y nazca de nuevo, es chiste… o misterio. Este humor es la inserción de lo eterno en lo finito. Un modo de hacernos comprender de forma radical, la necesidad de renovación total en muchos de nuestros comportamientos diarios y actitudes ante la vida.

La profundidad de la enseñanza moral que se encierra en la obra maestra de Cervantes es inmensa, por ello conviene, que de vez, en cuando volvamos a releer alguno de sus capítulos con calma; tratando de descubrir toda la  profundidad de un mensaje que se encuentra escondido tras  las disparatadas aventuras de sus protagonistas.

junio 9, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Exigencia y autoestima

Quizá sólo aquellos que hayan tenido la suerte de haber sido exigidos en su vida por alguien que realmente les conocía y les quería, quizá sólo ellos, decíamos, puedan entender con profundidad lo que se quiere decir en este artículo.  Esas personas habrán visto en sus vidas resultados que para ellos mismos eran inalcanzables. Y esos resultados fueron posibles gracias a un auténtico educador que se cruzó por sus vidas. Y en ese momento su autoestima aumentó, para mantenerse elevada de por vida.

Pues bien, esas personas saben, porque lo han experimentado en sus carnes, que aquello que dice el refranero popular: “Quien bien te quiere te hará llorar” es una verdad como un puño; y reconocen en esas palabras mucha sabiduría pedagógica. Saben que el verdadero educador -el verdadero directivo- tiene que decir verdades como puños en determinados momentos para hacer crecer a su equipo. Y cuando encuentran a directivos que tienen miedo de exigir a su gente, piensan: “Pobre directivo y pobre equipo”. Pobre directivo, porque nunca será un buen directivo -quizá esté incapacitado-. Y pobre equipo, porque su jefe supone un tapón para su desarrollo.

Quizá esos “pobres directivos” nunca se han exigido personalmente, o quizá hayan tenido malas experiencias personales de educadores -directivos o no-, que confundían exigir con presionar y han sufrido en primera persona las consecuencias. Tienen, por tanto, una idea errónea de lo que es exigir y piensan que, como exijan su equipo, perderán su confianza. No saben que una persona poco exigida, es una persona poco valorada.

Exigencia y autoestima están muy relacionadas. Y no olvidemos que la motivación de las personas está directamente relacionada con la autoestima de éstas. Si a un vendedor de nuestro equipo le fijáramos como objetivo anual, una meta excesivamente fácil de conseguir, probablemente se desmotivaría y -¿por qué no?- quizá piense en cambiar de empresa.

Algunos directivos sólo “exigen” cuando las circunstancias aprietan y, al transmitir esa urgencia al equipo, lo que realmente hacen es presionarles y a esa presión -auténtica tortura- ellos la llaman exigencia. Las personas exigidas se sienten valoradas y su autoestima se convierte en un motor poderosísimo para hacerlas crecer. Las presionadas, se sienten incomprendidas y explotadas.

Al que no tiene experiencia en la dirección de personas, le puede parecer una cuestión, más o menos, de matiz. Pero aquellos que leen estas líneas y han experimentado la gozada de ser bien exigidos, saben que no es así. Bien saben ellos que es muy fina y delicada la línea que separa a los verdaderos jefes de los ineptos. A las personas con personalidad, de las vulgares. A los que de verdad dirigen, de los que se dedican a jugar a ser jefes, aunque crean que lo están haciendo muy bien.

José María Contreras

junio 9, 2018 Posted by | Solidaridad | Deja un comentario

Las razones de los demás

Platón, para pensar y para explicarse mejor, imaginaba personajes cuyas ideas eran opuestas a las suyas, tanto para plantear réplicas a sus afirmaciones como para exigir que las expusiera de otra manera y así las mejorara. Aristóteles mantiene en gran parte ese sistema, aunque de forma un poco menos teatral, y señala primero los obstáculos a sus afirmaciones —suele decir: “hay aquí una dificultad…”—, y luego sortea o rebate pacientemente esas objeciones. Tomás de Aquino, en cada artículo de la Summa, emplea la famosa fórmula del “sed contra est”: busca primero lo que le resulta contrario, lo que se opone a la tesis que sostiene, y luego, después de haber expuesto la solución según el orden de las razones, vuelve a las objeciones que se había hecho, y las contesta. También Descartes intercambia argumentos para responder a las objeciones que le lanzan.

