Cultura Solidaria

La exaltación del “ego”

“La cultura occidental —afirma José Antonio Marina— puede contarse como la historia de un Yo que ha ido engordando. Es fácil señalar las etapas principales. La reforma protestante apeló a la propia conciencia frente a la autoridad. Descartes instauró el yo-pienso como instancia definitiva. La Ilustración hizo lo mismo con la razón. El romanticismo exacerbó el protagonismo del Yo. El idealismo alemán lo convirtió en el origen de todo. Y, como último paso, encontramos la creciente insistencia en el individualismo. Todo ha desembocado en una afirmación desmesurada del Yo que no deja de plantearnos problemas. Lo que a veces ha sido una oportuna defensa de la autonomía personal se ha acabado convirtiendo en un obsesivo cuidado de uno mismo y en un narcisismo galopante”.

Este modo de ver las cosas, que está como inscrito en nuestra cultura, es una fuente de actitudes que fomenta en las personas una psicología un tanto febril y atormentada. Un darse vueltas a uno mismo que hace resonar en el interior todo un enjambre de voces que perturban. Voces que siempre están ahí, que llegan a lo más íntimo de uno mismo. Voces que exigen tener éxito, fama, poder. Voces que cuestionan la propia valía, que dan vueltas y revueltas en torno al derecho a ser querido y tenido en cuenta. Estilos de pensamiento que llevan a que pocos momentos del día estén libres de sentimientos oscuros como rencor, celos, lujuria, codicia, antagonismos o rivalidades sin sentido. Modos de abordar las cosas que llevan a obsesionarse por la aprobación de los demás o la consideración con que a uno le tratan. Un vagar de la memoria y la imaginación que hace soñar despierto, fantaseando ser genial, brillante, admirado. Un miedo a no gustar o a ser censurado que constantemente invita a diseñar nuevas estrategias para asegurar atención y cariño.

Ese estilo emocional zarandea al hombre como a un bote en medio del oleaje. Una pequeña crítica le enfada. Un pequeño rechazo le deprime. Un pequeño éxito le emociona. Se anima con la misma facilidad que se desanima. Piensa que sólo será querido si es guapo, inteligente, lleno de salud, si tiene un buen trabajo, amigos, contactos. Cae en un mundo que fomenta las adicciones, que incita a acumular status, que crea expectativas falsas, engaños que llevan a búsquedas inútiles, a constantes desilusiones.

Todo ese vivir centrado en uno mismo potencia también la envidia. Parece que a todos les va mejor, que todos están mejor que uno mismo. Ronda constantemente la idea de cómo llegar adonde están ellos. Luego, con el fracaso, vienen los celos y el resentimiento, la suspicacia y el ponerse a la defensiva. El envidioso se enreda en una madeja de deseos que al final le impide saber cuáles son sus verdaderas motivaciones. El victimismo y la desconfianza empujan a una búsqueda constante de argumentos, a estar siempre en guardia, a dividir el mundo en los que están a favor o en contra de uno mismo. Todo se vuelve oscuro alrededor. Se endurece el corazón, se llena de tristeza, se encuentra envuelto en diálogos interminables con interlocutores ausentes, anticipando preguntas y preparando respuestas.

Lo peor es que muchas veces, pese a ser evidente lo destructivo de ese estilo de pensamiento, no es fácil desprenderse de él, pues esa persona se encuentra esclavizada por su corazón, hambriento de unos deseos que le llevan por caminos equivocados. Superarlo no es fácil, pero sí muy necesario. Es preciso poner empeño para salir de ese angosto mundo del egoísmo y descubrir la grandeza y la paz de centrar la propia vida en los demás.

Alfonso Aguiló

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junio 9, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

La maravilla que esconde El Quijote

La gran maravilla de nuestra obra más universal “El Quijote”  es la de esconder detrás de una sátira de los libros de caballería el alma de la historia de Europa, y la escondida  alma y motor de Europa y del alma humana. Esto convierte para muchos al libro del manco  en “la novela más grande del mundo”. El Quijote es al mismo tiempo  la alegoría cristiana más importante que se conoce después de las parábolas de Cristo, más profundamente religiosa, por ejemplo   que “La vida es sueño”. En las andanzas del caballero de la triste figura  y su escudero  se refleja un profundo humor que no deja de ser la forma natural de expresión de la religiosidad. La parábola y la paradoja poseen un gran contenido moral

En la gran parábola de Cervantes, la sabiduría -que es el ideal, y es nobleza y es vida- ha sido encarnada paradojalmente en un loco; y lo que el mundo llama sabiduría, está encarnada humorísticamente en un palurdo. Mas esas dos sabidurías no rompen entre sí ni riñen, se encuentra en el Quijote unidas y el realismo del pobre Sancho  es forzado a someterse al idealismo de un loco. La persecución inalcanzable de Dulcinea, es una imagen de la fe. Porque Dulcinea existe, aunque no donde El Quijote y nosotros nos imaginamos.

Una especie de paradoja de este género existe en el fondo del Evangelio; y considerada literalmente constituye el humor de Cristo. Las parábolas y los aforismos evangélicos están llenos de rasgos desmesurados, paradojicos  y a veces aparentemente contradictorios: el “hacerse como los niños” por ejemplo . Los Apóstoles no eran niños, ni podían volverse como niños… ni se volvieron. Pedir a un niño que se haga grande es razonable; pedir a un adulto que vuelva al seno de su madre y nazca de nuevo, es chiste… o misterio. Este humor es la inserción de lo eterno en lo finito. Un modo de hacernos comprender de forma radical, la necesidad de renovación total en muchos de nuestros comportamientos diarios y actitudes ante la vida.

La profundidad de la enseñanza moral que se encierra en la obra maestra de Cervantes es inmensa, por ello conviene, que de vez, en cuando volvamos a releer alguno de sus capítulos con calma; tratando de descubrir toda la  profundidad de un mensaje que se encuentra escondido tras  las disparatadas aventuras de sus protagonistas.

junio 9, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Las razones de los demás

Platón, para pensar y para explicarse mejor, imaginaba personajes cuyas ideas eran opuestas a las suyas, tanto para plantear réplicas a sus afirmaciones como para exigir que las expusiera de otra manera y así las mejorara. Aristóteles mantiene en gran parte ese sistema, aunque de forma un poco menos teatral, y señala primero los obstáculos a sus afirmaciones —suele decir: “hay aquí una dificultad…”—, y luego sortea o rebate pacientemente esas objeciones. Tomás de Aquino, en cada artículo de la Summa, emplea la famosa fórmula del “sed contra est”: busca primero lo que le resulta contrario, lo que se opone a la tesis que sostiene, y luego, después de haber expuesto la solución según el orden de las razones, vuelve a las objeciones que se había hecho, y las contesta. También Descartes intercambia argumentos para responder a las objeciones que le lanzan.

En todos los casos, se advierte un loable espíritu de receptividad hacia las razones de los demás. Y ese modo de alojar en la propia casa al adversario, y de darle ocasión a que nos contradiga, ha sido siempre una prueba de valentía y de coherencia de los grandes hombres. El pensamiento que ha pasado a través de la contradicción es un pensamiento más maduro y contrastado. Por eso me preocupan tanto esas personas que parecen estar tan poco dispuestas a considerar las razones de los demás.

Entre otras cosas, porque quienes no admiten las razones de otros, casi nunca se sienten culpables de nada, y eso es demoledor para cualquiera. Suelen ser personas que casi siempre se consideran víctimas. La culpabilidad es algo que sólo aplican al otro. Así es su mente y, pase lo que pase, al final recalan en ese vicio de origen. Y llega un momento en que ya no es cuestión de mala o buena voluntad, sino una simple cuestión de ignorancia, de mucho tiempo de no escuchar las razones ajenas, de demasiados años de vivirlo todo siempre desde la óptica enrarecida del egoísmo.

Podría decirse que ese modo de ser depende mucho de la educación que cada uno ha recibido, y es verdad. Pero también es cierto que nuestro carácter lo hacemos cada uno. Una prueba de ello es que todos conocemos personas que han vivido en el mismo ambiente, incluso en la misma familia, han sido bombardeados por los mismos medios de comunicación e influidos por las mismas rutinas y costumbres del lugar donde viven, y, sin embargo, son personas muy distintas. Muchos logran no caer en la trampa de eludir siempre las razones y puntos de vista de los demás, esa trampa sutil que siempre se nos ofrece, tentadora. ¿Por qué? Sencillamente porque no han querido cegarse, porque han ido descubriendo la verdad a fuerza de no pensar siempre en sí mismos.

