Cultura Solidaria

El principio de solidaridad

La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles

La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas.
Junto al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación, persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, alimentadas también por diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados.

El proceso de aceleración de la interdependencia entre las personas y los pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético y social igualmente intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos.
Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos, que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético–social, que es la exigencia moral que subyace en todas las relaciones humanas. La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral.

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en «la entrega por el bien del prójimo.

Existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo.
El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras.

La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la «muerte de cruz» 
Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado.

Anuncios

enero 12, 2019 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

La soledad moral

“Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

“Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

“Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse”.

“Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza”.

“Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.”

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña.

O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, en vez de vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

Alfonso Aguiló

enero 12, 2019 Posted by | educación, Familia, Sociedad | Deja un comentario

La política es un servicio

Max Weber, considerado por muchos como el padre de la sociología moderna, distinguía entre profesión, oficio y ocupación, y escribía: “no valen para la política personas que viven de la política, que hacen de ella su único y exclusivo medio de vida”.
Ciertamente, el político no debe ser como un náufrago agarrado a un madero del cual depende su vida. La persona que tiene vocación política debería estar dispuesta a prestar dicho servicio a la sociedad sólo en el momento preciso y cuando sea necesario.

Así escribió San Agustín: “deben mandar los que no quieren mandar”. Y esta idea preside los Cónclaves, donde se elige Papa al que no quiere serlo, conscientes todos los asistentes de que ocupar la silla de Pedro es un sacrificio, no un privilegio.
Cuando ocupar un cargo público se convierte en un privilegio, el político se suele transformar en cacique. Su deseo más íntimo no es mejorar la vida de los ciudadanos, es asegurarse un presente y un futuro opulento y procurárselo a los suyos.

La ley electoral de listas cerradas y bloqueadas y el Estado de las Autonomías han propiciado el despotismo democrático, un sistema en que la vida de muchos depende del capricho de algunos.
La primera derivada de este abuso es la corrupción cuyos numerosos casos, que no dejan de sorprendernos, esperan hoy la resolución de los jueces y llenan las páginas de los periódicos. Andalucía es el modelo perfecto. La región más subvencionada de Europa, es la que tiene el índice de paro más alto. Un ejemplo de perseverancia en el error.

Esto era casi inevitable. Los partidos políticos necesitan grandes sumas para financiar sus aparatos, y aunque la Hacienda Pública los subvenciona en función del número de votos obtenidos nunca es suficiente, porque no basta con tener un patrimonio saneado que permita una lícita competencia electoral, es preciso superar al adversario a toda costa, y, para ello, es indispensable ocupar más espacios públicos, la radio, la televisión, la prensa, las tertulias… Se precisa la presencia del político en el domicilio de cada ciudadano. Saben que una pancarta o una consigna muy repetida tienen más poder de convicción que una sesuda conferencia.

Lord Acton decía en su conocida sentencia: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De esta forma, el ansia desmedida de poder de determinadas organizaciones hace que se vean en la necesidad, en su afán por la conquista del poder, de recurrir a personas hábiles en la obtención de patrimonio por cauces más o menos irregulares, y dada la flaqueza de la condición humana es difícil que esos expertos en recaudar para sus instituciones resistan la tentación de recaudar para sí mismos.
Evidentemente, la corrupción es difícil de erradicar en un solo envite, por lo que hay que asumir que luchar contra ella es un proceso largo que hay que abordar con tenacidad. En modo alguno constituye un problema del sistema democrático español. Los españoles, no somos más corruptos y tampoco más complacientes con estos actos que los europeos.

La transparencia es el antídoto contra la corrupción, ya que el ciudadano conoce por qué, cómo, qué, cuánto y el cuándo de la acción institucional. Para ello, es precisa una gestión pública que simplifique los procedimientos administrativos para hacerlos más comprensibles, una mayor participación pública en los partidos políticos que los haga más reconocibles como un instrumento al servicio de la sociedad y no como un fin en sí mismos, y, también, unos medios de comunicación social que, dentro de su irrenunciable independencia, informen con la mayor objetividad posible.

Por otra parte, es incuestionable que necesitamos una Ley de Financiación de los Partidos Políticos clara, justa y eficaz, que permita su actividad normal sin necesidad de que recurran a prestidigitadores o ilusionistas que siempre acaban llevándose la bolsa a un paraíso fiscal.
A la luz de lo anterior, cabe concluir que los votos no facultan a los gobernantes a comportarse de modo despótico, a ignorar e incluso castigar a la ciudadanía, hurtándole derechos y dineros con medidas, megaproyectos y prácticas corruptas que no habían sido ni siquiera explicitados en las campañas, como lamentablemente ha venido ocurriendo.

También es esencial entender la política como un servicio a la sociedad y no como una profesión en la que uno pretende jubilarse. A la política hay que venir desde un oficio y hay que regresar a esa profesión. Es muy sano cambiar, que gente nueva se incorpore a la política con ideas nuevas, ganas nuevas y nuevas energías. Ni el mejor gobierno debe perpetuarse en el poder.

Emilio Montero Herrero

enero 12, 2019 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

La revolución del lenguaje humano

Una de las mayores conquistas de la inteligencia humana es el lenguaje simbólico, con su pasmoso poder de abarcar y comunicar la realidad. Porque todo lo abarco y todo lo puedo expresar mediante palabras. que reconocer, además, que abarcar el mundo con dos sílabas constituye un poder fascinante y una insuperable economía de esfuerzos, semejante a la que logro cuando entiendo lo que es un siglo sin necesidad de vivir sus cien años o cuando narro la historia del Imperio Romano en unas páginas. Esta superación de los límites de espacio y tiempo es algo exclusivo del entendimiento humano. La principal función del lenguaje es la comunicación.

El animal que se nutre y se reproduce cumple su cometido. Por eso no tiene casi nada que decir. En cambio, el hombre, en la medida en que piensa, sufre, ama, proyecta y trabaja, tiene mucho que decir. Pero, además, la insuficiencia biológica del individuo humano se supera en la sociedad, y la sociedad es completamente imposible sin comunicación. De entrada, las palabras de la madre serán, durante largos meses, el primer mapa del mundo que el niño va a conocer. El lenguaje es quizá el principal medio de humanización y socialización. Y lo es por su capacidad de transmitir con fidelidad y rapidez una enorme cantidad de información. La inteligencia humana es capaz de encerrar millones de toneladas de roca en un símbolo que se escribe o se pronuncia con suma sencillez: cordillera. Todo lo puede simbolizar la inteligencia: lo grande y lo pequeño, lo subjetivo y lo objetivo, lo pasado y lo futuro. Al reducir los seres a letras o sonidos, opera en ellos una nueva y eficacísima formalización, que libera a la realidad de sus gigantescas dimensiones. Todo un Cosmos limitado en el espacio y en el tiempo es reducido por el lenguaje a un manejable Universo de bolsillo.

El lenguaje ofrece una incomparable demostración de inteligencia: el ser humano habla porque tiene lengua, pero principalmente porque posee inteligencia. La explicación es clara. Toda palabra se expresa en una dimensión física (el sonido), pero su significado no es de ninguna manera algo físico, puesto que el mismo sonido, que es palabra para el que lo entiende, es ruido para el que no lo entiende. Por tanto, es en el oyente, y no en el sonido, donde se produce la metamorfosis del sonido en signo. De ahí que la palabra sea una realidad que se sale de lo puramente físico, y que todos, al hablar, pisemos un terreno metafísico sin darnos cuenta de ello. Es tradicional pensar que el lenguaje debe su inteligibilidad a la psique humana, y que la dualidad observada en las palabras no es más que un reflejo de esa otra dualidad metafísica de la naturaleza humana: un cuerpo organizado por una forma espiritual. Más que un invento, el lenguaje es un desarrollo necesario de una capacidad innata del hombre.

