Cultura Solidaria

¿Qué ha pasado en Galicia?

incendio.jpg A todo español  de corazón noble le duele lo que ha pasado  en nuestra Galicia, aunque no seamos gallegos de nacimiento. Los que a lo largo de la última década hemos visto como esa preciosa región ganaba, de forma palmaria, en prosperidad y desarrollo turístico unido a una drástica reducción de los inevitables incendios veraniegos, sentimos una mezcla de desgarro interior y rabia, ante el infierno de llamas que nos han mostrado los medios  de comunicación. 

Llama la atención, una vez más, como la clase política utilizaba  la desgracia de todo un pueblo como arma arrojadiza contra el adversario político mientras los parroquianos de las zonas afectadas se esforzaban denodadamente en sofocar, a duras penas, los innumerables incendios. 

Es verdad que esa autentica plaga de nuestros días llamada nacionalismo, unida a las celotipias de carácter político son el gran enemigo de la eficacia en estos casos, pero estos condicionantes han servido de nuevo para resaltar, de forma aún más clara, la importancia y la grandeza de la solidaridad.

Ese gran valor de la ayuda  solidaria se ha visto plasmado, como ya ocurriera con el chapapote que inundó en 2001 las playas gallegas, en la llegada, desde diversos puntos de la nación española, de grupos de voluntarios más  o menos profesionales que han brindado sus brazos y unido sus esfuerzos a los de los lugareños en la consecución del objetivo común: apagar las terribles llamas lo antes posible.  

En la mente del pueblo llano gallego habrán quedado claras algunas ideas fruto de los contrastes vividos esos días. Pues mientras eran conscientes, sobre todo al principio,  del abandono de que eran objeto por parte de los políticos, sentían, por otro lado, el aliento amigo de las cuadrillas de los grupos de voluntarios; mientras apreciaban la inutilidad del nacionalismo excluyente, palpaban el cariño de las gentes del resto de las regiones españolas; mientras oían voces agoreras que inventaban fantasmas de grupos incendiarios organizados, luchaban codo con codo, fraternalmente, con innumerables vecinos y gentes venidas también de otros países.

Dicen que la adversidad une a los seres humanos, pero lo que de verdad nos une son esa serie de valores y creencias comunes, que son el sustrato de nuestra civilización y nuestra  cultura  como nación y que  subyacen bajo las diversas iniciativas solidarias y que nada ni nadie, ni siquiera los políticos de turno, tienen el más mínimo derecho a quitarnos.

Mientras en nuestro país afloren espontáneamente sentimientos de generosidad sin límites  en favor de las personas que necesitan urgentemente nuestra ayuda, quedará en evidencia que lo que mueve a un pueblo son una serie de conceptos esenciales y sencillos pero claros y firmemente arraigados sobre la vida, la familia, el matrimonio, la libertad verdadera,  lo que está bien y lo que  no lo está  y sobre la necesidad interior de darnos a los demás para encontrar la auténtica alegría.

En el respeto, en toda su extensión, de estas ideas fundamentales sin desvalorizarlas o desvirtuarlas reside el fundamento de todo el entramado personal y comunitario de nuestra sociedad. De ahí la extrema gravedad que encierra el intento por parte de los cuadros dirigentes de un país de introducir falsificaciones o sucedáneos más o menos envenenados de estos conceptos jurídico-sociales básicos. 

agosto 30, 2006 Posted by | Solidaridad | Deja un comentario