Y ese esfuerzo se ve premiado en que son personas observadoras, a las que interesa un amplio abanico de cuestiones y tienen sentido del humor, sobre todo para reírse un poco de sí mismos, no a costa de los demás. No sienten necesidad de alardear de sus éxitos o sus cualidades. En su forma de hablar son francos, sencillos y asequibles. A la hora de juzgar tienden con más facilidad a sobrevalorar a los demás que a sobrevalorarse a sí mismos. También tienen más sentido de la medida, y no abordan los problemas en clave de todo o nada, ni dividen las cosas entre blanco y negro, ni el mundo entre buenos y malos. Procuran discernir el fondo de las cuestiones, sin dejarse llevar por impresiones precipitadas o conveniencias personales. Reciben con mesura los elogios y agradecimientos, sin envanecerse, y también las culpas por sus errores, que no les llevan a hundirse sino a sacar experiencia y rectificar.

Alfonso Aguiló

junio 6, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

La soledad interior

La soledad, realidad dolorosa y amarga, es, desde luego, contraria a la naturaleza humana, pues el individuo -hombre o mujer- se caracteriza por estar abierto a los otros. Ya desde las primeras páginas de la Escritura Sagrada se fija perentoriamente esta verdad, expuesta de modo bello y profundo con palabras del Creador: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él. Y el Creador forma el ser humano en la dualidad fundamental de hombre y mujer, núcleo originario de la sociabilidad. Notemos que, antes de la creación de la mujer, Adán, rodeado de los astros y de gran variedad de animales y plantas, se encontraba en una situación de aislamiento que sólo se rompe cuando tiene junto a sí a alguien igual que él.

La persona está llamada a convivir, a compartir su caminar -sus alegrías, sus penas, su ajetreo diario- con otros semejantes. La criatura descubre su sentido y su plenitud en el desenvolverse en compañía: en la familia, en la amistad, en la participación en el trabajo y en las demás tareas que se llevan a cabo junto a otros.

Por eso, sólo el amor -no el deseo egoísta, sino el amor de benevolencia: el querer el bien para otro- arranca al hombre de la soledad. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El amor, en sus diversas formas –conyugal, paterno, materno, filial, fraterno, de amistad-, es requisito necesario para no sentirse solo.

Pero debemos añadir algo más, para proseguir con nuestra reflexión sobre la soledad. No cabe ignorar -la literatura universal y la experiencia de cada uno lo atestiguan- que, por muy conseguida que esté la comunicación entre los hombres, incumbe siempre una amenaza de aislamiento.

Sucede con frecuencia, por ejemplo, que el amor -de suyo recíproco- no se ve correspondido, o no alcanza el grado de intensidad que se desearía, y surge entonces una sombra de amargura que nubla incluso lo ya alcanzado. En otros momentos, la comunicación entre personas dista mucho de ser perfecta. Aunque los demás nos ofrezcan sinceramente compañía en los momentos de dolor

junio 6, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Origen, esencia y futuro de Europa

ILUSTRACIONAunque el mundo griego y el imperio romano ponen los antecedentes, en Occidente, el paso decisivo hacia lo que hoy consideramos Europa está en la formación del Sacro Romano Imperio con Carlomagno. La caída en 1453 del Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla, y su «traslado» a Moscú como «tercera Roma» dio una nueva configuración a Europa. Oriente y Occidente tienen muchos elementos comunes, pero hay una profunda diferencia. En Oriente, el Imperio y la Iglesia aparecen casi identificados entre sí. En Roma, desde el siglo V, se enseña que el Emperador y el Papa tienen poderes separados. Esta diferenciación de poderes es algo muy occidental. La pretensión, en ambas partes, de poner el propio poder sobre el otro, causará muchos conflictos. Hoy sigue siendo difícil establecer el modo correcto de vivir esta diferenciación.

Posteriormente los momentos relevantes de la Europa moderna hay que situarlos en la Reforma protestante, la Revolución francesa y la Colonización. La Reforma divide Europa en una mitad latino-católica y otra germánico-protestante. Esta se subdivide en diversas Iglesias de Estado, contra las que reaccionan las iglesias libres que buscan refugio en Norteamérica. Con la Revolución francesa se rechaza la fundación sagrada de la historia y de los Estados; el Estado puramente secular, basado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos, relega la religión al ámbito privado y sentimental.En los países latinos se da una profunda división entre «cristianos» y «laicos».

