Cultura Solidaria

Eufemismos, cacofonismos e insultos

bebe-sindrome-downPide el PSOE que se retiren del DRAE las acepciones peyorativas u ofensivas sobre el “Síndrome de Down”, petición con la que estoy totalmente de acuerdo, aunque creo interesante hacer algunas aclaraciones.

Creo que más que la dureza de un vocablo, en la terminología un tanto científica o perteneciente al argot de la medicina y la pedagogía, está la intencionalidad con que estos términos se emplean, su mayor o peor sentido.

Como anécdota más o menos humorística, que nos habla del sentido eufemístico, o cacofónico, o de intención de agravio, recuerdo que un ex alcalde segoviano, socialista él, dedicó a un ex compañero de corporación una ristra de palabros malsonantes como “chorizo”, “sinvergüenza”, “idiota”, por supuesto con indiscutible intención lesiva, y ante la denuncia en los juzgados, uno de sus muchos pasos por los tribunales de justicia, y no sólo por su profesión de jurista, sino como hábito consistorial, que no sé si pagó como alcalde, con dinero del común, o como ciudadano que se excedió en su expresión verbal, alegó que no eran insultos, que eran definición…

Bueno, pues la realidad es que, como en la vida que todo se ve según el color del cristal con que se mira, muchos términos lingüísticos son despectivos e hirientes, o por el contrario entrañablemente apreciativos, según la intención y el tono empleados, sirvan de irrefutable ejemplo las palabras “sinvergüenza”, “bribón” o “granuja”, que aplicadas a algún político, agregándola a la citada ristra del alcalde segoviano, indica la carga de desprecio del hablante, se torna mimo, cariño y caricia en boca de la mamá que estruja en su regazo al bebé, “más guapo, más simpático, más trasto”, éste último también con sentido apreciativo, tan apreciativos como si se dirige al bebé con los manidos “tesoro, amor, cariño”…

Recibe el nombre de síndrome de Down la alteración del cromosoma 21, o trisomía del par 21, por el Doctor Langdon Down que descubrió esta alteración genética que origina retraso mental y determinadas anomalías físicas, que por conllevar algunos rasgos parecidos a los nativos de Mongolia, hubo un tiempo que se les decía mongoles o mongólicos; ya en 1961 se va cambiando, hasta que, por queja del gobierno de Mongolia, en 1965 se retiran definitivamente estos términos. Por supuesto que en ambos casos son, eran, términos usados en medicina y pedagogía sin ninguna intención peyorativa.

Con mayor o menor acierto se han citado como anormales, subnormales, retrasados, o diferentes, todos alusivos al coeficiente intelectual, por debajo de la media, y aunque en los ámbitos profesionales no se tenga intencionalidad peyorativa, sí es cierto que alguno suena más brusco o duro, y porque de algún modo hay de considerarlos, me quedaría con el término “diferentes”, que no implica sino eso, que tienen una disminución intelectual, que suplen y superan con su gran afectuosidad y su necesidad de recibir y dar cariño, aunque alguno, por su tesón ha logrado titulación universitaria.

Los traté mucho en mi profesión docente realizando la especialidad de Pedagogía Terapéutica, en la que hube de realizar prácticas en diversos centros de Educación Especial en Madrid, Huarte de San Juan de disminuidos intelectuales, organización nacional de ciegos, ONCE, Colegio de Sordomudos, y… tienen un ángel, que les hace acreedores a toda atención y afecto, lo más antagónico a dar tal denominación con intención de insulto.

Lo que ocurre es que la realidad de esa diferencia en el cociente intelectual no se supera con nombrarla de una u otra forma, pues hay que definirla con la mayor justeza, pero esos eufemismos, que con tan loable intención pueden emplearse, no añaden un ápice a ese cociente, en unos más leve y en otros más profundo; que el cáncer se llame así, o se lo camufle con los eufemísticos de tumores más o menos malignos, no deja de ser traidora dolencia; que al suspenso se le diga insuficiente, que no progresa satisfactoriamente, que no logra los objetivos…, no lo sube un solo punto; ocurre lo que en la práctica hacemos con términos que nos parecen de mayor o menor sensibilidad social, como el ir a aliviarse de necesidades orgánicas en un lugar al que se define con tantos términos, alguno hasta jocoso, y unos nos parecen más adecuados, otros tienden a caer en desuso, pero con ninguno se deja de ir a ese lugar, aunque imprescindible, desagradable, que con un simple gesto o disculpa, todos sabemos a dónde y a qué va.

Por eso, no hay que romperse los sesos para buscar sinónimos más eufónicos, aunque siempre son de agradecer, y desde luego tampoco soy partidario de edulcorar estas “diferencias” con términos que me parecen empalagosos, ficticios y hasta cursis. Definitivamente, me quedo con “diferentes” aunque todos lo seamos, pues no hay dos iguales.

Lo que es imperdonable es que se trate de agredir verbalmente, insultar, con términos de una deficiencia o diferencia de la que no son culpables, que para eso existen los que nuestro segoviano ex alcalde llamó “definiciones”, y para aliviar nuestra capacidad de enfado podemos hacerlo con muchos de nuestros políticos, de limitado intelecto alguno, pero sobre todo de muy pobre ética, de la que sí son culpables.

La etnia gitana también, y lo entiendo, ha solicitado que se retire del DRAE, del término gitano, la afección de persona de poca formalidad, de escasa fiabilidad en su palabra, y yo pienso que lo que es más eficaz y definitivo, no es que se retire esa afección, sino que la sociedad vaya viendo que no es así, que ya es un mito, perteneciente a. un más o menos lejano pasado, hoy se va sustituyendo gitano por político; y así pasa con otros muchos colectivos, por datos estadísticos y nuestro afán de generalizar. Lo infrecuente de su acción, dará como fruto maduro su desuso y entonces caerá de las páginas del DRAE, aunque siempre habrá algún desalmado que indulte con esta involuntaria diferencia.

La educación y la sensibilidad son suficientes para aludir a cada cual en cada caso.
Tampoco va a ser cosa de ponerse “estupendos” y trascendentes, en una sociedad, la española, en que la blasfemia, la grave ofensa a los creyentes, es moneda habitual de cambio, que ya se entiende sin mala intención, como un latiguillo verbal, y se hace notar cuando se blasfema con rencor, conocimiento e intención de ofender.

Manuel Fernández Fernández

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mayo 1, 2016 - Posted by | Sociedad, Solidaridad

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