Lo que sí es un invento, y de trascendencia colosal, es la representación gráfica del lenguaje hablado: la escritura. Cuando el hombre prehistórico inventa la escritura está realizando un descubrimiento de incalculable importancia. Si en la carrera del progreso humano pudieran medirse los pasos, quizá ninguno más largo que este. La escritura consigue la misma posesión simbólica de la realidad que la lengua oral, pero aporta una enorme ventaja: su ilimitada capacidad de comunicación. Antes de que el siglo XX hiciera del mundo, gracias a los medios de comunicación audiovisuales e informáticos, una gigantesca aldea global, solo la escritura –no la voz– era capaz de cruzar fronteras, atravesar océanos, unir continentes y poner en común los mejores hallazgos intelectuales procedentes de cualquier punto del Planeta. Así pues, la carrera del progreso ha multiplicado su longitud y su velocidad gracias a la comunicación escrita. Sin la escritura los hallazgos técnicos o culturales quedan aislados. Con ella, en cambio, se suman. Y en lugar de recorrer todos los seres humanos la misma distancia, se unen los esfuerzos individuales como en una carrera de relevos, y se llega más lejos en menos tiempo.

Sin lenguaje, el desarrollo humano hubiera sido casi inexistente, y solo con la lengua hablada hubiera sido lentísimo: piénsese, por ejemplo, en las dificultades que plantearía a la investigación y a la enseñanza la inexistencia de textos escritos. Por consiguiente, además de un portentoso invento, la escritura ha sido y es una de las condiciones más necesarias del progreso. Y es precisamente el hombre primitivo, no el moderno, quien hace este descubrimiento genial, que le permite salir de la Prehistoria por la puerta grande.

En palabras de Chesterton  “en un momento dado, tan lejano que escapa a la ciencia, se produjo un salto que no pudo quedar recogido en piedras ni huesos, y apareció el alma humana,  pues el salto a la razón y a la libertad no constituye una evolución, sino una revolución. ” 

El lenguaje humano, tanto oral como escrito, es quizá la expresión más genuina de esa gran revolución

diciembre 25, 2018 Posted by | educación, Filosofía y Pensamiento, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Necesidad de cultivar hábitos inteligentes

Cuenta José Antonio Marina la historia de una chica que necesitaba hacer ejercicio y se propuso correr un rato un par de días a la semana. No le gustaba competir con otros, así que empezó a correr sola. Un día, un entrenador que ella conocía le dijo: “Deberías correr maratón”. Ella creyó que se trataba de una broma. Además, siempre había pensado que el maratón era extenuante y aburrido. Pero aquel hombre insistió hasta convencerla, y le hizo un plan de entrenamiento con unos objetivos precisos y bien calculados, que exigían un esfuerzo cada vez un poco mayor, pero siempre accesibles.
“Sin darme cuenta —explicaba ella—, empezó a ilusionarme la idea de aguantar un kilómetro más. Es un proceso curioso. Primero te inquieta, luego te fastidia mientras lo estás intentando y al final te sientes una estrella si lo consigues.”

El modo de dosificar las metas convirtió una tediosa tarea en una actividad estimulante. “El ejercicio me sentaba bien, comprometerme en una tarea larga me agradaba, me gusta competir un poco conmigo misma. También influyó saber que lo que consiguiera le importaba a alguien, a mi entrenador.”

Hay muchas fuerzas ocultas en cada uno que sólo alcanzan su eficacia cuando surge, como para aclararlas y fijarlas, un objetivo que pueda concretar y aunar esos impulsos confusos del deseo hasta hacerles tomar la forma y el atractivo de una meta. Ese proceso, por el que una serie de motivos vagos y dispersos configuran una nueva fuente de energía, es fundamental para hacer rendir el propio talento. Y es un proceso que casi siempre depende de nuestra capacidad de alcanzar hábitos que nos ayuden a gestionar bien nuestras aspiraciones, deseos y sentimientos, que muchas veces son confusos e incluso contrapuestos.

Porque es frecuente que tengamos ganas de hacer algo pero no ganas de hacer lo necesario para conseguir ese algo. Se puede tener sed pero no tener ganas de caminar hasta la fuente. Se puede querer dar una alegría visitando a un amigo enfermo pero hay que vencer la pereza para levantarse e ir. Si no se tiene voluntad, sólo se logra hacer lo que se tiene ganas de hacer en ese instante, pero no se consigue nada fuera de ese estrecho ámbito del corto plazo. Por eso la voluntad consiste en buena parte en adquirir el hábito de querer hacer las cosas, con lo que se produce la paradoja de que querer es una cuestión de hábitos.