Con la Colonización, el triunfo del mundo técnico y secular europeo y de su modo de vivir y pensar, es seguido, en Asia y África, por la impresión de que la cultura europea está agotada. El Islam piensa que puede ofrecer una base espiritual a una vieja Europa que niega sus fundamentos religiosos y morales. En la hora de su máximo éxito político y económico, Europa parece condenada a la decadencia, vaciada por dentro, sin fuerza espiritual y sin niños, forzada a someterse a unos trasplantes que anularían su identidad.

A estos dos modelos se unió, en el siglo XIX, el socialismo: en su forma democrática ha servido de saludable contrapeso a las posturas liberales radicales de los dos modelos existentes. Sin embargo el socialismo totalitario, con su filosofía de la Historia materialista y atea, rechaza la religión como reliquia del pasado; con un dogmatismo intolerante afirma que el espíritu es producto de la materia y que la moral depende de las circunstancias y fines de la sociedad, lo cual supone una ruptura con la tradición moral de la Humanidad. Sin valores independientes de los fines del «progreso», en un momento dado todo puede permitirse o ser necesario, «moral» en un nuevo sentido.

Aunque los sistemas comunistas han fracasado existe una  secuela catastrófica: la desolación de los espíritus, la destrucción de la conciencia moral, el desprecio del hombre. Esta herencia del marxismo sigue vigente y puede conducir a la autodestrucción de la conciencia europea, porque cancela las certezas humanas sobre Dios, el hombre y el universo, y liquida la conciencia de unos valores morales objetivos.

En otro orden de cosas el cristianismo y la Ilustración que es otro fundamento ideológico de la Europa moderna,  no se contraponen. El cristianismo es genuinamente «laico» porque defiende la libertad religiosa y niega al Estado el derecho de considerar la religión como parte del orden estatal. En este sentido, la Ilustración es de origen cristiano; de hecho ha nacido en ámbito cristiano. Allí donde el cristianismo, contra su naturaleza, se había vuelto religión de Estado, la Ilustración ha tenido el mérito de recordarle algunos de sus valores originales. 

Los dos temas característicos de la cultura ilustrada son la racionalidad «científica» y la libertad. El cristiano no quiere ni puede renunciar a estos dos importantes valores de la Ilustración (que por lo demás no le son ajenos), pero, son ya evidentes los límites y contradicciones de «esta» racionalidad y de su mal definida concepción de la libertad.

La razón encontrará más luz si escucha a las grandes tradiciones religiosas. Los diez mandamientos expresan, en la tradición bíblica, exigencias de nuestro ser hombres, que también están presentes en las grandes tradiciones éticas de otras religiones. Una libertad orientada por la verdad de lo que somos podrá construir personas y sociedades dignas, y la Europa que, en el fondo, todos deseamos.

enero 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

¿Qué es el relativismo ético?

familia tres hijosSi los principios o valores que rigen la convivencia social y que informan el contenido de las normas jurídicas se justifican únicamente como expresión del sentir colectivo, si este sentir cambia, cambiarán también los principios. Los defensores del relativismo ético y jurídico niegan la existencia de unos principios universales de justicia radicados en la naturaleza de los hombres, y todo lo confían a la opinión y sentir mayoritarios.

El relativismo ético o moral, el más extendido actualmente, suele admitir la existencia de un ser absoluto, también suele admitir que haya verdades incondicionadas, pero niega la capacidad del hombre para conocer unos criterios de comportamiento correctos universales. Al menos en Occidente, la gran mayoría acepta la existencia Dios, pero niega la existencia de una moral objetiva común para todos los hombres. Nosotros Este relativismo ético, no sólo  es el más extendido, sino que además afecta directamente a la fundamentación del derecho y de la vida política.

Si los valores sólo se “justifican” por referencia a las emociones, no hay manera de llegar a un acuerdo racional sobre la superioridad de unos valores sobre otros. Habrá sólo conflicto de intereses, que se resolverán según la regla de la mayoría. No tendría sentido intentar demostrar nada a nadie. Semejante pretensión sería tan absurda como intentar demostrar, pongamos por caso, que el gazpacho es mejor que la paella. Si es cuestión de gustos, cada cual tendrá los suyos, y ninguno de ellos será mejor que el resto. Todos serán igualmente legítimos. Quien intente imponer el suyo será un avasallador, dogmático e intolerante.

Como consecuencia del relativismo ético se llega a situaciones verdaderamente ridículas, donde según las preferencias de un grupo, se alterará llamativamente la jerarquía de valores. Por ejemplo, llama la atención la campaña sistemática antitabaco, que parece una verdadera persecución contra el fumador, en contraste con la libertad con que se administra la píldora abortiva, incluso a menores. Se obliga a poner en los paquetes de tabaco “el tabaco mata”, lo cual es cierto, pero mucho más verdad es que la píldora abortiva también puede matar, pero no lo advierten, y mata a un inocente que no tiene culpa de nada, y que ni siquiera fuma… Dicho de forma un poco más coloquial: con el relativismo ético, colamos un mosquito y nos tragamos un camello.

Relacionado con lo anterior, otra consecuencia es el sentimentalismo, que algunos llaman buenismo, y que se difunde cada vez más, incluso desde la infancia, a través de los dibujos animados. Se va extendiendo la idea de que aquí todo el mundo es bueno, haga lo que haga: el adúltero, el mentiroso, el impío… La sensibilidad “moral”, en cambio, se dispara ante actuaciones de lo más inofensivas. Cada género de vida se presenta como una opción igualmente legítima que su contraria. Se aplaude la diferencia como valor por excelencia, con independencia de lo que defienda cada cual. “Yo soy pro life”, “Pues, yo soy pro choice”, “¡Qué guay, qué bonito es que seamos diferentes!”. Y así con todos los temas morales.

Lo más grave de todo esto es que el relativismo produce un desorden en los amores. Y, al contrario de lo que sucede en los números, el orden en los amores sí que altera el producto. Hay gente que ama más a su cuerpo, que a su hijo; a su perro o a su gato, que a sus padres; a sus compañero de trabajo más que a su marido; o a su coche más que a su esposa… Desde el relativismo no hay manera de impedir esta alteración de los valores, antes bien, con él se justifica.

enero 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

Una huella imborrable dejan los abuelos en las almas de sus nietos

abuelos y nietosLa investigación; “La Generación de la Transición; entre el Trabajo y la Jubilación”, desvela que hace milenios de años, el modelo familiar “incluía no sólo a un padre y a una madre, que se ocupaban de la buena crianza de los hijos; también había una abuela que les ayudaba en esta tarea. 

Los abuelos trabajan de sanitarios, guardianes y preceptores de sus nietos. Hacen posible que muchas mamás se puedan integrar al mercado de trabajo. Algunas familias marchan mejor gracias a los abuelos. Y en tiempos de inestabilidad económica, estos gestos tienen mayor importancia.

Uno de los datos más preocupantes del censo, en Estados Unidos, es el creciente número de menores que han de ser sustentados por sus abuelos: 2,4 millones de abuelos se encargan del adiestramiento de 4,4 millones de nietos. El semanario The Economist informa que un tercio de estos abuelos, cabeza de familia, no habían terminado la enseñanza secundaria y que el 62% no habían pasado por la universidad. El 70% sobrepasaba los 50 años, mientras que el 70% de los menores tenía alrededor de 11 años.

La comunidad afroamericana es de las más golpeadas. Si bien de los menores de 18 años, un 70,9% de los que son hijos del cabeza de familia son blancos y un 13,3% negros en el caso de los nietos del cabeza de familia, el 48,6% son blancos y el 32,3% son negros.

La Academia Americana de Psiquiatría para Niños y Adolescentes explica las causas de esta sobrecarga para los abuelos: aumento de familias con un solo padre, alta tasa de divorcios, embarazos de adolescentes, incapacitación de los padres por prisión, alcoholismo, consumo de drogas y violencia doméstica.

Los abuelos se enfrentan al desgaste psíquico y físico que les supone fatigarse con chicos especialmente difíciles por provenir de hogares rotos. El estrés y la fatiga, ligados al trabajo que origina la responsabilidad, son los principales indicios del síndrome de la “abuela esclava”.

Existen programas dirigidos a la ayuda de los abuelos que deben educar a sus nietos. El servicio más demandado es una prestación económica para que puedan contratar un asistente temporal durante las vacaciones. Aparte de estas ayudas, deberíamos erigir un monumento a los abuelos.

Clemente Ferrer

enero 22, 2018 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

La amabilidad y el desprendimiento son básicos en la relación amorosa

amor paciente y servicial

Amar  es volverse amable pues el amor no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean. Cada día, entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto. El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón.

Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable puesta en él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su conveniencia y la convivencia se torna imposible.

Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan.

Para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo. Sin embargo, el amor no busca su propio interés, o no busca lo que es de él. Una cierta prioridad del amor a sí mismo sólo puede entenderse como una condición psicológica, en cuanto que quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás.

Pero  pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado, de hecho, las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, sin esperar nada a cambio,  hasta llegar al amor más grande, que es dar la vida por los demás . ¿Todavía es posible este desprendimiento que permite dar gratis y dar hasta el fin? Seguramente es posible, porque es lo que pide el Evangelio: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” .

Fuente: amoris laeticia

noviembre 22, 2017 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

¿Qué es nuestra mente?

mente no es solo cerebroLa investigación del cerebro solo puede mostrar una red débil de condiciones necesarias, pero no suficientes para la conciencia. Las neuronas son componentes del cerebro, no de la mente, y sus respuestas a estímulos, a través de moléculas de señalización, son de tipo electroquímico, no una actividad causal que explique la conciencia.

Lo cierto es que, a principios del siglo XXI, la neurociencia parece discurrir por un derrotero muy parecido al que siguió la genética a principios del siglo XX. Con los avances de la neurociencia se está creando un nuevo determinismo, como el que se produjo con el conocimiento de las leyes de la herencia de los genes tras el redescubrimiento en 1900 del trabajo de Mendel (1822-1884,) que supuso el nacimiento de la Genética. Fue tal la repercusión del conocimiento de las leyes de la herencia biológica que se pasó a ver en los genes los responsables de todo, no solo de los rasgos físicos y fisiológicos, sino también los dueños de nuestro comportamiento. Pues no. Muchas de las acciones que hacemos como humanos, y sobre todo las que atañen al comportamiento, bondad, agresividad, instinto abusivo, naturaleza depresiva, etc. no las determinan nuestros genes sino que se adquieren.

Como bien señaló David Hume (1711-1766), al nacer «la mente humana es una pizarra vacía en la que la experiencia va grabando sus signos». Nuestra forma de ser y obrar en la vida, fruto de nuestra conciencia y voluntad, no tienen que ver con el ADN, sino que forman parte de lo que llamamos personalidad, que es algo que el filósofo español Xavier Zubiri (1898-1983) definía como el precipitado que deja en cada persona el contenido de los actos que va ejecutando a lo largo de su vida
La realidad es que ni los genes lo determinan todo en el ser humano, y menos su conciencia, ni el sistema nervioso es el responsable de nuestros actos, sino en todo caso al revés, su brazo ejecutor. De modo que además de con lo que se nace, nuestros genes, nuestras células y entre ellas las neuronas, influye en cada persona humana aquello que se hace bajo el dominio de la razón.

Sin embargo, hay un empeño por parte de algunos neurocientíficos, animados por investigadores de las ciencias de la computación, por equiparar nuestra inteligencia natural a la inteligencia artificial, y reducir lo mental a lo cerebral, y por tanto subordinar el espíritu a la materia corporal. Esto, más que ciencia sería reduccionismo y filosofía materialista que además es extremadamente nihilista, porque se basa en que todo, hasta la conciencia es materia, con lo que se niega lo más genuino del ser humano acorde con la definición de Boecio sobre la persona: «sustancia individual de naturaleza racional».

Tampoco se puede negar la conciencia como motor de nuestros actos, por el mero hecho de que se puedan topografiar las regiones del cerebro implicadas en distintas tareas, como el habla, la memoria, la vista, el olfato, etc. Como bien señala el Dr. José Luis Velayos, catedrático de Neuroanatomía, «la mente no puede ser una “secreción” del cerebro, ya que de lo material no puede surgir lo inmaterial… A pesar del gran desarrollo de la neurociencia, no se ha conseguido llegar a la comprensión del funcionamiento global del cerebro… se necesita aunar esfuerzos con otras ramas del saber, para llegar a una mejor comprensión del asunto… la ciencia experimental está abocada a una integración multidisciplinar en que estén incluidas las ciencias no experimentales. Así, la concepción unitaria, aristotélica, del ser humano, aunque cueste reconocerlo, volverá a tener vigencia».

Si el cerebro fuese un aparato que dictase nuestras decisiones ¿dejaríamos de ser seres pensantes?, ¿qué determinaría la personalidad?, ¿por qué esta ha de ser diferente entre gemelos idénticos?, ¿serían solo impulsos eléctricos lo que nos induciría hacia el esforzado aprendizaje de una habilidad intelectual como resolver ecuaciones matemáticas complejas, lograr la perfección con un instrumento musical o llegar a ser un buen maestro, o un buen escritor, filósofo o científico?

Si el cerebro fuese el único dueño de todas estas capacidades, nuestros actos serían solo el fruto de un sustrato que respondería siempre de forma automática y habría perdido su sentido el esfuerzo, la voluntad y todas las demás facultades relacionadas con el deseo de progresar o adaptarse al medio en que vivimos. Y si el cerebro actuase solo en función de estímulos ambientales quedaría invalidada la voluntad personal, la conducta exploratoria como medio de aprender y progresar en el conocimiento y el deseo de vivir la vida de forma personal.

Si el cerebro fuese el dueño de nuestros actos ¿cómo moldear la conducta?, ¿cómo abordar las neurosis, las depresiones o los desórdenes sociales?, ¿tendrían sentido los psiquíatras?, ¿tendría sentido la psicología?, ¿tendría sentido el yoga?, ¿seríamos responsables de nuestros actos?…

Nicolás Jouve 

noviembre 22, 2017 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

¿Venimos del mono?

El hombre no es un monoEn los últimos años se han multiplicado el número de descubrimientos fósiles relacionados con el origen del hombre. En España se han seguido con gran atención debido a que algunos de esos hallazgos han tenido lugar en la Península Ibérica. El más importante es precisamente el llamado “Hombre de Atapuerca” que, en abundancia de restos óseos, supera a todos los demás juntos.
Estos descubrimientos han contribuido a avivar un tema ya de por sí polémico: muchas personas, sobre todo alumnos adolescentes, se plantean dudas sobre cómo compaginar lo que aprenden en las clases de Religión sobre la Creación y lo que les explican en Ciencias Naturales, principalmente en lo que se refiere al origen y prehistoria del hombre.

Son frecuentes preguntas como estas: “¿Es verdad lo que dice el Génesis?”, “¿De dónde salieron nuestros Primeros Padres?”, “¿Cómo es posible que Caín fuera agricultor y Abel ganadero si, durante mucho tiempo, el hombre prehistórico no conoció ni la agricultura ni la ganadería?”… o, la más común: ¿venimos del mono?

La ciencia experimental y la filosofía son saberes que se complementan. Son como dos caminos paralelos que no se cruzan, pero que se iluminan mutuamente.

“El gran interés que despiertan las  investigaciones científicas está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios (…)”.  Es decir: la búsqueda de las últimas causas —filosofía— nos lleva a querer conocer mejor lo concreto —ciencia experimental—, y viceversa.

La ciencia experimental ha conseguido grandes logros pero, por su propio método, sólo puede experimentar con la materia. Sin embargo, no son pocos los científicos que, aunque pretenden hacer sólo ciencia experimental, se salen del ámbito propio de esa ciencia, y hacen abstracciones, propias de la filosofía, como si se derivaran directamente de sus datos experimentales.
En este sentido son esclarecedoras las siguientes palabras de San Juan Pablo II:
“El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de la humanidad. El término filosofía según la etimología griega significa «amor a la sabiduría».

De hecho, la filosofía nació y se desarrolló desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las cosas y su finalidad.
Teniendo en cuenta que esto es la filosofía podríamos resolver una cuestión que para los autores de La especie elegida es muy difícil: según dicen “eso que llamamos « inteligencia » es un concepto de difícil definición…”, resulta que para la ciencia experimental es imposible, porque por su propio método, definir conceptos no entra dentro de su campo, pero la filosofía ha dado definiciones satisfactorias de lo que es la inteligencia desde hace, al menos, 2500 años.

Se trata de ver cómo los datos que se desprenden de la ciencia experimental, en relación con la evolución y el origen del hombre, encajan mejor con una filosofía realista que con otras que han estado en la base de muchas teorías, llamadas científicas, que han intentado llegar a una explicación global de esos datos. Por ejemplo, los datos científicos apoyan la existencia de una parte espiritual en el hombre, la realidad de una naturaleza única y estable que tiende a la sociabilidad humana como algo propio.

Hay algo estable y algo cambiante. El hecho de que en el universo se dé una evolución en la materia no significa que todo lo real sea evolución, sin embargo ésta ha sido la concepción dominante desde el siglo XX, que se va desmoronando a medida que van apareciendo nuevos datos.

noviembre 22, 2017 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario