Cultura Solidaria

Exigencia y autoestima

Quizá sólo aquellos que hayan tenido la suerte de haber sido exigidos en su vida por alguien que realmente les conocía y les quería, quizá sólo ellos, decíamos, puedan entender con profundidad lo que se quiere decir en este artículo.  Esas personas habrán visto en sus vidas resultados que para ellos mismos eran inalcanzables. Y esos resultados fueron posibles gracias a un auténtico educador que se cruzó por sus vidas. Y en ese momento su autoestima aumentó, para mantenerse elevada de por vida.

Pues bien, esas personas saben, porque lo han experimentado en sus carnes, que aquello que dice el refranero popular: “Quien bien te quiere te hará llorar” es una verdad como un puño; y reconocen en esas palabras mucha sabiduría pedagógica. Saben que el verdadero educador -el verdadero directivo- tiene que decir verdades como puños en determinados momentos para hacer crecer a su equipo. Y cuando encuentran a directivos que tienen miedo de exigir a su gente, piensan: “Pobre directivo y pobre equipo”. Pobre directivo, porque nunca será un buen directivo -quizá esté incapacitado-. Y pobre equipo, porque su jefe supone un tapón para su desarrollo.

Quizá esos “pobres directivos” nunca se han exigido personalmente, o quizá hayan tenido malas experiencias personales de educadores -directivos o no-, que confundían exigir con presionar y han sufrido en primera persona las consecuencias. Tienen, por tanto, una idea errónea de lo que es exigir y piensan que, como exijan su equipo, perderán su confianza. No saben que una persona poco exigida, es una persona poco valorada.

Exigencia y autoestima están muy relacionadas. Y no olvidemos que la motivación de las personas está directamente relacionada con la autoestima de éstas. Si a un vendedor de nuestro equipo le fijáramos como objetivo anual, una meta excesivamente fácil de conseguir, probablemente se desmotivaría y -¿por qué no?- quizá piense en cambiar de empresa.

Algunos directivos sólo “exigen” cuando las circunstancias aprietan y, al transmitir esa urgencia al equipo, lo que realmente hacen es presionarles y a esa presión -auténtica tortura- ellos la llaman exigencia. Las personas exigidas se sienten valoradas y su autoestima se convierte en un motor poderosísimo para hacerlas crecer. Las presionadas, se sienten incomprendidas y explotadas.

Al que no tiene experiencia en la dirección de personas, le puede parecer una cuestión, más o menos, de matiz. Pero aquellos que leen estas líneas y han experimentado la gozada de ser bien exigidos, saben que no es así. Bien saben ellos que es muy fina y delicada la línea que separa a los verdaderos jefes de los ineptos. A las personas con personalidad, de las vulgares. A los que de verdad dirigen, de los que se dedican a jugar a ser jefes, aunque crean que lo están haciendo muy bien.

José María Contreras

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junio 9, 2018 Posted by | Solidaridad | Deja un comentario

El debate de los vientres de alquiler

Parece razonable pensar que la Ideología de Género no podría durar tanto tiempo sin una finalidad económica detrás; no sería sostenible. Pero, ¿de qué manera la ideología de género encubre un negocio?  Pues muy simple, llevando el proceso de atracción, unión y procreación hacia la industria. Así de sencillo.

Para ello deben conseguir que no se diferencien los sexos y que no se atraigan, y con ello que se mantenga la vida sexual disociada de la procreación.

El siguiente paso es entretener a los jóvenes en una vida hedonista y consumidora para que se les pase el período de gestar y procrear. Se les pasará la edad y entonces recurrirán a la fecundación in vitro, embriones por aquí y por allá, etc.

Pero el paso final de este plan es que el niño se pueda comprar. Y este es el gran negocio que está detrás de todo esto. Los padres desesperados por problemas de fecundidad, las uniones homosexuales con el deseo innato de descendencia, etc. serán la gran clientela de esta industria.

Así de fácil es lo que está gestándose en el mundo de la reproducción. Su “competencia desleal” serán los servicios públicos de adopción, que lo hacen gratis.

El uso de órganos de una persona para fabricar y parir al hijo de otra es algo intrínsecamente inadmisible, porque consiste en tratar a un ser humano como una máquina o como un animal de cría. En un rebaño las hembras sirven para producir las crías en interés del criador.