Al correr, esa agilidad, esa zancada larga, rítmica, resuelta, es como una representación de la libertad, sobre todo cuando uno ha experimentado antes la esclavitud del jadeo, del ahogo y del cansancio. Por eso el entrenamiento es un gran logro de la inteligencia y de la voluntad. Cuando se ha adquirido cierta destreza gracias a los hábitos, la espontaneidad produce grandes creaciones; pero si no se tiene esa destreza que nace del esfuerzo por adquirir hábitos, la espontaneidad suele ser desastrosa.

El influjo y la sutileza de la propaganda y la masificación fomentan una sumisión aceptada y confortable de lo espontáneo. Somos solicitados por la fascinación de ser elementos pasivos de lo que nos apetece, y entonces rodamos dócilmente por esa pendiente, hechizados por el poder anfetamínico de su cálida retórica. Pero sabemos que al final siempre nos encontramos de nuevo abajo, otra vez decepcionados y frustrados por no tener los hábitos que realmente deseamos. Nos topamos, como siempre, con la terca realidad del esfuerzo, con la necesidad de cultivar hábitos inteligentes y con la evidencia de que lo que queremos no siempre coincide con lo que nos apetece.

Alfonso Aguiló

diciembre 25, 2018 Posted by | Familia, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El debate de los vientres de alquiler

Parece razonable pensar que la Ideología de Género no podría durar tanto tiempo sin una finalidad económica detrás; no sería sostenible. Pero, ¿de qué manera la ideología de género encubre un negocio?  Pues muy simple, llevando el proceso de atracción, unión y procreación hacia la industria. Así de sencillo.

Para ello deben conseguir que no se diferencien los sexos y que no se atraigan, y con ello que se mantenga la vida sexual disociada de la procreación.

El siguiente paso es entretener a los jóvenes en una vida hedonista y consumidora para que se les pase el período de gestar y procrear. Se les pasará la edad y entonces recurrirán a la fecundación in vitro, embriones por aquí y por allá, etc.

Pero el paso final de este plan es que el niño se pueda comprar. Y este es el gran negocio que está detrás de todo esto. Los padres desesperados por problemas de fecundidad, las uniones homosexuales con el deseo innato de descendencia, etc. serán la gran clientela de esta industria.

Así de fácil es lo que está gestándose en el mundo de la reproducción. Su “competencia desleal” serán los servicios públicos de adopción, que lo hacen gratis.

El uso de órganos de una persona para fabricar y parir al hijo de otra es algo intrínsecamente inadmisible, porque consiste en tratar a un ser humano como una máquina o como un animal de cría. En un rebaño las hembras sirven para producir las crías en interés del criador.

Lo que se pretende es que las mujeres sirvan de hembras reproductoras porque se les remunera por ello. Dondequiera que se da esta práctica hay siempre un mercado, nunca es gratuito. De todas formas, es equivocado entrar al debate de los vientres alquiler en si debe ser gratuito o no. La cuestión es más profunda y afecta a todos los actores, sobre todo al bebé que ha sido concebido y del que apenas se habla. Solo imaginar la explicación que den sus padres sobre cómo vino al mundo, se me ponen los pelos de punta: “pagamos a una mujer para que fueras concebido; no pagamos a una mujer, sino que le pedimos el favor de concebirte; tu madre gestante no es tu madre, tampoco tu madre es la que te llevó en su seno, el semen de tu padre no es el de tu padre sino de un donante…” ¿Y en el caso de que a los padres no les guste el niño? Y si la madre se niega a entregar el niño que ha gestado, ¿está robando un niño?

Hace unos meses, en Italia, un grupo de feministas elaboraron un manifiesto con ideas como que “la madre legal es la que ha dado a luz y no la firmante de un contrato ni la que ha puesto el óvulo”, o que “en la maternidad subrogada no hay dones ni donantes, sino solo negocio y actividades lucrativas promovidas por el deseo de paternidad de personas del primer mundo. Este sistema necesita mujeres como medios de producción, de modo que el embarazo y el parto se conviertan en un oficio y los bebés en productos con un valor de cambio”. Más claro no se puede decir. Ya era hora de que las feministas clamen con sinceridad por la dignidad de la mujer.

En estos momentos España debate la legalización de los vientres de alquiler, un tema que deja al descubierto numerosos interrogantes sobre las carencias éticas, biológicas y legales de una práctica cada vez más extendida en el primer mundo; un desafío moral que va más allá de satisfacer el deseo de ser padres, sino que pasa por toda una mercantilización de lo más íntimo y privativo de la mujer: su capacidad de engendrar y la maternidad, y también la comercialización de su hijo. Un verdadero atentado contra la integridad de la mujer y del hijo.

junio 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Crisis moral en Europa

Vivimos en un momento de grandes peligros y de grandes oportunidades para el hombre y para el mundo; un momento que es también de gran responsabilidad para todos nosotros. Durante el siglo pasado las posibilidades del hombre y su dominio sobre la materia aumentaron de manera verdaderamente impensable. Sin embargo, su poder de disponer del mundo ha permitido que su capacidad de destrucción alcanzase dimensiones que, a veces, nos horrorizan. Por ello resulta espontáneo pensar en la amenaza del terrorismo, esta nueva guerra sin confines y sin fronteras. El temor que éste pueda apoderarse pronto de armas nucleares o biológicas no es infundado y ha permitido que, dentro de los estados de derecho, se haya debido acudir a sistemas de seguridad semejantes a los que antes existían solamente en las dictaduras; pero permanece de todos modos la sensación de que todas estas precauciones en realidad no pueden bastar, pues no es posible ni deseable un control global.

Menos visibles, pero no por ello menos inquietantes, son las posibilidades que el hombre ha adquirido de manipularse a sí mismo. Él ha medido las profundidades del ser, ha descifrado los componentes del ser humano, y ahora es capaz, por así decir, de construir por sí mismo al hombre, quien ya no viene al mundo como don del Creador, sino como un producto de nuestro actuar, producto que, por tanto, puede incluso ser seleccionado según las exigencias fijadas por nosotros mismos.

A todo esto se añaden los grandes problemas planetarios: la desigualdad en la repartición de los bienes de la tierra, la pobreza creciente, más aún el empobrecimiento, el agotamiento de la tierra y de sus recursos, el hambre, las enfermedades que amenazan a todo el mundo, el choque de culturas. Todo esto muestra que al aumento de nuestras posibilidades no ha correspondido un desarrollo equivalente de nuestra energía moral. La fuerza moral no ha crecido junto al desarrollo de la ciencia; más bien ha disminuido, porque la mentalidad técnica encierra a la moral en el ámbito subjetivo, y por el contrario necesitamos justamente una moral pública, una moral que sepa responder a las amenazas de se ciernen sobre la existencia de todos nosotros.

El verdadero y más grande peligro de este momento está justamente en este desequilibrio entre las posibilidades técnicas y la energía moral. La seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y dignidad no puede venir de sistemas técnicos de control, sino que sólo puede surgir de la fuerza moral del hombre: allí donde ésta falte o no sea suficiente, el poder que el hombre tiene se transformará cada vez más en un poder de destrucción.

Es cierto que hoy existe un nuevo moralismo cuyas palabras claves son justicia, paz, conservación de la naturaleza, palabras que reclaman valores esenciales y necesarios para nosotros. Sin embargo, este moralismo resulta vago y se desliza así, casi inevitablemente, en la esfera político-partidista. Es sobre todo una pretensión dirigida a los demás, y no un deber personal de nuestra vida cotidiana. De hecho, ¿qué significa justicia? ¿Quién la define? ¿Qué puede producir la paz? En los últimos decenios hemos visto ampliamente en nuestras calles y en nuestras plazas cómo el pacifismo puede desviarse hacia un anarquismo destructivo y hacia el terrorismo. El moralismo político de los años setenta del siglo pasado, cuyas raíces no están muertas ni mucho menos, fue un moralismo con una dirección errada, pues estaba privado de racionalidad serena y, en último término, ponía la utopía política más allá de la dignidad del individuo, mostrando que podía llegar a despreciar al hombre en nombre de grandes objetivos.

El moralismo político, como lo hemos vivido y como todavía lo estamos viviendo, no sólo no abre el camino a una regeneración, sino que la bloquea.

Europa antes, podríamos decir, fue un continente cristiano, pero que ha sido también el punto de partida de esa nueva racionalidad científica que nos ha regalado grandes posibilidades y también grandes amenazas.

Y tras las huellas de esta forma de racionalidad, Europa ha desarrollado una cultura que, de una manera desconocida antes por la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea negándole totalmente, ya sea juzgando que su existencia no es demostrable, incierta, y por tanto, perteneciente al ámbito de las decisiones subjetivas, algo de todos modos irrelevante para la vida pública.

Esta racionalidad puramente funcional, por así decir, ha implicado un desorden de la conciencia moral también nuevo para las culturas que hasta entonces habían existido, pues considera que racional es solamente aquello que se puede probar con experimentos. Dado que la moral pertenece a una esfera totalmente diferente, como categoría, desaparece y tiene que ser identificada de otro modo, pues hay que admitir que de todos modos la moral es necesaria. En un mundo basado en el cálculo, el cálculo de las consecuencias determina lo que se debe considerar como moral o no moral. Y así la categoría del bien, como había sido expuesta claramente por Kant, desaparece. Nada en sí es bueno o malo, todo depende de las consecuencias que una acción permite prever.

Fuente: Joseph Ratzinger

marzo 6, 2018 Posted by | Política, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El respeto a la libertad de convicciones del ciudadano

Hoy día  en la dinámica de los estados hay  fuerzas diversas que  impiden el ejercicio de derechos civiles fundamentales. La libertad debe presidir todas las manifestaciones de la vida social: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social . 

Se debe respetar  constantemente la libertad de cada persona a vivir conforme a sus convicciones o a su fe  y no siempre este derecho se hace realidad. Cualquier pretensión de imponer con la fuerza o el engaño, unas determinadas convicciones políticas o creencias es incompatible con el respeto a la libertad que reclama la dignidad humana.

En este sentido es conveniente distinguir al menos entre dos supuestos: el de un “Estado laico” y el de un “Estado laicista”.

El primero, tal como lo entendemos aquí, responde –con términos de Martin Rhonheimer– a un “concepto político de laicidad”  que justamente excluye de la esfera política y jurídica toda pretensión de dirigir la vida religiosa de los ciudadanos mediante normas referentes a la verdad religiosa; el segundo, en cambio, responde a un “concepto “integrista” de laicidad” , que niega relevancia pública a la religión y pretende que la actuación del Estado haga abstracción de toda referencia religiosa, olvidando que “la autoridad civil, cuyo fin propio es velar por el bien común temporal, debe reconocer la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla”

En el primer supuesto los ciudadanos disponen de la libertad para contribuir a la formación de estructuras y de costumbres  conformes a la dignidad de la persona humana y, por tanto, acordes con la ley natural . Nada hay en ese marco que le impida obrar de acuerdo con su fe, aunque habrá siempre cierta “tensión”, análoga a la que existe entre el fermento y la masa, porque la calidad de esas instituciones y costumbres depende de la rectitud moral de las personas, que siempre puede mejorar.

El segundo supuesto constituye, por el contrario, un cuadro de injusta coacción más o menos pronunciada y visible. El ciudadano no ha de conformarse con esta situación impropia de la dignidad humana y realizará el esfuerzo necesario para cambiarla por los cauces que le ofrezca la convivencia civil: argumentando, procurando convencer, apelando a la defensa de la libertad…

Este esfuerzo debe desmarcarse claramente de un tercer supuesto, el “integrismo político-religioso”, típico de las teocracias islámicas y caracterizado por una confusión de estos dos ámbitos de la vida pública lo cual vulnera el derecho a la libertad religiosa y también la libertad política.

El ciudadano honrado debe fomentar con su  comportamiento la mentalidad laical o sana laicidad explicada en el primer supuesto,  que se resume en las palabras de Jesús  “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”,  con la separación clara y el respeto mutuo del ámbito político y el de las creencias;  algo muy  diferente  del planteamiento del integrismo laicista  que hoy día gana terreno e intenta ahogar la libertad en muchas sociedades occidentales.

marzo 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Trabajar bien, poniendo amor

Millones de personas se dirigen cada día a su trabajo. Algunos van a disgusto, como obligados a una tarea que no les interesa ni les agrada. A otros les importa únicamente el sueldo que recibirán y sólo eso les proporciona aliento para trabajar. Otros encarnan lo que Hannah Arendt llama el “animal laborans”: el trabajador sin más fin ni horizonte que el mismo trabajo al que la vida le ha destinado y que realiza por inclinación natural o por costumbre.

Por encima de todos ellos en humanidad se encuentra la figura del “homo faber”, el que trabaja con perspectivas más amplias, con el afán de sacar adelante una empresa o un proyecto, unas veces buscando la afirmación personal pero otras muchas con la noble aspiración de servir a los demás y de contribuir al progreso de la sociedad.

Entre estos últimos deberían encontrarse los cristianos, y no sólo en primer lugar sino en otro nivel. Porque si de veras son cristianos, no se sentirán esclavos ni asalariados, sino hijos de Dios para quienes el trabajo es una vocación y una misión divina que se ha de cumplir por amor y con amor.

El trabajo es “vocación” del hombre, “lugar” para su crecimiento como hijo de Dios, más aún, “materia” de su santificación. Por eso el cristiano no ha de temer el esfuerzo ni la fatiga, sino que ha de abrazarla con alegría: una alegría que tiene sus raíces en forma de Cruz.

La última frase es de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo que ha enseñado a “santificar el trabajo”, convirtiéndolo nada menos que en “trabajo de Dios”.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, se entusiasman al saber que su tarea profesional puede adquirir una tercera dimensión, trascendente, que da relieve de eternidad a la vida cotidiana. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?

marzo 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

¿Se ha convertido el matrimonio en una unión sentimental de usar y tirar?

matrimonio verdadero

The Family Watch es un observatorio que, a partir del análisis de la realidad social de la familia, y desde una perspectiva interdisciplinar, se dedica a la elaboración de estudios, propuestas e iniciativas, para que la familia sea mejor conocida, y reciba el tratamiento y la atención adecuados a las funciones que desarrolla en la sociedad.

Ha desarrollado un informe titulado: ‘El matrimonio: ¿Contrato basura o bien social?’, elaborado por el Instituto Internacional de Estudios sobre la Familia, en el que señala que las medidas legislativas referidas a la familia, como la ley del divorcio, demuestra una “falta de protección” de la familia, y que el matrimonio ha sido reducido a una “pura legalidad, a un papel”, según el director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra.

Fuente: Clemente Ferrer

El estudio recoge las ponencias de unas jornadas en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación en las que participaron expertos en los derechos de la familia y de ámbitos de la Sociología o la Antropología, y ha sido presentado por el presidente de ‘The Family Watch’, Carlos Martínez de Aguirre (en la imagen) que explicó que el informe no propone soluciones a las reformas llevadas a cabo, son “reflexiones e ideas en orden a las soluciones que se pueden tomar”.

Una de las causas que “no dejan” a la familia actuar es el acrecentamiento de los divorcios y las separaciones, según Martínez de Aguirre, para quien lo que debe hacer la legislación es tomar “medidas preventivas” para resolver “las crisis en las familias”.

Respecto al título del informe, ‘El matrimonio: ¿Contrato basura o bien social?’, comentó que se refiere a una contraposición “provocadora”, ya que la legislación actual trata al matrimonio como un “contrato basura, del que se puede desvincular después de tres meses sin alegar ninguna causa justa”, en contra de cómo lo considera el ciudadano, “un bien social apreciadísimo”.

En ese sentido se pronunció el director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra, quien apuntó que es “más fácil divorciarse que darse de baja en Internet, por ejemplo”. De esta forma, según dijo, la legislación sobre el matrimonio es “una cáscara vacía”, y “ya no hay nada exigible en el matrimonio”. “Basta con pasar con ventanilla y ya está”, apuntó.

Además, también manifestó que el derecho está “echando a un lado” a la familia, y que la jurisprudencia está cumpliendo el papel que le corresponde a la primera.
El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia. Chesterton, Gilbert Keith.

enero 29, 2018 Posted by | Ecología, Familia, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario