Cultura Solidaria

El Debate del Estado de la Nación y el valor del esfuerzo

Finalizó, sin pena ni gloria, un año más, el debate anual sobre el estado de la nación “española”. Las opiniones periodísticas vertidas sobre el mismo, como todos los años, se sustancian en la actuación más o menos meritoria de uno u otro de los dos contendientes principales. Es bueno, sin embargo, fijar nuestra atención en mensajes concretos de los que se puede sacar conclusiones enriquecedoras para la generalidad de los ciudadanos. Este es el caso de las siguientes palabras expresadas por el Sr. Rajoy que me parecen básicas : “Si queremos una educación de calidad (…) debiéramos poner más empeño en la cultura del esfuerzo, recuperar la disciplina en las aulas y hacer cuanto esté en nuestras manos para hacer que los profesionales de la enseñanza sientan el apoyo de la sociedad y de las instituciones educativas”.

images.jpg El esfuerzo personal en cualquiera de las actividades a las que se dedica el ser humano es un valor al que es preciso dar la importancia debida. Todos hemos oído muchas veces, ya que es una idea ampliamente admitida, que sólo con una dosis adecuada de esfuerzo se sacan adelante los grandes proyectos de nuestra vida, o que sólo se da verdadero valor a aquello que ha supuesto un determinado sacrificio y, a la inversa, no damos la más mínima importancia a las cosas recibidas sin ningún mérito por nuestra parte. Esto que forma parte de la sabiduría popular posee un hondo sentido

A lo largo de la historia educativa reciente, en nuestro país, se ha podido apreciar un tratamiento diverso de este valor en la legislación educativa

En este sentido, la puesta en marcha de la LOGSE en 1990 supuso, en un primer momento, un sincero intento de mejora del sistema educativo español. En términos muy generales la Ley se centró fundamentalmente en una nueva ordenación general del sistema educativo, alargándose la etapa obligatoria hasta los 16-18 años, además de intentar incluir y atender convenientemente dentro del sistema general obligatorio a todo el alumnado independientemente de sus capacidades o necesidades educativas convirtiendo el concepto de “integración” en una de sus ideas estrella. Esto último a su vez obligó a un replanteamiento de los criterios de evaluación y de los Objetivos generales que se querían conseguir en cada una de las etapas educativas así como de los contenidos a impartir. Estos últimos, a igual que los objetivos, pasaban a plantearse en términos de capacidades a desarrollar en el alumnado.

Los nuevos criterios de evaluación dieron lugar, a su vez, a un cambio en el sistema de calificaciones que dejaron de ser de tipo cuantitativo. Además el hecho de que la consecución de objetivos generales se planteara a lo largo de cada uno de los ciclos o de toda una etapa educativa, hizo pensar en la conveniencia de facilitar la promoción de los alumnos a cursos posteriores limitándose la repetición de curso a una sola vez como máximo a lo largo de cada una de las etapas obligatorias (primaria-secundaria).

En este contexto, en el que todavía no encontramos inmersos, el sentido del esfuerzo personal del alumnado en general ha quedado un tanto difuminado. Desde entonces se insiste mucho más en la necesidad de cambios metodológicos: es al sistema educativo y al profesorado en particular al que se le pide que ponga en práctica todas las estrategias didácticas necesarias para hacer posible el aprendizaje del alumno.

Un aspecto sumamente positivo en el que se ha insistido a lo largo de los años de implantación de la Ley es la necesidad de la “educación en valores”. Lo curioso es que dentro del abundante material y bibliografía que sobre el tema hemos manejado en los centros, sólo en contadísimas ocasiones se incluía el esfuerzo personal como valor a fomentar o cualquiera de los otros valores análogos como la laboriosidad o la necesidad del trabajo del alumno para que el aprendizaje sea efectivo.

La consecuencia inmediata de todo lo anterior ha sido la pérdida progresiva de interés y motivación por parte de los alumnos, que unido a la profunda crisis del concepto de autoridad ha generado en los centros docentes un aumento creciente de la indisciplina, de la falta de respeto al profesorado y de la conflictividad en general.

En el fondo se está consiguiendo arrinconar y denostar uno de los valores sociales más esenciales. Me refiero al aludido anteriormente: la laboriosidad, el trabajo bien hecho, ejercido con ilusión y deseo de mejora. Cuando se recupere en los centros el interés por vivir el valor de la laboriosidad se adquirirá de forma automática la capacidad de esfuerzo, tan necesaria en estos tiempos para contrarrestar la idea ficticia inculcada deliberadamente en la mente de los alumnos de que la felicidad sólo es posible alcanzarla por el placer y comodidad.

El trabajo y el esfuerzo necesario para llevarlo a cabo son mucho más que un valor, constituyen la clave, el auténtico motor que impulsa el desarrollo personal y social de los ciudadanos de un país.

Las palabras del Sr Rajoy no son sólo para plasmarlas en un bonito discurso para un acto político concreto. Es preciso poner todos los medios para llevarlas, cuanto antes, a la práctica si queremos evitar el progresivo deterioro de nuestras aulas en particular y de la sociedad en general.

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junio 3, 2006 Posted by | Política | Deja un comentario