Lo que se pretende es que las mujeres sirvan de hembras reproductoras porque se les remunera por ello. Dondequiera que se da esta práctica hay siempre un mercado, nunca es gratuito. De todas formas, es equivocado entrar al debate de los vientres alquiler en si debe ser gratuito o no. La cuestión es más profunda y afecta a todos los actores, sobre todo al bebé que ha sido concebido y del que apenas se habla. Solo imaginar la explicación que den sus padres sobre cómo vino al mundo, se me ponen los pelos de punta: “pagamos a una mujer para que fueras concebido; no pagamos a una mujer, sino que le pedimos el favor de concebirte; tu madre gestante no es tu madre, tampoco tu madre es la que te llevó en su seno, el semen de tu padre no es el de tu padre sino de un donante…” ¿Y en el caso de que a los padres no les guste el niño? Y si la madre se niega a entregar el niño que ha gestado, ¿está robando un niño?

Hace unos meses, en Italia, un grupo de feministas elaboraron un manifiesto con ideas como que “la madre legal es la que ha dado a luz y no la firmante de un contrato ni la que ha puesto el óvulo”, o que “en la maternidad subrogada no hay dones ni donantes, sino solo negocio y actividades lucrativas promovidas por el deseo de paternidad de personas del primer mundo. Este sistema necesita mujeres como medios de producción, de modo que el embarazo y el parto se conviertan en un oficio y los bebés en productos con un valor de cambio”. Más claro no se puede decir. Ya era hora de que las feministas clamen con sinceridad por la dignidad de la mujer.

En estos momentos España debate la legalización de los vientres de alquiler, un tema que deja al descubierto numerosos interrogantes sobre las carencias éticas, biológicas y legales de una práctica cada vez más extendida en el primer mundo; un desafío moral que va más allá de satisfacer el deseo de ser padres, sino que pasa por toda una mercantilización de lo más íntimo y privativo de la mujer: su capacidad de engendrar y la maternidad, y también la comercialización de su hijo. Un verdadero atentado contra la integridad de la mujer y del hijo.

junio 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Dejarse convencer

Platón, en uno de sus “Diálogos”, plantea una interesante discusión entre Sócrates y Calicles sobre la fuerza de la razón. Calicles rechaza la moralidad convencional y defiende otra basada en la ley del más fuerte. Asegura que esa ley es la que impera en la naturaleza, y la que realmente procede de ella. Hacer el mal —sostiene Calicles— puede ser vergonzoso desde el punto de vista de los convencionalismos sociales, pero esos convencionalismos proceden de una moral gregaria, establecida por los débiles para defenderse de los fuertes. Los débiles, que son la mayoría, se juntan para modelar y esclavizar a los mejores y más fuertes de los hombres y proclaman como justas las acciones más convenientes para ellos.

A lo largo del diálogo, Calicles se va quedando sin argumentos ante las objeciones que le hacen, pero no deja de defender cínicamente sus ideas. Dice que los fuertes saben bien que, si hace falta, pueden cometer una injusticia con otros, porque esa es la justicia del fuerte. En un momento dado empieza a dar la razón a Sócrates, pero enseguida se desdice y asegura que no le interesa seguir hablando, porque no está dispuesto a ser persuadido por las razones de nadie, sino que recurriría a la fuerza para imponer las suyas. Y continúa con afirmaciones y planteamientos que hoy, dos mil quinientos años después, nos recuerdan muchas frases que fueron recogidas casi textualmente por Nietzsche, y puestas después en práctica por el nazismo y otras doctrinas basadas en sus tesis nihilistas.

Pienso que lo más trágico en la historia de Calicles no son sus ideas intolerantes y violentas. Lo peor es su total falta de receptividad ante cualquier argumentación. Eso es lo que blinda su terrible error y le impide salir de él.

Y esa es, lamentablemente, la actitud con que a veces blindamos nuestros defectos y nuestras incoherencias en algunos pequeños detalles de la vida diaria. Quizá, cuando vemos que nuestras razones no tienen suficiente peso, en vez de analizarlas de nuevo, o buscar otras que las refuercen o mejoren, o buscar consejo en quien pueda ayudarnos a comprenderlas o explicarlas mejor, tendemos a cerrarnos en banda ante las razones de los demás.

Dejarse convencer por las razones de otros es muchas veces —no siempre, parece obvio decirlo— una muestra de inteligencia y de rectitud. Nuestra inteligencia se manifiesta no sólo cuando argumentamos, sino también cuando aceptamos y comprendemos los argumentos de los demás. Por eso la educación tiene tanto que ver con ese hacernos receptivos a los razonamientos de otros. Lo razonable es aceptar que nuestra razón se ha de enriquecer con la razón de otros, con la consideración y aceptación de otros puntos de vista, otros fines, otros objetivos, otras valoraciones.

Para desarrollar realmente nuestra capacidad intelectual es preciso desarrollar nuestra capacidad de escucha. Debemos aspirar a ser persuadidos por argumentos, no sólo persuadir a los demás con nuestros argumentos. Por eso, si tenemos muy claras nuestras razones, pero tendemos a ver muy poco claras las razones de los demás, quizá es porque hace tiempo que hemos limitado mucho nuestra capacidad de aprender.

Quizá buena parte de la culpa de ese fenómeno es que está mal visto aceptar que uno ha sido persuadido por las razones de otro. Como si cambiar de opinión implicara usar poco la razón. Efectivamente, el mundo está lleno de personas que se enorgullecen de pensar lo mismo que pensaban hace veinte o treinta años, y en algunos casos eso puede ser una manifestación de sensatez y fidelidad a los propios principios, pero en otros muchos probablemente demuestre que ni ahora ni entonces han pensado demasiado. Parecen invulnerables a cualquier argumentación, y eso no es algo de lo que se deba presumir.

junio 6, 2018 Posted by | Familia, Solidaridad | Deja un comentario

Crisis moral en Europa

Vivimos en un momento de grandes peligros y de grandes oportunidades para el hombre y para el mundo; un momento que es también de gran responsabilidad para todos nosotros. Durante el siglo pasado las posibilidades del hombre y su dominio sobre la materia aumentaron de manera verdaderamente impensable. Sin embargo, su poder de disponer del mundo ha permitido que su capacidad de destrucción alcanzase dimensiones que, a veces, nos horrorizan. Por ello resulta espontáneo pensar en la amenaza del terrorismo, esta nueva guerra sin confines y sin fronteras. El temor que éste pueda apoderarse pronto de armas nucleares o biológicas no es infundado y ha permitido que, dentro de los estados de derecho, se haya debido acudir a sistemas de seguridad semejantes a los que antes existían solamente en las dictaduras; pero permanece de todos modos la sensación de que todas estas precauciones en realidad no pueden bastar, pues no es posible ni deseable un control global.

Menos visibles, pero no por ello menos inquietantes, son las posibilidades que el hombre ha adquirido de manipularse a sí mismo. Él ha medido las profundidades del ser, ha descifrado los componentes del ser humano, y ahora es capaz, por así decir, de construir por sí mismo al hombre, quien ya no viene al mundo como don del Creador, sino como un producto de nuestro actuar, producto que, por tanto, puede incluso ser seleccionado según las exigencias fijadas por nosotros mismos.

A todo esto se añaden los grandes problemas planetarios: la desigualdad en la repartición de los bienes de la tierra, la pobreza creciente, más aún el empobrecimiento, el agotamiento de la tierra y de sus recursos, el hambre, las enfermedades que amenazan a todo el mundo, el choque de culturas. Todo esto muestra que al aumento de nuestras posibilidades no ha correspondido un desarrollo equivalente de nuestra energía moral. La fuerza moral no ha crecido junto al desarrollo de la ciencia; más bien ha disminuido, porque la mentalidad técnica encierra a la moral en el ámbito subjetivo, y por el contrario necesitamos justamente una moral pública, una moral que sepa responder a las amenazas de se ciernen sobre la existencia de todos nosotros.

El verdadero y más grande peligro de este momento está justamente en este desequilibrio entre las posibilidades técnicas y la energía moral. La seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y dignidad no puede venir de sistemas técnicos de control, sino que sólo puede surgir de la fuerza moral del hombre: allí donde ésta falte o no sea suficiente, el poder que el hombre tiene se transformará cada vez más en un poder de destrucción.

Es cierto que hoy existe un nuevo moralismo cuyas palabras claves son justicia, paz, conservación de la naturaleza, palabras que reclaman valores esenciales y necesarios para nosotros. Sin embargo, este moralismo resulta vago y se desliza así, casi inevitablemente, en la esfera político-partidista. Es sobre todo una pretensión dirigida a los demás, y no un deber personal de nuestra vida cotidiana. De hecho, ¿qué significa justicia? ¿Quién la define? ¿Qué puede producir la paz? En los últimos decenios hemos visto ampliamente en nuestras calles y en nuestras plazas cómo el pacifismo puede desviarse hacia un anarquismo destructivo y hacia el terrorismo. El moralismo político de los años setenta del siglo pasado, cuyas raíces no están muertas ni mucho menos, fue un moralismo con una dirección errada, pues estaba privado de racionalidad serena y, en último término, ponía la utopía política más allá de la dignidad del individuo, mostrando que podía llegar a despreciar al hombre en nombre de grandes objetivos.

El moralismo político, como lo hemos vivido y como todavía lo estamos viviendo, no sólo no abre el camino a una regeneración, sino que la bloquea.

Europa antes, podríamos decir, fue un continente cristiano, pero que ha sido también el punto de partida de esa nueva racionalidad científica que nos ha regalado grandes posibilidades y también grandes amenazas.

Y tras las huellas de esta forma de racionalidad, Europa ha desarrollado una cultura que, de una manera desconocida antes por la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea negándole totalmente, ya sea juzgando que su existencia no es demostrable, incierta, y por tanto, perteneciente al ámbito de las decisiones subjetivas, algo de todos modos irrelevante para la vida pública.

Esta racionalidad puramente funcional, por así decir, ha implicado un desorden de la conciencia moral también nuevo para las culturas que hasta entonces habían existido, pues considera que racional es solamente aquello que se puede probar con experimentos. Dado que la moral pertenece a una esfera totalmente diferente, como categoría, desaparece y tiene que ser identificada de otro modo, pues hay que admitir que de todos modos la moral es necesaria. En un mundo basado en el cálculo, el cálculo de las consecuencias determina lo que se debe considerar como moral o no moral. Y así la categoría del bien, como había sido expuesta claramente por Kant, desaparece. Nada en sí es bueno o malo, todo depende de las consecuencias que una acción permite prever.

Fuente: Joseph Ratzinger

marzo 6, 2018 Posted by | Política, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El respeto a la libertad de convicciones del ciudadano

Hoy día  en la dinámica de los estados hay  fuerzas diversas que  impiden el ejercicio de derechos civiles fundamentales. La libertad debe presidir todas las manifestaciones de la vida social: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social . 

Se debe respetar  constantemente la libertad de cada persona a vivir conforme a sus convicciones o a su fe  y no siempre este derecho se hace realidad. Cualquier pretensión de imponer con la fuerza o el engaño, unas determinadas convicciones políticas o creencias es incompatible con el respeto a la libertad que reclama la dignidad humana.

En este sentido es conveniente distinguir al menos entre dos supuestos: el de un “Estado laico” y el de un “Estado laicista”.

El primero, tal como lo entendemos aquí, responde –con términos de Martin Rhonheimer– a un “concepto político de laicidad”  que justamente excluye de la esfera política y jurídica toda pretensión de dirigir la vida religiosa de los ciudadanos mediante normas referentes a la verdad religiosa; el segundo, en cambio, responde a un “concepto “integrista” de laicidad” , que niega relevancia pública a la religión y pretende que la actuación del Estado haga abstracción de toda referencia religiosa, olvidando que “la autoridad civil, cuyo fin propio es velar por el bien común temporal, debe reconocer la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla”

En el primer supuesto los ciudadanos disponen de la libertad para contribuir a la formación de estructuras y de costumbres  conformes a la dignidad de la persona humana y, por tanto, acordes con la ley natural . Nada hay en ese marco que le impida obrar de acuerdo con su fe, aunque habrá siempre cierta “tensión”, análoga a la que existe entre el fermento y la masa, porque la calidad de esas instituciones y costumbres depende de la rectitud moral de las personas, que siempre puede mejorar.

El segundo supuesto constituye, por el contrario, un cuadro de injusta coacción más o menos pronunciada y visible. El ciudadano no ha de conformarse con esta situación impropia de la dignidad humana y realizará el esfuerzo necesario para cambiarla por los cauces que le ofrezca la convivencia civil: argumentando, procurando convencer, apelando a la defensa de la libertad…

Este esfuerzo debe desmarcarse claramente de un tercer supuesto, el “integrismo político-religioso”, típico de las teocracias islámicas y caracterizado por una confusión de estos dos ámbitos de la vida pública lo cual vulnera el derecho a la libertad religiosa y también la libertad política.

El ciudadano honrado debe fomentar con su  comportamiento la mentalidad laical o sana laicidad explicada en el primer supuesto,  que se resume en las palabras de Jesús  “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”,  con la separación clara y el respeto mutuo del ámbito político y el de las creencias;  algo muy  diferente  del planteamiento del integrismo laicista  que hoy día gana terreno e intenta ahogar la libertad en muchas sociedades occidentales.

marzo 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

Trabajar bien, poniendo amor

Millones de personas se dirigen cada día a su trabajo. Algunos van a disgusto, como obligados a una tarea que no les interesa ni les agrada. A otros les importa únicamente el sueldo que recibirán y sólo eso les proporciona aliento para trabajar. Otros encarnan lo que Hannah Arendt llama el “animal laborans”: el trabajador sin más fin ni horizonte que el mismo trabajo al que la vida le ha destinado y que realiza por inclinación natural o por costumbre.

Por encima de todos ellos en humanidad se encuentra la figura del “homo faber”, el que trabaja con perspectivas más amplias, con el afán de sacar adelante una empresa o un proyecto, unas veces buscando la afirmación personal pero otras muchas con la noble aspiración de servir a los demás y de contribuir al progreso de la sociedad.

Entre estos últimos deberían encontrarse los cristianos, y no sólo en primer lugar sino en otro nivel. Porque si de veras son cristianos, no se sentirán esclavos ni asalariados, sino hijos de Dios para quienes el trabajo es una vocación y una misión divina que se ha de cumplir por amor y con amor.

El trabajo es “vocación” del hombre, “lugar” para su crecimiento como hijo de Dios, más aún, “materia” de su santificación. Por eso el cristiano no ha de temer el esfuerzo ni la fatiga, sino que ha de abrazarla con alegría: una alegría que tiene sus raíces en forma de Cruz.

La última frase es de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo que ha enseñado a “santificar el trabajo”, convirtiéndolo nada menos que en “trabajo de Dios”.

La vida de muchas personas ha experimentado un giro al conocer esta doctrina, y a veces solamente al oír hablar de santificación del trabajo. Hombres y mujeres que trabajaban con horizontes sólo terrenos, de dos dimensiones, se entusiasman al saber que su tarea profesional puede adquirir una tercera dimensión, trascendente, que da relieve de eternidad a la vida cotidiana. ¿Cómo no pensar en el gozo de aquel personaje del Evangelio que al encontrar un tesoro escondido en un campo, fue y vendió todo lo que tenía para comprar aquel campo?

marzo 6, 2018 Posted by | Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario

El abismo de la soledad

“El matrimonio tenía dos hijos: dos muchachos despiertos, inteligentes y resabiados que conocían al dedillo la forma de tratar a sus padres para conseguir lo que se proponían.”

“A menudo recurrían a buscar complicidades unilaterales cuando los padres estaban en desacuerdo, y era tal el acierto con que utilizaban sus trucos que siempre salían victoriosos: “Pero no se lo digas a tu padre”, o bien: “Sobre todo, que no se entere tu madre”. Era una forma cómoda de quitarse los problemas de encima, y de aceptar sin aceptar. O de asentir traicionando. Pero ni el marido ni la mujer se daban cuenta de que aquel sistema no sólo malcriaba a los hijos sino que los iba separando poco a poco de ellos. Estaban demasiado ocupados en organizar su vida con agendas apretadas: reuniones, viajes, estrenos, conferencias o invitaciones de alta sociedad, como para divagar sobre las consecuencias de las minucias de sus hijos.

“Más que comprenderse, se ponían de acuerdo. Y más que intercambiar opiniones, intercambiaban un poco de tiempo. Así fueron distanciándose el uno del otro. Poco a poco fueron entrando en los destructivos arcanos de la rutina. Ese tipo de rutinas que jamás deja paso a la sorpresa y a las suposiciones adversas.

“También los hijos se desligaban de ellos. No es que mediaran animadversiones destructivas: sencillamente se habían acostumbrado a la desunión de los que se consideran unidos por el simple hecho de vivir juntos en la misma casa o por llevar el mismo apellido.

“De pronto ella empezó a sufrir arrebatos de tristezas sin sentido. Eran decaimientos flácidos impregnados de desaliento y como sumergidos en aguas heladas. En realidad ella no sabía con exactitud por qué se notaba tan desalentada, no llegaba a comprender la causa. Tampoco echaba de menos que su marido, siempre tan ocupado, se quedara impávido y no tratara de averiguar qué le ocurría para poder ayudarla. Ella llevaba demasiado tiempo aceptando que su marido jamás se inmiscuyera en sus dominios privados, y él consideraba que lo esencial era actuar como siempre había actuado: con la naturalidad propia que requerían las personas a las que nunca les ocurría nada verdaderamente distinto y agobiante.

“En ocasiones pasaban horas sentados el uno frente al otro en la misma habitación sin dirigirse la palabra. Metidos en sus cosas. O tal vez ideando como zafarse del otro para que el silencio que los estaba atenazando no fuera un silencio compartido sino algo eventual. Así comenzó aquel matrimonio a rozar el terreno de las infidelidades. Fue una transición lenta. Como el hecho de crecer. Nadie se encuentra alto de la noche a la mañana.”

Así describe Mercedes Salisachs en una de sus novelas la vida de un “matrimonio respetable”, que al principio fue feliz pero que fue abandonándose poco a poco. Una vida matrimonial que se había convertido en una yuxtaposición de egoísmos y de soledades autofabricadas.

Como ha escrito Martín Descalzo, no es que todos los solitarios sean egoístas y que se hayan ganado a pulso la soledad. Hay a veces mucha ingratitud que provoca muchas soledades inmerecidas. Pero, las más de las veces, el problema más grave es pensar que el problema está en el otro, o en los otros. Si una persona, al comprobar su soledad, se pregunta: ¿quiénes me quieren?, probablemente nunca saldrá de su soledad. Para vencer la soledad hay que formularse otra pregunta: ¿a quiénes quiero yo? Es preciso poner cariño en el trato con los demás, en lugar de angustiarse reclamando ser querido y valorado. Es el modo de alcanzar remedio a la soledad, porque si uno pone cariño, aunque le parezca que no es correspondido, tarde o temprano acaba siendo querido también.

La insinceridad era otra de las causas de la soledad en aquel matrimonio. Al principio aquella insinceridad estaba en pequeñeces, pero luego fueron cosas más serias. Y, sobre todo, manifestaba cosas más de fondo. Cuando una persona falta a la sinceridad, manifiesta, entre otras cosas, una cómoda tendencia a las soluciones fáciles y limitadas al presente. Se busca salir del paso, evitarse una incomodidad, satisfacer un deseo torpe. Y lo peor es que, normalmente, lleva al final a un callejón sin salida, porque la mentira tiene una validez muy corta, y para mantener la mentira enseguida uno se ve empujado a mentir más, y eso conduce a la soledad de quien está constantemente teniendo que “actuar”.

Por eso decía Jankélévitch que uno de los más duros castigos del mentiroso es la pérdida de su propia identidad. El mentiroso está encerrado en una soledad autofabricada de la que no sabe bien cómo salir. Le cuesta sincerarse, porque piensa que se le viene abajo el edificio de su vida, cuando lo cierto es que la sinceridad es el único modo de reedificarlo.

Alfonso Aguiló

febrero 13, 2018 Posted by | Familia, Solidaridad | Deja un comentario

La igual dignidad de todas las personas

Sólo el reconocimiento de la dignidad humana hace posible el crecimiento común y personal de todos.  Para favorecer un crecimiento semejante es necesario, en particular asegurar efectivamente condiciones de igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer, garantizar una igualdad objetiva entre las diversas clases sociales ante la ley.

También en las relaciones entre pueblos y Estados, las condiciones de equidad y paridad son el presupuesto para un progreso auténtico de la comunidad internacional.  No obstante los avances en esta dirección, es necesario no olvidar que aún existen demasiadas desigualdades y formas de dependencia.

A la igualdad en el reconocimiento de la dignidad de cada hombre y de cada pueblo, debe corresponder la conciencia de que la dignidad humana sólo podrá ser custodiada y promovida de forma comunitaria, por parte de toda la humanidad. Sólo con la acción concorde de los hombres y de los pueblos sinceramente interesados en el bien de todos los demás, se puede alcanzar una auténtica fraternidad universal; por el contrario, la permanencia de condiciones de gravísima disparidad y desigualdad empobrece a todos.

«Masculino» y «femenino» diferencian a dos individuos de igual dignidad, que, sin embargo, no poseen una igualdad estática, porque lo específico femenino es diverso de lo específico masculino. Esta diversidad en la igualdad es enriquecedora e indispensable para una armoniosa convivencia humana: la condición para asegurar la justa presencia de la mujer  en la sociedad es una más penetrante y cuidadosa consideración de los fundamentos antropológicos de la condición masculina y femenina, destinada a precisar la identidad personal propia de la mujer en su relación de diversidad y de recíproca complementariedad con el hombre, no sólo por lo que se refiere a los papeles a asumir y las funciones a desempeñar, sino también y más profundamente, por lo que se refiere a su significado personal.

La mujer es el complemento del hombre, como el hombre lo es de la mujer: mujer y hombre se completan mutuamente, no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino también ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo «masculino» y lo «femenino» se realiza plenamente lo «humano». Es la «unidad de los dos»,  que permite a cada uno experimentar la relación interpersonal y recíproca como un don que es, al mismo tiempo, una misión: no sólo la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia.  La mujer es “ayuda” para el hombre, como el hombre es “ayuda” para la mujer» en su encuentro se realiza una concepción unitaria de la persona humana, basada no en la lógica del egocentrismo y de la autoafirmación, sino en la del amor y la solidaridad.

Las personas minusválidas son sujetos plenamente humanos, titulares de derechos y deberes.  A pesar de las limitaciones y los sufrimientos grabados en sus cuerpos y en sus facultades, ponen más de relieve la dignidad y grandeza del hombre. Puesto que la persona minusválida es un sujeto con todos sus derechos, ha de ser ayudada a participar en la vida familiar y social en todas las dimensiones y en todos los niveles accesibles a sus posibilidades.
Es necesario promover con medidas eficaces y apropiadas los derechos de la persona minusválida. Sería radicalmente indigno del hombre y negación de la común humanidad admitir en la vida de la sociedad, y, por consiguiente, en el trabajo, únicamente a los miembros plenamente funcionales, porque obrando así se caería en una grave forma de discriminación: la de los fuertes y sanos contra los débiles y enfermos.  

Se debe prestar gran atención no sólo a las condiciones de trabajo físicas y psicológicas, a la justa remuneración, a la posibilidad de promoción y a la eliminación de los diversos obstáculos, sino también a las dimensiones afectivas y sexuales de la persona minusválida,  también ella necesita amar y ser amada; necesita ternura, cercanía, intimidad, según sus propias posibilidades y en el respeto del orden moral que es el mismo, tanto para los sanos, como para aquellos que tienen alguna discapacidad.

febrero 13, 2018 Posted by | Solidaridad | Deja un comentario

¿En qué situaciones concretas debemos poner límites a la conducta de nuestros hijos?

educacion-hijosCreemos que son muchas las posibles situaciones que en la vida cotidiana se nos pueden plantear. En realidad, es la conducta integral de una persona la que debe someterse a los límites del bien y de la corrección, en todos los ámbitos en los que ésta interacciona: la familia, los estudios, el trabajo y las relaciones sociales.

Lo importante es que los hijos, poco a poco, en su natural proceso de maduración personal, vayan asumiendo como propios y naturales esos límites que hacen posible que podamos convivir en un clima de respeto y armonía. Ahí se demuestra su nivel de madurez: las personas que se rebelan contra el bien moral que la vida les exige cumplir, en el fondo, son personas inmaduras, aunque sean mayores de edad.

Son muy numerosas las posibles situaciones en las que los padres debemos actuar para marcar unos límites a la conducta de los hijos. Vamos a señalar las que creemos que son más habituales y más importantes:

• Niños que insultan, pegan, arañan o muerden a otros.
• Niños que contestan o insultan a sus padres: eso es algo que jamás debemos consentir.
• Niños que pegan a sus padres, y éstos les ríen la gracia (“Total, como son pequeñitos y no saben lo que hacen…”)
• Niños que no dejan a los demás jugar con sus cosas.
• Niños que piden las cosas de mala manera y con exigencias.
• Faltas de respeto y obediencia a los profesores.
• Falta de respeto a las personas mayores en general.
• Maltratar o abusar de otros niños más débiles desfavorecidos en el colegio.
• Dramas y discusiones a la hora de comer: hay niños que se niegan a comer solos; otros que no lo hacen si no les pones unos dibujos animados; otros que solo comen lo que les gusta; otros que protestan airadamente cuando la comida que toca hoy no les gusta; otros que comen cuando les da la gana a ellos; otros que se atiborran de chuches y luego no tienen hambre……
• Tenemos visita en casa y el niño se pone a alborotar y a portarse de manera inhabitual para llamar la atención y demostrar que está ahí.
• La pesadilla que puede suponer el tener que ir con él de compras al supermercado o bien a Misa, o de tener que esperar un rato en la sala de espera del médico…
• Tiene dos o tres añitos y no hay manera de que se eche la siesta después de comer.
• Toca cosas que sabe que no debe (la cocina, el DVD, las herramientas…)
• Llega la hora de acostarse y no quiere: se hace el remolón y te pide que le cuentes catorce cuentos; luego, una vez acostado, sale cinco o seis veces a decirte que quiere agua, que tiene miedo, a preguntarte qué vamos a comer mañana, dónde está el osito de peluche…
• Aparece como por arte de magia a mitad de la noche en la cama de los padres.
• Interrumpe las conversaciones de los mayores.
• Nos metemos en el coche y empieza la guerra con sus hermanos (sobre todo en los trayectos largos) y nosotros nos vamos poniendo más y más nerviosos…
• Organiza auténticos dramas por tener que separarse de mamá cuando ésta se va a trabajar y le deja en casa o en la guardería.
• Tensiones por la mañana, porque el niño no hace lo que él sabe perfectamente que se debe hacer (vestirse solo, desayunar en el tiempo previsto…), y nos ponemos más y más nerviosos porque no llegamos al trabajo o al colegio.
• No es capaz de cortar con la tele o los videojuegos, y los pide a todas horas.
• Exige a sus padres que le compren muchas cosas innecesarias.
• Los deberes escolares: son lo primero que se debe hacer por la tarde al llegar a casa después de merendar. No se debe permitir que los hagan en otro momento, por mucho que nos pida “¿Por qué no puedo jugar un poco y luego hago los deberes?”
• Se porta mal en clase y los profesores se quejan de su conducta.

Pablo Garrido

enero 29, 2018 Posted by | educación, Familia, Solidaridad | Deja un comentario

¿Se ha convertido el matrimonio en una unión sentimental de usar y tirar?

matrimonio verdadero

The Family Watch es un observatorio que, a partir del análisis de la realidad social de la familia, y desde una perspectiva interdisciplinar, se dedica a la elaboración de estudios, propuestas e iniciativas, para que la familia sea mejor conocida, y reciba el tratamiento y la atención adecuados a las funciones que desarrolla en la sociedad.

Ha desarrollado un informe titulado: ‘El matrimonio: ¿Contrato basura o bien social?’, elaborado por el Instituto Internacional de Estudios sobre la Familia, en el que señala que las medidas legislativas referidas a la familia, como la ley del divorcio, demuestra una “falta de protección” de la familia, y que el matrimonio ha sido reducido a una “pura legalidad, a un papel”, según el director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra.

Fuente: Clemente Ferrer

El estudio recoge las ponencias de unas jornadas en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación en las que participaron expertos en los derechos de la familia y de ámbitos de la Sociología o la Antropología, y ha sido presentado por el presidente de ‘The Family Watch’, Carlos Martínez de Aguirre (en la imagen) que explicó que el informe no propone soluciones a las reformas llevadas a cabo, son “reflexiones e ideas en orden a las soluciones que se pueden tomar”.

Una de las causas que “no dejan” a la familia actuar es el acrecentamiento de los divorcios y las separaciones, según Martínez de Aguirre, para quien lo que debe hacer la legislación es tomar “medidas preventivas” para resolver “las crisis en las familias”.

Respecto al título del informe, ‘El matrimonio: ¿Contrato basura o bien social?’, comentó que se refiere a una contraposición “provocadora”, ya que la legislación actual trata al matrimonio como un “contrato basura, del que se puede desvincular después de tres meses sin alegar ninguna causa justa”, en contra de cómo lo considera el ciudadano, “un bien social apreciadísimo”.

En ese sentido se pronunció el director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra, quien apuntó que es “más fácil divorciarse que darse de baja en Internet, por ejemplo”. De esta forma, según dijo, la legislación sobre el matrimonio es “una cáscara vacía”, y “ya no hay nada exigible en el matrimonio”. “Basta con pasar con ventanilla y ya está”, apuntó.

Además, también manifestó que el derecho está “echando a un lado” a la familia, y que la jurisprudencia está cumpliendo el papel que le corresponde a la primera.
El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia. Chesterton, Gilbert Keith.

enero 29, 2018 Posted by | Ecología, Familia, Sociedad, Solidaridad | Deja un comentario