En todos los casos, se advierte un loable espíritu de receptividad hacia las razones de los demás. Y ese modo de alojar en la propia casa al adversario, y de darle ocasión a que nos contradiga, ha sido siempre una prueba de valentía y de coherencia de los grandes hombres. El pensamiento que ha pasado a través de la contradicción es un pensamiento más maduro y contrastado. Por eso me preocupan tanto esas personas que parecen estar tan poco dispuestas a considerar las razones de los demás.

Entre otras cosas, porque quienes no admiten las razones de otros, casi nunca se sienten culpables de nada, y eso es demoledor para cualquiera. Suelen ser personas que casi siempre se consideran víctimas. La culpabilidad es algo que sólo aplican al otro. Así es su mente y, pase lo que pase, al final recalan en ese vicio de origen. Y llega un momento en que ya no es cuestión de mala o buena voluntad, sino una simple cuestión de ignorancia, de mucho tiempo de no escuchar las razones ajenas, de demasiados años de vivirlo todo siempre desde la óptica enrarecida del egoísmo.

Podría decirse que ese modo de ser depende mucho de la educación que cada uno ha recibido, y es verdad. Pero también es cierto que nuestro carácter lo hacemos cada uno. Una prueba de ello es que todos conocemos personas que han vivido en el mismo ambiente, incluso en la misma familia, han sido bombardeados por los mismos medios de comunicación e influidos por las mismas rutinas y costumbres del lugar donde viven, y, sin embargo, son personas muy distintas. Muchos logran no caer en la trampa de eludir siempre las razones y puntos de vista de los demás, esa trampa sutil que siempre se nos ofrece, tentadora. ¿Por qué? Sencillamente porque no han querido cegarse, porque han ido descubriendo la verdad a fuerza de no pensar siempre en sí mismos.

Y ese esfuerzo se ve premiado en que son personas observadoras, a las que interesa un amplio abanico de cuestiones y tienen sentido del humor, sobre todo para reírse un poco de sí mismos, no a costa de los demás. No sienten necesidad de alardear de sus éxitos o sus cualidades. En su forma de hablar son francos, sencillos y asequibles. A la hora de juzgar tienden con más facilidad a sobrevalorar a los demás que a sobrevalorarse a sí mismos. También tienen más sentido de la medida, y no abordan los problemas en clave de todo o nada, ni dividen las cosas entre blanco y negro, ni el mundo entre buenos y malos. Procuran discernir el fondo de las cuestiones, sin dejarse llevar por impresiones precipitadas o conveniencias personales. Reciben con mesura los elogios y agradecimientos, sin envanecerse, y también las culpas por sus errores, que no les llevan a hundirse sino a sacar experiencia y rectificar.

Alfonso Aguiló

junio 6, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

La soledad interior

La soledad, realidad dolorosa y amarga, es, desde luego, contraria a la naturaleza humana, pues el individuo -hombre o mujer- se caracteriza por estar abierto a los otros. Ya desde las primeras páginas de la Escritura Sagrada se fija perentoriamente esta verdad, expuesta de modo bello y profundo con palabras del Creador: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él. Y el Creador forma el ser humano en la dualidad fundamental de hombre y mujer, núcleo originario de la sociabilidad. Notemos que, antes de la creación de la mujer, Adán, rodeado de los astros y de gran variedad de animales y plantas, se encontraba en una situación de aislamiento que sólo se rompe cuando tiene junto a sí a alguien igual que él.

La persona está llamada a convivir, a compartir su caminar -sus alegrías, sus penas, su ajetreo diario- con otros semejantes. La criatura descubre su sentido y su plenitud en el desenvolverse en compañía: en la familia, en la amistad, en la participación en el trabajo y en las demás tareas que se llevan a cabo junto a otros.

Por eso, sólo el amor -no el deseo egoísta, sino el amor de benevolencia: el querer el bien para otro- arranca al hombre de la soledad. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El amor, en sus diversas formas –conyugal, paterno, materno, filial, fraterno, de amistad-, es requisito necesario para no sentirse solo.

Pero debemos añadir algo más, para proseguir con nuestra reflexión sobre la soledad. No cabe ignorar -la literatura universal y la experiencia de cada uno lo atestiguan- que, por muy conseguida que esté la comunicación entre los hombres, incumbe siempre una amenaza de aislamiento.

Sucede con frecuencia, por ejemplo, que el amor -de suyo recíproco- no se ve correspondido, o no alcanza el grado de intensidad que se desearía, y surge entonces una sombra de amargura que nubla incluso lo ya alcanzado. En otros momentos, la comunicación entre personas dista mucho de ser perfecta. Aunque los demás nos ofrezcan sinceramente compañía en los momentos de dolor

junio 6, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

El debate de los vientres de alquiler

Parece razonable pensar que la Ideología de Género no podría durar tanto tiempo sin una finalidad económica detrás; no sería sostenible. Pero, ¿de qué manera la ideología de género encubre un negocio?  Pues muy simple, llevando el proceso de atracción, unión y procreación hacia la industria. Así de sencillo.

Para ello deben conseguir que no se diferencien los sexos y que no se atraigan, y con ello que se mantenga la vida sexual disociada de la procreación.

El siguiente paso es entretener a los jóvenes en una vida hedonista y consumidora para que se les pase el período de gestar y procrear. Se les pasará la edad y entonces recurrirán a la fecundación in vitro, embriones por aquí y por allá, etc.

Pero el paso final de este plan es que el niño se pueda comprar. Y este es el gran negocio que está detrás de todo esto. Los padres desesperados por problemas de fecundidad, las uniones homosexuales con el deseo innato de descendencia, etc. serán la gran clientela de esta industria.

Así de fácil es lo que está gestándose en el mundo de la reproducción. Su “competencia desleal” serán los servicios públicos de adopción, que lo hacen gratis.

El uso de órganos de una persona para fabricar y parir al hijo de otra es algo intrínsecamente inadmisible, porque consiste en tratar a un ser humano como una máquina o como un animal de cría. En un rebaño las hembras sirven para producir las crías en interés del criador.

Lo que se pretende es que las mujeres sirvan de hembras reproductoras porque se les remunera por ello. Dondequiera que se da esta práctica hay siempre un mercado, nunca es gratuito. De todas formas, es equivocado entrar al debate de los vientres alquiler en si debe ser gratuito o no. La cuestión es más profunda y afecta a todos los actores, sobre todo al bebé que ha sido concebido y del que apenas se habla. Solo imaginar la explicación que den sus padres sobre cómo vino al mundo, se me ponen los pelos de punta: “pagamos a una mujer para que fueras concebido; no pagamos a una mujer, sino que le pedimos el favor de concebirte; tu madre gestante no es tu madre, tampoco tu madre es la que te llevó en su seno, el semen de tu padre no es el de tu padre sino de un donante…” ¿Y en el caso de que a los padres no les guste el niño? Y si la madre se niega a entregar el niño que ha gestado, ¿está robando un niño?

Hace unos meses, en Italia, un grupo de feministas elaboraron un manifiesto con ideas como que “la madre legal es la que ha dado a luz y no la firmante de un contrato ni la que ha puesto el óvulo”, o que “en la maternidad subrogada no hay dones ni donantes, sino solo negocio y actividades lucrativas promovidas por el deseo de paternidad de personas del primer mundo. Este sistema necesita mujeres como medios de producción, de modo que el embarazo y el parto se conviertan en un oficio y los bebés en productos con un valor de cambio”. Más claro no se puede decir. Ya era hora de que las feministas clamen con sinceridad por la dignidad de la mujer.

En estos momentos España debate la legalización de los vientres de alquiler, un tema que deja al descubierto numerosos interrogantes sobre las carencias éticas, biológicas y legales de una práctica cada vez más extendida en el primer mundo; un desafío moral que va más allá de satisfacer el deseo de ser padres, sino que pasa por toda una mercantilización de lo más íntimo y privativo de la mujer: su capacidad de engendrar y la maternidad, y también la comercialización de su hijo. Un verdadero atentado contra la integridad de la mujer y del hijo.

junio 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Dejarse convencer

Platón, en uno de sus “Diálogos”, plantea una interesante discusión entre Sócrates y Calicles sobre la fuerza de la razón. Calicles rechaza la moralidad convencional y defiende otra basada en la ley del más fuerte. Asegura que esa ley es la que impera en la naturaleza, y la que realmente procede de ella. Hacer el mal —sostiene Calicles— puede ser vergonzoso desde el punto de vista de los convencionalismos sociales, pero esos convencionalismos proceden de una moral gregaria, establecida por los débiles para defenderse de los fuertes. Los débiles, que son la mayoría, se juntan para modelar y esclavizar a los mejores y más fuertes de los hombres y proclaman como justas las acciones más convenientes para ellos.

A lo largo del diálogo, Calicles se va quedando sin argumentos ante las objeciones que le hacen, pero no deja de defender cínicamente sus ideas. Dice que los fuertes saben bien que, si hace falta, pueden cometer una injusticia con otros, porque esa es la justicia del fuerte. En un momento dado empieza a dar la razón a Sócrates, pero enseguida se desdice y asegura que no le interesa seguir hablando, porque no está dispuesto a ser persuadido por las razones de nadie, sino que recurriría a la fuerza para imponer las suyas. Y continúa con afirmaciones y planteamientos que hoy, dos mil quinientos años después, nos recuerdan muchas frases que fueron recogidas casi textualmente por Nietzsche, y puestas después en práctica por el nazismo y otras doctrinas basadas en sus tesis nihilistas.

Pienso que lo más trágico en la historia de Calicles no son sus ideas intolerantes y violentas. Lo peor es su total falta de receptividad ante cualquier argumentación. Eso es lo que blinda su terrible error y le impide salir de él.

Y esa es, lamentablemente, la actitud con que a veces blindamos nuestros defectos y nuestras incoherencias en algunos pequeños detalles de la vida diaria. Quizá, cuando vemos que nuestras razones no tienen suficiente peso, en vez de analizarlas de nuevo, o buscar otras que las refuercen o mejoren, o buscar consejo en quien pueda ayudarnos a comprenderlas o explicarlas mejor, tendemos a cerrarnos en banda ante las razones de los demás.

Dejarse convencer por las razones de otros es muchas veces —no siempre, parece obvio decirlo— una muestra de inteligencia y de rectitud. Nuestra inteligencia se manifiesta no sólo cuando argumentamos, sino también cuando aceptamos y comprendemos los argumentos de los demás. Por eso la educación tiene tanto que ver con ese hacernos receptivos a los razonamientos de otros. Lo razonable es aceptar que nuestra razón se ha de enriquecer con la razón de otros, con la consideración y aceptación de otros puntos de vista, otros fines, otros objetivos, otras valoraciones.

Para desarrollar realmente nuestra capacidad intelectual es preciso desarrollar nuestra capacidad de escucha. Debemos aspirar a ser persuadidos por argumentos, no sólo persuadir a los demás con nuestros argumentos. Por eso, si tenemos muy claras nuestras razones, pero tendemos a ver muy poco claras las razones de los demás, quizá es porque hace tiempo que hemos limitado mucho nuestra capacidad de aprender.

Quizá buena parte de la culpa de ese fenómeno es que está mal visto aceptar que uno ha sido persuadido por las razones de otro. Como si cambiar de opinión implicara usar poco la razón. Efectivamente, el mundo está lleno de personas que se enorgullecen de pensar lo mismo que pensaban hace veinte o treinta años, y en algunos casos eso puede ser una manifestación de sensatez y fidelidad a los propios principios, pero en otros muchos probablemente demuestre que ni ahora ni entonces han pensado demasiado. Parecen invulnerables a cualquier argumentación, y eso no es algo de lo que se deba presumir.

junio 6, 2018 Posted by | Familia, Solidaridad | Deja un comentario

Crisis moral en Europa

Vivimos en un momento de grandes peligros y de grandes oportunidades para el hombre y para el mundo; un momento que es también de gran responsabilidad para todos nosotros. Durante el siglo pasado las posibilidades del hombre y su dominio sobre la materia aumentaron de manera verdaderamente impensable. Sin embargo, su poder de disponer del mundo ha permitido que su capacidad de destrucción alcanzase dimensiones que, a veces, nos horrorizan. Por ello resulta espontáneo pensar en la amenaza del terrorismo, esta nueva guerra sin confines y sin fronteras. El temor que éste pueda apoderarse pronto de armas nucleares o biológicas no es infundado y ha permitido que, dentro de los estados de derecho, se haya debido acudir a sistemas de seguridad semejantes a los que antes existían solamente en las dictaduras; pero permanece de todos modos la sensación de que todas estas precauciones en realidad no pueden bastar, pues no es posible ni deseable un control global.

Menos visibles, pero no por ello menos inquietantes, son las posibilidades que el hombre ha adquirido de manipularse a sí mismo. Él ha medido las profundidades del ser, ha descifrado los componentes del ser humano, y ahora es capaz, por así decir, de construir por sí mismo al hombre, quien ya no viene al mundo como don del Creador, sino como un producto de nuestro actuar, producto que, por tanto, puede incluso ser seleccionado según las exigencias fijadas por nosotros mismos.

A todo esto se añaden los grandes problemas planetarios: la desigualdad en la repartición de los bienes de la tierra, la pobreza creciente, más aún el empobrecimiento, el agotamiento de la tierra y de sus recursos, el hambre, las enfermedades que amenazan a todo el mundo, el choque de culturas. Todo esto muestra que al aumento de nuestras posibilidades no ha correspondido un desarrollo equivalente de nuestra energía moral. La fuerza moral no ha crecido junto al desarrollo de la ciencia; más bien ha disminuido, porque la mentalidad técnica encierra a la moral en el ámbito subjetivo, y por el contrario necesitamos justamente una moral pública, una moral que sepa responder a las amenazas de se ciernen sobre la existencia de todos nosotros.

El verdadero y más grande peligro de este momento está justamente en este desequilibrio entre las posibilidades técnicas y la energía moral. La seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y dignidad no puede venir de sistemas técnicos de control, sino que sólo puede surgir de la fuerza moral del hombre: allí donde ésta falte o no sea suficiente, el poder que el hombre tiene se transformará cada vez más en un poder de destrucción.

Es cierto que hoy existe un nuevo moralismo cuyas palabras claves son justicia, paz, conservación de la naturaleza, palabras que reclaman valores esenciales y necesarios para nosotros. Sin embargo, este moralismo resulta vago y se desliza así, casi inevitablemente, en la esfera político-partidista. Es sobre todo una pretensión dirigida a los demás, y no un deber personal de nuestra vida cotidiana. De hecho, ¿qué significa justicia? ¿Quién la define? ¿Qué puede producir la paz? En los últimos decenios hemos visto ampliamente en nuestras calles y en nuestras plazas cómo el pacifismo puede desviarse hacia un anarquismo destructivo y hacia el terrorismo. El moralismo político de los años setenta del siglo pasado, cuyas raíces no están muertas ni mucho menos, fue un moralismo con una dirección errada, pues estaba privado de racionalidad serena y, en último término, ponía la utopía política más allá de la dignidad del individuo, mostrando que podía llegar a despreciar al hombre en nombre de grandes objetivos.

El moralismo político, como lo hemos vivido y como todavía lo estamos viviendo, no sólo no abre el camino a una regeneración, sino que la bloquea.

Europa antes, podríamos decir, fue un continente cristiano, pero que ha sido también el punto de partida de esa nueva racionalidad científica que nos ha regalado grandes posibilidades y también grandes amenazas.

Y tras las huellas de esta forma de racionalidad, Europa ha desarrollado una cultura que, de una manera desconocida antes por la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea negándole totalmente, ya sea juzgando que su existencia no es demostrable, incierta, y por tanto, perteneciente al ámbito de las decisiones subjetivas, algo de todos modos irrelevante para la vida pública.

Esta racionalidad puramente funcional, por así decir, ha implicado un desorden de la conciencia moral también nuevo para las culturas que hasta entonces habían existido, pues considera que racional es solamente aquello que se puede probar con experimentos. Dado que la moral pertenece a una esfera totalmente diferente, como categoría, desaparece y tiene que ser identificada de otro modo, pues hay que admitir que de todos modos la moral es necesaria. En un mundo basado en el cálculo, el cálculo de las consecuencias determina lo que se debe considerar como moral o no moral. Y así la categoría del bien, como había sido expuesta claramente por Kant, desaparece. Nada en sí es bueno o malo, todo depende de las consecuencias que una acción permite prever.

Fuente: Joseph Ratzinger

marzo 6, 2018 Posted by | Política, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El respeto a la libertad de convicciones del ciudadano

Hoy día  en la dinámica de los estados hay  fuerzas diversas que  impiden el ejercicio de derechos civiles fundamentales. La libertad debe presidir todas las manifestaciones de la vida social: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social . 

Se debe respetar  constantemente la libertad de cada persona a vivir conforme a sus convicciones o a su fe  y no siempre este derecho se hace realidad. Cualquier pretensión de imponer con la fuerza o el engaño, unas determinadas convicciones políticas o creencias es incompatible con el respeto a la libertad que reclama la dignidad humana.

En este sentido es conveniente distinguir al menos entre dos supuestos: el de un “Estado laico” y el de un “Estado laicista”.

El primero, tal como lo entendemos aquí, responde –con términos de Martin Rhonheimer– a un “concepto político de laicidad”  que justamente excluye de la esfera política y jurídica toda pretensión de dirigir la vida religiosa de los ciudadanos mediante normas referentes a la verdad religiosa; el segundo, en cambio, responde a un “concepto “integrista” de laicidad” , que niega relevancia pública a la religión y pretende que la actuación del Estado haga abstracción de toda referencia religiosa, olvidando que “la autoridad civil, cuyo fin propio es velar por el bien común temporal, debe reconocer la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla”

En el primer supuesto los ciudadanos disponen de la libertad para contribuir a la formación de estructuras y de costumbres  conformes a la dignidad de la persona humana y, por tanto, acordes con la ley natural . Nada hay en ese marco que le impida obrar de acuerdo con su fe, aunque habrá siempre cierta “tensión”, análoga a la que existe entre el fermento y la masa, porque la calidad de esas instituciones y costumbres depende de la rectitud moral de las personas, que siempre puede mejorar.

El segundo supuesto constituye, por el contrario, un cuadro de injusta coacción más o menos pronunciada y visible. El ciudadano no ha de conformarse con esta situación impropia de la dignidad humana y realizará el esfuerzo necesario para cambiarla por los cauces que le ofrezca la convivencia civil: argumentando, procurando convencer, apelando a la defensa de la libertad…

Este esfuerzo debe desmarcarse claramente de un tercer supuesto, el “integrismo político-religioso”, típico de las teocracias islámicas y caracterizado por una confusión de estos dos ámbitos de la vida pública lo cual vulnera el derecho a la libertad religiosa y también la libertad política.

El ciudadano honrado debe fomentar con su  comportamiento la mentalidad laical o sana laicidad explicada en el primer supuesto,  que se resume en las palabras de Jesús  “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”,  con la separación clara y el respeto mutuo del ámbito político y el de las creencias;  algo muy  diferente  del planteamiento del integrismo laicista  que hoy día gana terreno e intenta ahogar la libertad en muchas sociedades occidentales.

marzo 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Trabajar bien, poniendo amor

Millones de personas se dirigen cada día a su trabajo. Algunos van a disgusto, como obligados a una tarea que no les interesa ni les agrada. A otros les importa únicamente el sueldo que recibirán y sólo eso les proporciona aliento para trabajar. Otros encarnan lo que Hannah Arendt llama el “animal laborans”: el trabajador sin más fin ni horizonte que el mismo trabajo al que la vida le ha destinado y que realiza por inclinación natural o por costumbre.

Por encima de todos ellos en humanidad se encuentra la figura del “homo faber”, el que trabaja con perspectivas más amplias, con el afán de sacar adelante una empresa o un proyecto, unas veces buscando la afirmación personal pero otras muchas con la noble aspiración de servir a los demás y de contribuir al progreso de la sociedad.

Entre estos últimos deberían encontrarse los cristianos, y no sólo en primer lugar sino en otro nivel. Porque si de veras son cristianos, no se sentirán esclavos ni asalariados, sino hijos de Dios para quienes el trabajo es una vocación y una misión divina que se ha de cumplir por amor y con amor.

El trabajo es “vocación” del hombre, “lugar” para su crecimiento como hijo de Dios, más aún, “materia” de su santificación. Por eso el cristiano no ha de temer el esfuerzo ni la fatiga, sino que ha de abrazarla con alegría: una alegría que tiene sus raíces en forma de Cruz.

La última frase es de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo que ha enseñado a “santificar el trabajo”, convirtiéndolo nada menos que en “trabajo de Dios”.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, se entusiasman al saber que su tarea profesional puede adquirir una tercera dimensión, trascendente, que da relieve de eternidad a la vida cotidiana. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?

marzo 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario